Antonio Molina - Ardor guerrero

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En el otoño de 1979, un joven que sueña con ser escritor se incorpora por reclutamiento obligatorio al Ejército Español. Su destino es el País Vasco. Su viaje, que atraviesa la península de sur a norte, es el preludio de una pesadilla. En las paredes de los cuarteles estaban todavía los retratos de Franco y su mensaje póstumo. Es una historia biográfica donde el autor nos cuenta cómo fue su servicio militar.

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Encontramos un cobertizo más o menos protegido del viento y alguien propuso que encendiéramos fuego. Nos dispersamos para buscar leña y tablas en la oscuridad, avanzando a tientas, alumbrándonos con los mecheros durante las décimas de segundo que el viento tardaba en apagarlos. Se nos olvidaba el pasado inmediato, pero también el futuro del próximo día: el frío, la búsqueda de la leña, las dificultades de prenderla, el brillo dorado y púrpura del fuego en aquellas caras de desconocidos que teníamos todos, se agregaban a la fatiga de la mala noche y al sueño para sumergirnos en una irrealidad a la vez imperiosa y quimérica: qué estaba haciendo uno a las cuatro o a las cinco de la madrugada en una estación desierta, en medio de las soledades agrestes de la provincia de Jaén, que se parecen de noche, en las proximidades de Sierra Morena, a los grabados más lúgubres de Gustave Doré.

Aún no había surgido ni la claridad más leve del amanecer cuando oímos que se aproximaba la lenta trepidación del expreso de Irún, que venía de Cádiz, y que después de dejarnos a nosotros en Vitoria continuaría su viaje hasta la frontera de Francia. Desde el andén a oscuras veíamos deslizarse los vagones interminables delante de nosotros con un sentimiento de lejanía y de inaccesibilidad, como si presenciáramos desde una orilla el paso de un trasatlántico fantasma. El tren se detuvo, bajaron unos policías militares con cascos blancos y polainas blancas y nos ordenaron subir. Los departamentos olían a tabaco, a plástico y a cuerpos hacinados. En todos ellos viajaban reclutas dormidos, y en los pasillos, mientras buscábamos de vagón en vagón algún asiento libre, pisábamos a veces un vómito o tropezábamos con un botellón de cubalibre vacío.

Aquel tren, aquellos trenes que transportaban soldados, estaban pintados de un verde oscuro casi gris y tenían algo de eternidad, de viaje eterno en el transiberiano, y uno, más que viajar en ellos, lo que hacía era quedarse parado en una inercia de pensión sucia y superpoblada, con colillas y peladuras de naranja y papeles de periódico manchados de aceite por el suelo. Iba a empezar la célebre década de los ochenta, pero los reclutas viajábamos hacia los cuarteles en trenes de posguerra, en una paleontología de ferrocarriles, con lentitudes cretácicas, con un horror masivo como de geología gótica, sobre todo cuando el tren, con las primeras claridades azules y heladas del amanecer, cruzaba por los desfiladeros y los túneles de Despeñaperros.

Habíamos subido a aquel tren en una noche que enseguida nos pareció remota, y a medida que la mañana avanzaba por los descampados de la Mancha, de un color pardo oscuro y sin vegetación en octubre, con una inhumanidad horizontal como de aparcamientos norteamericanos, a medida que la luz del día nos aliviaba del aturdimiento de no haber dormido, nos dábamos cuenta de que de verdad íbamos al ejército, y salvo algunos imbéciles irreparables que ya se sabían todas las bromas y todas las cabronadas militares y desayunaban cubata caliente de ginebra de garrafa y cocacola apócrifa, a los demás, casi a todos, nos entraba una palidez tétrica y meditativa, como presos que se quedan callados con las manos esposadas entre las rodillas y la espalda contra la chapa del furgón policial, y al no saber imaginarnos ni siquiera la forma concreta que adoptaría nuestro cautiverio nos abatía una pesadumbre general, un terror ciego al momento en que llegáramos de verdad a la estación de Vitoria: entonces queríamos que el tren no llegara nunca, y la desesperación de no movernos durante varias horas en un apeadero abandonado sólo se convertía en alivio durante los primeros segundos del viaje reanudado, cuando pasaba el Talgo como un rayo en dirección contraria y nuestro convoy jurásico crujía tan hondamente como debe de crujir el mundo con las sacudidas de la deriva continental: en toda partida hay un segundo de felicidad, una descarga química, un brillo de relámpago en las arborescencias cerebrales. Pero en cuanto nuestro tren silbaba como los trenes blindados de la guerra y empezaba a oírse el ritmo poderoso de sus articulaciones metálicas comprendíamos que ese entusiasmo de velocidad aceleraba nuestro viaje a Vitoria, y entonces deseábamos que el viaje fuera eterno, aunque no terminaran nunca las bromas soeces, las transmisiones futbolísticas en los transistores, el olor de guisos conservados en fiambreras, de café con leche de termo, de grasientas tortillas de patatas envueltas en papel de aluminio.

