Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Cuando parecía al borde del colapso le quitaron la venda de los ojos. El diestro jinete soltó las orejas -milagrosamente pegadas aún a su cráneo-. La acémila coposa de espuma, dio vueltas, borracha. Finalmente Lorenzo la condujo hasta el capataz para que comprobase si estaba sometida.
– Bien sobada -reconoció haciéndole una caricia sobre la húmeda crin. Era la primera caricia que este animal recibía en su vida.
El jinete hizo un gesto de triunfo y desmontó. Merecía descansar un rato antes de domar otra mula. Caminó hasta la cerca, trepó entre sus ranuras y se sentó junto a Francisco. Estaba agitado y respiraba por la boca como un perro al desprenderse de la hembra. Recogió las rodillas y se abrazó a las piernas. Francisco lo admiraba contradictoriamente: no le tentaba la doma.
– No te animas -rió Lorenzo-. Ya lo harás. Es fácil.
Mientras continuaba la faena. Era un placer viril que no parecía trabajo. Por eso no había indios. Ellos no participaban: eran considerados lentos y torpes. Cuando alguno conseguía una mula chúcara a bajo precio -flaca, de vasos débiles o enferma- la llevaba a su choza y amansaba con un método muy diferente al español. En lugar de domesticarla con una sangrienta paliza, la amarraba a un tronco en la parte más seca de su patio. Y allí la dejaba la durante veinticuatro horas sin darle de comer ni beber. Después le tocaba el lomo para verificar si estaba mansa. En caso de que aún evidenciara brío la dejaba otras veinticuatro horas en las mismas condiciones. Si le preguntaban por qué procedía de esta forma, contestaba:
– Quiere descansar.
A Francisco no le atraían las pasiones de Lorenzo, pero celebraba su arrojo. Hablar con él y verlo actuar le producía un bienestar inexplicable. Aumentó su pasión, en cambio, por algo más criticable que una doma: los libros. Lo desconcertaba que en el convento, donde le ofrecieron techo y comida, se los retacearan. Los representantes locales de la Inquisición no estaban tranquilos sobre la pureza de fe que imperaba en su corazón. Era posible que el hereje enjuiciado en Lima hubiera vertido veneno en el joven. Había que estar alertas.
Tras insistentes ruegos, Francisco pudo obtener permiso para leer el devocionario. Y en lugar de gozarlo morosamente y a razón de unas pocas páginas diarias, lo ingirió en medio mes. El reencuentro con la letra escrita le proporcionó horas de olvidada dicha. Podía abstraerse de su desvalimiento. Algunas frases le hacían sonreír, otras lagrimear. Cuando terminó fue a pedir otra obra, pero se la negaron. Empezó de nuevo el devocionario a partir de la primera página y tuvo tiempo de darle cinco repasos hasta que fray Santiago de la Cruz, algo más confiado por la buena siembra ya cumplida, le entregó una apologética biografía de Santo Domingo, el fundador de la orden a la que pertenecía ese convento. Domingo Guzmán nació en España -«como mis antepasados», enlazó Francisco- y la orden dominicana fue, desde el comienzo, perseguidora de la sucia herejía albigense y por eso la distinguieron como el brazo fuerte de la Inquisición. Domingo Guzmán recorrió muchos países y llegó hasta la lejana Dinamarca: fue un predicador subyugante. Ponía en práctica lo que decía. Desnudos los pies enfundado en una gastada túnica y comiendo mendrugos, abría los corazones con súplicas y cierta humillación. Murió a los cincuenta y un años, consumido por las fatigas de su ministerio.
Francisco transmitió al director espiritual algunos comentarios entusiastas sobre el santo. De la Cruz no se dejó impresionar (la educación también era una doma pero sutil).
– Léelo otra vez.
El muchacho acarició las tapas del volumen y volvió a sumergirse en esa historia ejemplar. Cada uno de los viajes y sermones de Santo Domingo tenían un fin concreto: convertir, santificar. Lo hizo para las gentes de su tiempo, pero también para los que vinieron después. Lo hizo para que él, Francisco Maldonado da Silva, aprendiera y reflexionara y se adhiriese con más fuerza a Nuestro Señor Jesucristo. «Para que yo, Francisco, tampoco me extraviase.» Por eso fundó esta orden que lleva su nombre y que se dedica a perseguir desviaciones.
