Fui hacia él cerrando los dedos de la mano derecha en torno al puño del destornillador y al saber sin ninguna sombra de duda que estaba a punto de matarlo sentí piedad de su pecho deforme y de su cabeza sin cuello y lo vi desarmado por el terror y resignándose a la fatalidad de morir, mirando el agudo filo de metal que yo agitaba ante él para inducirlo a que se apartara, pero no se movía, se había subido al primer peldaño de la escalera y me esperaba allí, con su boca de máscara, con su chaleco ceñido como un corsé ortopédico y su pañuelo azul sobresaliendo junto a la solapa. Yo tenía que saltar al otro lado del palco y él sabía que estaba perdido si me lo permitía y también que le era imposible impedírmelo. Cayó sobre mí y se abrazó a mi cintura casi levantándome, golpeándome el estómago con su dura y roma cabeza, murmurando palabras entre los dientes apretados, y cuando le clavé el destornillador en la espina dorsal y sentí la resistencia del hueso se encogió blandamente contra mí y hundió la cara en mi pecho como si buscara un refugio, quieto ya, sin respirar, apacible, todavía abrazándome, cayendo muy despacio a mis pies en una actitud como de pleitesía. Me desprendí de él, abrí las cortinas del palco y salté al interior. Desde el escenario la mujer gorda me miraba con sus ojos de pulpo, tapándose la boca.
«Nadie puede acercarse a él», me había dicho la muchacha, «nadie lo ve entrar ni salir». Pero uno o dos minutos antes de que ella apareciera en el escenario una mano abría ligeramente las cortinas del palco y la punta de un cigarrillo comenzaba a brillar como suspendida en el vacío a la altura de una boca invisible. Llegaba a la boîte Tabú por un camino que nadie más que él conocía, él y tal vez el hombre de la espalda torcida, su emisario y guardián, acaso el único al que le permitía verle la cara y visitar la sombra donde se escondía, su intermediario en el trato con las mujeres venales y los delatores. Cada noche, cuando saliera a cantar, ella lo vería igual que lo había visto yo, no exactamente un hombre, sino una densa presencia despojada de forma, como un gran pez casi inmóvil en una gruta submarina, sus labios como branquias contrayéndose para chupar el cigarrillo, sus gafas que relucían al encenderse el mechero. Aparecía en el palco cuando ella estaba a punto de salir y se marchaba inmediatamente después de que se quedara desnuda, o al menos la cortina roja se cerraba y ya no volvía a abrirse esa noche, pero yo pensé que era capaz de permanecer muchas horas oculto tras ella, sentado y fumando, espiando por el solo gusto de la invisibilidad las voces y el ruido de las copas. Y luego se levantaría alumbrando con su poderosa linterna las paredes de los corredores que lo devolvían al mundo, a su pública dignidad de comisario que administraba las potestades del miedo desde un despacho de la Dirección General de Seguridad.
Pero ahora yo estaba pisando la frontera prohibida de esa tierra de nadie que lo circundaba, veía el sillón que él ocupaba cada noche y las colillas mordidas que había dejado como rastro en el suelo y tanteaba el quicio de una puerta entornada que se abrió silenciosamente hacia la oscuridad, hacia un túnel tan estrecho y tan bajo que tenía que avanzar de costado e inclinando la cabeza. Había dejado las cerillas en la gabardina y no podía alumbrarme con nada, y recorría inútilmente las paredes con las manos buscando un conmutador, pero sólo tocaba ladrillos ásperos y fríos de humedad, y el pasadizo era cada vez más angosto y se quebraba en agudas esquinas y en peldaños súbitos que bajaban o ascendían hacia ninguna parte. Tropezaba, chocando contra la pared, extendía las manos para no herirme con las aristas de ladrillo, sepultado y perdido, y temía que las paredes y el techo se cerraran sobre mí como el cubículo de un nicho, como la tapa de un ataúd. No había ni un resquicio de claridad en la sofocante tiniebla ni me llegaba más sonido que el de mis pasos y el del roce de mi ropa y mis manos contra el muro, y al cabo de unos minutos ya no supe cuánto tiempo llevaba extraviado en el túnel ni si subía o bajaba.