El tren era como una pensión franquista, y el viaje parecía que iba a durar como una vida entera pasada en una pensión, preparando oposiciones fracasadas, y lo peor de todo era ver cómo nos íbamos degradando según transcurría el viaje, cómo se degradaba y se volvía más sucio, más bruto y más enrarecido todo a nuestro alrededor. Aproximadamente desde el año cuarenta en cada departamento de segunda había un tipo enterado y de mediana edad que hacía el cálculo del tiempo que faltaba para llegar a cualquier sitio, y que sabía antes que nadie el nombre de la estación en la que estábamos entrando.

– Medina del Campo -decía aquel individuo, con su cara de funcionario bronquítico y de usuario de los trenes franquistas-. Llevamos un retraso de cuarenta minutos.

Estábamos cruzando España entera, o por lo menos la España insoportable del 98, el país estepario que tanto les gustaba a aquellos individuos, que lo recorrerían sudando bajo trajes negros con los hombros nevados de caspa, la España de Don Quijote y la del Cid y la de Azorín y Unamuno: habíamos pasado la Mancha, habíamos entrado en Madrid por la estación de Atocha y atravesado la ciudad por el ferrocarril subterráneo hasta llegar a Chamartín, donde estuvimos varados durante no sé cuántas horas sin que nos permitieran bajar del tren. En los andenes contiguos había otros expresos en los que también se arracimaban reclutas en las ventanillas y en los estribos: resonaba una vibración de leva general, una ebriedad como de declaración de guerra, como la de esas imágenes de los noticiarios primitivos en las que se ven trenes partiendo hacia los frentes de la primera guerra mundial. Pero era, desde luego, un efecto óptico, provocado por nuestra propia inmersión en aquel mundo hacia el que nos dirigíamos: la vida común, lo que los militares llamaban siempre con algo de desdén la vida civil, continuaba alrededor nuestro, en los trenes de cercanías que llegaban a Chamartín, en los hombres y mujeres de edad intermedia que viajaban en nuestro mismo tren y que nos soportaban con una mezcla de indiferencia y de imprecisa simpatía, como envidiando nuestra juventud al mismo tiempo que lamentaban los inconvenientes de nuestra presencia escandalosa y gregaria: aún no vestíamos uniforme y ya nos íbamos viendo segregados del mundo exterior, y los paisajes y las ciudades que mirábamos tras las ventanillas sucias pertenecían a un país civil que ya casi no era el nuestro y que de hecho se regía por leyes muy distintas de las que habían empezado a someternos a nosotros desde que subimos al tren.

Emprendíamos la marcha y a los pocos minutos volvíamos a detenernos, sobrevenía un frenazo y caíamos los unos sobre los otros en medio del pasillo, y nunca faltaba quien aprovechaba el empujón para hacer una broma en escarnio de los maricones o para rozarse con alguna chica que viajara sola y no hubiera huido de los vagones en los que íbamos los reclutas. Del mismo modo que el ejército era un universo arcaico, un fósil del franquismo y del africanismo de otras décadas lejanas, también los trenes en los que viajaban reclutas parecían mucho más antiguos que los trenes normales, más viejos y más lentos que ellos, y se correspondían con los relojes detenidos que seguían colgando de las marquesinas en las estaciones más modestas (eran todos de la Casa Garnier, de París, y parecía que hubieran dejado de funcionar hacia finales del siglo XIX) y con el aspecto provinciano y clerical de las ciudades castellanas por las que pasábamos conforme iba declinando la tarde. Antes de llegar a Burgos vimos sus tejados tristes sobre la llanura y las torres magníficas de la catedral, y en la estación, grande y sombría, antigua, llena de militares, de caballeros con apostura de funcionarios o de registradores de la propiedad, de señoritas con abrigos rancios, la tarde de otoño se empezó a volver lúgubre, con grandes oquedades de tiniebla húmeda. En Burgos, que era o es la capital de la región militar a la que nosotros pertenecíamos, ya se adivinaba una antipatía administrativa y disciplinaria, una desolación invernal de domingos clericales y casinos agrarios: en Burgos, todavía lejos de Vitoria, ya era invierno, y de los andenes llegaba por las ventanillas abiertas un viento helado que tenía al menos la virtud de despejar los vagones atufados de humo y de olores a comida. En Burgos ya nos parecía que llevábamos toda la vida en aquel tren, y que cuando llegáramos a Vitoria, si llegábamos alguna vez, sería noche cerrada y pleno invierno, como si hubiéramos debido atravesar los climas sucesivos de un continente entero.

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