En el vestíbulo del hotel había columnas de granito y altos espejos que duplicaban palmeras de plástico. El ascensor, tapizado de un rojo sofocante, subía muy despacio, y en las bóvedas de los pasillos había pinturas mitológicas. Era imposible avanzar en línea recta: los corredores se quebraban tras cortinajes inútiles y al doblar las esquinas aparecían inesperadas escaleras. Cuando encendía la luz de mi cuarto recordé el título de la canción que había escuchado en la radio: Bahía. Era una habitación tan alta y tan estrecha que parecía tener sólo dos dimensiones. Me quité la gabardina y el sombrero, me senté en la cama, mirando la maleta cerrada frente a mí. No la abriría, desde luego, no haría nada, ni una llamada de teléfono. Que ellos vinieran a buscarme, que pidieran disculpas y siguieran inventando misterios. Sin quitarme los zapatos me tendí en la cama, cubriéndome con una colcha fría y más bien rígida, con los ojos cerrados, con la boca tapada por el embozo. Como una cálida marea que viniera hacia mí anunciándome el sueño recordé la voz latina y el ritmo tardo de la música que la envolvía, espeso y cálido como un movimiento de caderas. Temblaba un poco, tal vez tenía fiebre, y no quería abrir los ojos ni que sonara el teléfono ni salir del hotel. Medía el tiempo de la quietud en fracciones de segundo, escuchando en la almohada los latidos de mi sangre y el tictac de mi reloj como si auscultara a un cuerpo extraño tendido junto a mí. Me paralizaba un disperso deseo de estar en otra parte o de permanecer así de inerte para siempre, con los ojos cerrados.
Durante unos minutos, enrarecido por la fiebre, soñé que estaba en Inglaterra, en mi casa, y que oía el sonido insistente de la campanilla de la tienda. Era noche cerrada y el viento traía un estrépito de guijarros empujados por el mar, y me parecía un poco sospechoso que alguien, a esa hora, hubiera salido a la calle para comprar un grabado antiguo. Luego la campanilla fue el timbre del teléfono. Todavía dormido lo descolgué y no estuve seguro de que fuera a mí a quien le hablaban. Como asentir era el modo más rápido de lograr que la voz metálica callara dije que sí varias veces y colgué. Habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y detener el tiempo. Pero el recepcionista había dicho que un joven español solicitaba permiso para visitarme. Me puse en pie, lento y entumecido, apoyándome en el respaldo de la cama, guardé la maleta en el armario y me lavé la cara con agua fría, mirándome en el espejo mientras me secaba. Mis facciones no eran exactamente iguales a las que vi una hora antes en el lavabo del aeropuerto: cada ciudad, pensé, cada viaje, nos transfigura a su medida, como un amor reciente.
Oí pasos que venían por el corredor. Todavía ante el espejo, con la toalla húmeda en la mano, espié en mis pupilas el rápido brillo del acecho. Hasta que no llamaron a la puerta no se me ocurrió pensar que podía estar cayendo en una trampa. Instantáneamente recordé la expresión del recepcionista al tenderme la llave: tenía, como todos, una sonrisa de delator afable. Pero quién iba a saber, a quién le iba a interesar mi viaje o las vanas consignas que tan incrédulamente obedecía, los documentos o los fajos de dólares usados que tal vez había traído en el doble fondo de la maleta. ¿También yo jugaba a la mentira y sin darme cuenta tendía a confundirla con la realidad, y casi a preferirla? Llamaron otra vez, me puse desganadamente la corbata y abrí.
– Capitán -dijo el hombre joven, sin entrar todavía-. Capitán Darman.
Parecía haberse vestido y no afeitado en varias semanas la barba por fidelidad exclusiva a la literatura de las descripciones policiales. Usaba un anorak azul con las solapas levantadas y una gesticulación recelosa. Me pregunté en seguida por qué lo habían enviado a él y no a cualquier otro de torpeza menos evidente, qué razones tuvieron para urdir una cita que ellos debían saber fracasada de antemano, desde el instante en que abrí la puerta y miré su cara. Tal vez era una especie de prueba a la que me sometían, o ni siquiera eso, una supersticiosa dilación imaginada para que todo sucediera con la lentitud de lo irreparable.