Pisé algo blando, oí un chillido y un cuerpo suave y veloz se deslizó entre mis pies. Me pareció que veía los ojos de una rata y que escuchaba su respiración, pero era la mía, y me quedé quieto, oyendo un rumor de latidos y uñas. Adelanté luego poco a poco los pies sin separarlos del suelo, apoyando las palmas de las manos en las paredes, con la cabeza baja, como si el peso del techo me aplastara la nuca, y de pronto ya no podía tocar nada y me agobiaba el espanto de quien sueña que se ha quedado ciego y que está solo. Ahora olía a alcantarilla y el suelo rezumaba agua. Di unos pasos y tuve miedo de perder el conocimiento, porque mis dedos extendidos seguían sin encontrar nada, y para no caerme me arrodillé y avancé apoyándome en las manos, notando un frío de lenta cuchillada en los huesos, y cuando al fin pude tocar algo, el plomo helado y viscoso de una tubería, quise ponerme en pie y me golpeé la cabeza contra un filo de piedra y caí, sintiendo durante un segundo larguísimo que me tragaba la hondura de un pozo.
Tardé en moverme. Me había herido un tobillo. Oía muy cercana una gota de agua tan obsesiva como un reloj en el insomnio. Era preciso que avanzara, pero no sabía hacia dónde. Subí casi reptando unos peldaños por los que resbalaban mis manos como sobre la piel de un animal húmedo. Me levanté muy cautelosamente, asiéndome a la tubería. «Nunca podrán encontrarlo porque sabe esconderse en la oscuridad», me había dicho alguien, pero yo no recordaba quién, y en cualquier caso yo sí iba a encontrarlo, aunque se escondiera en el mismo vientre del mundo, aunque tuviera que pasar tanto tiempo en aquellos túneles sin luz que mis pupilas aprendieran a distinguir las cosas en la sombra. Tenía que llegar hasta el fin y buscar a la muchacha para rescatarla de aquel vendaval de desastre que había levantado mi presencia en Madrid. La buscaba por un borroso deseo de restitución, por lealtad a Andrade, a esa última mirada que se vitrificó en sus ojos cuando la muerte lo rindió. Había bajado por ella a aquel lugar que parecía el reino de los muertos, al oscuro subsuelo donde alentaba la infamia, porque me daba cuenta de que paso a paso estaba acercándome a la raíz de la culpa y de la corrupción, y allí no me servían ni mi inteligencia ni mis ojos, sólo el instinto de reptar y moverme adhiriéndome a la superficie negra de los muros, la tenacidad de seguir avanzando como si horadara la tierra y de prevenir el peligro en el olor del aire y en los ruidos cercanos, igual que un topo o que uno de esos animales que cazan de noche. Caminé un rato guiándome por la tubería, ascendiendo ya por peldaños que no eran de piedra, sino de madera, y el aire que ahora respiraba no estaba envenenado por el olor a cieno. Toqué sobre mi cabeza una trampilla que cedió al empujarla. Me arrastraba sobre las rodillas y las manos, buscando una pared que me guiara de nuevo, tiritando de frío, con la ropa húmeda y tal vez desgarrada, me quedé tendido y quieto unos instantes para recobrar el aliento y al abrir los ojos, aunque no me había dado cuenta de que los tenía cerrados, vi al fondo una tenue raya de luz horizontal. Pensé que era mentira, apreté los párpados imaginando que cuando volviera a mirar ya habría desaparecido la luz, pero siguió allí, más delgada y precisa, blanca, junto al suelo, como una cinta extendida que hiciera aletear el viento, porque se estremecía y casi se apagaba y volvía luego a brillar. Sin incorporarme todavía me acerqué a ella, me puse en pie venciendo el dolor intolerable de las articulaciones, hice girar el pomo de una puerta y un vasto rectángulo de claridad blanca me cegó. Vi una cara inmensa que movía en silencio la boca, vi un horizonte azul de tejados sobre el que dos hombres corrían persiguiéndose, sombras planas y oblicuas que se precipitaban en una muda dispersión de catástrofe. Había llegado al Universal Cinema, estaba detrás de la pantalla, mirando desde muy cerca las desmedidas figuras de una película despojada de voces.
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