El director espiritual consideró oportuno ofrecerle otra obra: la vida de San Agustín. Este legendario doctor de la Iglesia nació en África, en el año 430. El cristianismo recién emergía en medio de la multitud infiel. Su madre fue nada menos que Santa Mónica y su padre un pagano. Cabría decir, entonces, que este insigne Padre de la Iglesia fue un cristiano nuevo, pensó Francisco. En su juventud recorrió ávidamente todo el albañal de los pecados. «Yo trataba de satisfacer el ardor que sentía por las más groseras voluptuosidades», reconocía en sus Confesiones . Luego, tras muchas lecturas y búsquedas, se convirtió. Era ya un experto en filosofía. Lo designaron obispo de Hipona y al poco andar asombró por su inesperada virtud. Pero más asombró por sus escritos, que se convirtieron en un torrente. Produjo libros de religión, tratados de filosofía, obras de crítica, derecho e historia; escribió a reyes, pontífices y obispos; refutó las herejías con brillo inigualable. Finalmente completó esa joya de las Confesiones que Francisco hubiera deseado leer en su totalidad, no sólo en los escasos fragmentos que regalaba la biografía. Sintió ganas de emularlo, de escribir tratados y epístolas.
El director espiritual no le formuló más exigencias: había ganado su confianza, estaba «bien domado». Con cierta picardía le extendió otro libro: era una síntesis de la vida y obra de Santo Tomás de Aquino. Lo ponía en relación con un coloso. Francisco se ruborizó de emoción. Ni siquiera pudo expresar su agradecimiento. Santiago de la Cruz no actuaba con arbitrariedad: regulaba sabiamente su formación. Cuando Francisco le devolvió el volumen sobre Santo Tomás recitándole algunos de sus apotemas, el director espiritual abrió las manos.
– Ya no tengo más que ofrecerte.
– ¿Nada más?
– No tengo más libros -se disculpó con un velo de embarazo.
A Francisco se le ocurrió decirle algo, pero no se atrevía aún. Podía interpretarlo mal. Hacía meses que anhelaba conseguirlo. Era un premio que tal vez no merecía. Estaba en la capilla conventual. Pero no, «mejor me callo». Era mucho.
– En la capilla conventual -susurró sin reconocerse la voz.
– ¿Qué pasa allí?
– En la capilla… -empezó a transpirar.
– Habla de una vez.
– Hay una Biblia.
– Sí. En efecto. Y, ¿qué?
– Desearía leerla. Desearía…
– Es demasiado para ti -lo miró de soslayo.
– Un ratito por día -imploró Francisco-. Las partes que usted me indique.
– ¡Sólo las partes que yo te indique! -exclamó, pero arrepintiéndose en el acto.
– Prometo.
– Nada de espiar en el Cantar de los Cantares , ni en Ruth , ni en Sodoma y Gomorra.
– Las partes que usted me indique -enfatizó Francisco.
– Bien. Para hacerla fácil, leerás sólo el Nuevo Testamento .
– ¿Íntegro?
– Sí. Pero ni una página del Antiguo .
Horas más tarde se produjo un encuentro de amor. Francisco tomó posesión del enorme volumen que se conservaba en la capilla. Abrió cuidadosamente la robusta tapa y se extasió ante las hojas enjoyadas con viñetas. Ingresaba en un jardín familiar. Leía y contemplaba. Las letras formaban un paisaje con arroyos y collados, Saboreó los cuatro Evangelios , los Hechos de los Apóstoles , las Epístolas y el Apocalipsis . Su anhelo de saber se potenciaba con una incontenible necesidad de creer.
En sus plegarias rogaba a Nuestro Señor Jesucristo, a su Inmaculada Madre y a los santos cuyas vidas estudió y admiraba (Domingo, Agustín, Tomás), que le ayudaran a impregnarse de la verdadera fe. Pero, sobre todo, rogaba que le ayudasen a diluir las gotas de veneno que mencionaban algunos familiares de la Inquisición, por si era cierto que su padre se las hubiera vertido secretamente en el alma.
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