No le estreché la mano. Cerré la puerta y le di la espalda para abrir el armario y dejar la maleta sobre la cama. La miró como si no supiera que debía llevársela. Del bolsillo de su anorak sobresalía una revista con los bordes mojados. Sus botas dejaban huellas de barro en la alfombra. Sonreía y hablaba casi sin separar los labios, moviendo la boca como un pez bajo el agua.
– Al final hubo contraorden -me dijo-. Por eso no pude ir al aeropuerto, capitán.
– No me llame capitán.
– Todos me hablan de usted. Los viejos, sobre todo. Quiero decir, los de antes. Nosotros somos recién llegados. Lo sabemos todo por los libros. ¿Ha contado el dinero?
– Qué dinero -vi que se le borraba la sonrisa.
– El de la maleta. Meses esperándolo.
– Yo nunca sé lo que traigo.
Con una familiaridad irritante, con el aire cándido de un escolar que ocupa su banca en un aula, se sentó en la cama y extrajo del interior de su anorak una llave muy pequeña sujeta a una anilla metálica. La hizo girar en el dedo índice y luego palmeó la maleta, sonriendo, como si ése fuera un gesto de camaradería hacia mí. Yo estaba en pie, mirándolo, preguntándome qué tenía que ver con ese hombre, cuántos minutos faltaban para que se fuera. En algún archivo de Madrid habría una foto de su cara y una cartulina con su nombre y sus huellas digitales. Luque, así me dijo que se llamaba. Dos años en París, me explicó luego con murmurada humildad y evidente soberbia, descargando cajas de frutas en los amaneceres de Les Halles, y ahora aquí, en Italia, enlace para los correos que llegaban del Este, emisario de otros que no iban a los aeropuertos ni visitaban hoteles. Mansamente insistía en llamarme capitán para que yo supiera que sabía olvidadas historias. Afortunado usted, me dijo, que vuelve al interior, y pareció arrepentirse de divulgar un secreto. Esa palabra, el interior, era en su voz el talismán de una geografía cifrada.
– Mañana vuelvo a Inglaterra -desmentí-. ¿Me ha traído el pasaje?
– Le he traído instrucciones, capitán -dudó un instante, como si temiera enojarme-. Mañana volará usted a Madrid, vía Roma.
– Estuve en Madrid hace muy poco. Todavía no es prudente volver.
– Ahora es distinto, capitán -ya no sonreía, y ni siquiera parecía tan joven como unos minutos antes. A medida que hablaba, separando tan débilmente los labios que era muy difícil entenderlo, sus gestos y su voz adquirían una desesperada intención de autoridad. Había estado fingiéndose dócil y ligeramente amedrentado por mi presencia, pero quería hacerme saber que esa actitud era sólo preludio de las órdenes inapelables que ahora me iba a transmitir. Solemne como un mensajero se puso en pie, guardó la llave en un bolsillo y dio unos pocos pasos, examinando sin interés la altura del techo y las láminas de la pared. También era más alto y me miraba a los ojos, pero su voz siguió filtrándose entre los labios tan inaudiblemente como un rezo. Le habían dicho que dijera ciertas palabras que él no comprendía del todo, que pronunciara un nombre. Lo hizo no para obtener una respuesta, sino para advertir en mis ojos una súbita expresión de recuerdo que tal vez le daba miedo.
– Acuérdese del caso Walter, capitán -dijo, arañándose la barba, aceptando que era un intruso, que yo lo había detestado desde que lo vi y sólo deseaba cerrar la puerta y olvidarlo y olvidar ese nombre que llevaba tantos años sin oír-. Usted lo conoció muy de cerca, no de oídas, como yo. Yo estoy aquí y pasa el tiempo y no ocurre nada. No ha ocurrido casi nada desde que nací. Todo acabó cuando ustedes eran jóvenes.
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