Antonio Molina - Ardor guerrero
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Yo corría sujetándome la gorra para no perderla en la contienda y las piernas se me enredaban en los faldones del tres cuartos, me aplastaba contra una pared, me escondía en un portal abierto, y el olor del humo y el escándalo de las sirenas y de las consignas, la opresión en el pecho, el sobresalto del corazón, me devolvían al miedo de la primera y única manifestación ilegal de mi vida, al espanto de verme esposado en el interior de un furgón, esposado y sangrando por la nariz, mirando hacia la calle a través de una celosía de alambre.
Al cabo de unos minutos, confiado en la duración del silencio, abandonaba mi refugio y los encapuchados y los antidisturbios ya habían desaparecido, pero casi nadie se aventuraba aún en la avenida desierta, y entre los veladores volcados de una cafetería quedaban vidrios de vasos y de botellas rotas. En el aire flotaba todavía un residuo de pólvora y de gas lacrimógeno, y en la perspectiva afrancesada y dinástica de un puente fin de siglo seguía ardiendo un autobús con llamas rojo oscuro y humaredas densamente negras que nublaban el sol.
San Sebastián cobraba de golpe una grisura hostil de ciudad en estado de sitio, una tristeza de domingos militarizados y lluviosos en los que el silencio de una calle podía ser interrumpido por la trepidación cercana de una bomba, por un disparo que fulminaba a alguien sobre una acera y que se confundía de lejos con el petardeo de un tubo de escape. Al general gobernador militar le habían disparado a quemarropa en la cabeza durante la hora más plácida del paseo matinal junto a las barandillas de la Concha, y mientras agonizaba y se retorcía y se desangraba en el suelo la gente se apartaba un poco, como si no viera el bulto oscuro y la gran mancha de sangre, y seguía paseando con una perfecta serenidad de caminata balnearia. En Rentería, unos meses antes, varias compañías de antidisturbios habían entrado a saco arrasándolo todo, disparando a ciegas contra los escaparates de las tiendas y las ventanas de las casas en un paroxismo de barbarie, en una exasperación vengativa del miedo que a su vez alimentaba la embriaguez homicida de los terroristas.
Los sábados y los domingos por la mañana matrimonios perfectamente respetables asistían del brazo en el Bulevar a las manifestaciones encabezadas por grandes fotografías de presos y banderas vascas con crespones negros y con la serpiente y el hacha de la insignia etarra. Mientras tanto, al otro lado del Urumea, por encima de los árboles y de los aleros del cuartel, una descomunal bandera española con el escudo franquista ondeaba al viento que venía río arriba del mar, como la niebla y las gaviotas a las que oíamos graznar sobre el patio en los días de galerna, extraviadas en la lluvia, buscando abrigo tierra adentro.
Asustado y solo, potencialmente peligroso, sometido tal vez a una discreta vigilancia, paseándome con mis ropones de soldado por los atardeceres rosas de la Concha mientras que muy cerca de mí, en la Avenida, sonaban las sirenas, ardían las barricadas de neumáticos y estallaban las pelotas de goma en los cristales de los pisos, yo atesoraba en mi apocamiento, en mi desolación y cobardía, todas las formas posibles del miedo, a las pelotas de goma y a las pedradas, a la ikurriña con la serpiente y el hacha y a la bandera española con el águila sosteniendo un escudo, a los sargentos y a los abertzales. Entraba en una librería, incómodo por la evidencia de excepcionalidad que me agregaba el uniforme, iba al cine y al salir ya era hora de regresar al cuartel, echaba a andar hacia las afueras, para ahorrarme el autobús, y al llegar a Loyola, antes de cruzar el puente sobre el río, tomaba la precaución de tirar El País en una papelera, por miedo a que quienes tal vez me estaban vigilando consideraran el periódico como una prueba más contra mí. Una noche vi al llegar luces que se movían como reflectores bajo el agua, y luego unas figuras de hombres ranas chorreando cieno y manejando linternas emergieron entre la maleza de la orilla, absurdas y solemnes como personajes de un sueño. Uno de ellos se quitó la máscara de goma y vi la cara pálida, desencajada y carnosa, la mirada oblicua del sargento Martelo. En aquellos días se reforzaban las guardias, se entregaba munición doble a los soldados de escolta, se nos mantenía a todos en un estado permanente de alerta. Patrullas de hombres ranas sondaban las lentas aguas verde oscuro y el lecho cenagoso del río. Informes fidedignos difundidos confidencialmente por Radio Macuto aseguraban que el Servicio de Inteligencia Militar había descubierto que los etarras planeaban un ataque submarino o anfibio al cuartel.
XIV.
Cuánta mili te queda, lo tienes claro tú, más mili que al palo de la bandera, más que al monolito, decían, y aseguraban luego, con una ficción de condolencia y sarcasmo, a mí me jodería, y continuaban engolfándose en las comparaciones desmedidas, en los vaticinios de permanencia eterna, aquí te vas a quedar, como el buzón de correos, como el puente sobre el río, te quedan más guardias que al brigada Peláez, que llevaba veinte años de mili y que en los veinte más que le faltaban para el retiro no pasaría el pobre hombre del empleo de subteniente, te vas a licenciar tú cuando le den la Blanca al retrato del generalísimo, te vas a chupar más pochascaos y más retretas y dianas que el Chusqui, cabo primero eterno al que acababan de suspender una vez más en las pruebas de acceso a la academia de suboficiales, y que llevaba la gorra más hundida sobre el ceño que nunca y las botas con más hebillas y cordones que nadie, como si no fuera clase de tropa, un pringao idéntico a cualquiera de nosotros, sino oficial de comando, de boinas verdes, y era tanta su vocación que algunas veces, aunque no le estaba permitido, se colgaba al cinto una pistola y se ataba la base de la funda al muslo, como cualquiera de sus héroes, como los sargentos del cuartel y los mercenarios y comandos de las películas. Al salir de la compañía vigilaba de soslayo, si veía que un oficial se le acercaba tenía que esconderse, porque le podía imponer un arresto, y si lo arrestaban no sólo sufriría la vergüenza de verse moralmente degradado y mezclado con la chusma sin vocación que penaba sus empanamientos o sus indisciplinas en el banco de la prevención, sino que además vería más dañadas aún sus posibilidades de ingresar en el lugar de sus sueños, en el olimpo cerrado a cal y canto de la academia de suboficiales, cuyos exámenes de acceso no superaba nunca, a pesar de que no pudieran ser calificados precisamente de desafíos intelectuales, según apuntaba con sorna Salcedo, teniendo en cuenta que los sargentos Martelo y Valdés los aprobaron en su día.
Venenoso y patético, el Chusqui bajaba las escaleras golpeando muy fuerte los peldaños, con energía castrense, con rapidez gimnástica, se llevaba la mano a la sien al cruzarse con un superior y luego la dejaba caer con ese desgaire que era el dandismo de los veteranos, salía al patio, haciendo rechinar la grava, braceando, tal vez marcándose el paso a sí mismo en el interior de su cerebro empecinado, un, dos, er, ao, y entonces, viniendo no se sabía de dónde, de una ventana abierta o de las barandillas de hierro de la galería, se escuchaba un grito que le hacía volverse rígido de furia y buscando al culpable anónimo sin la menor esperanza de identificarlo:
– ¡Chusqui, aquí te vas a quedar!
Esa era su tragedia, que quería quedarse y no lo dejaban. El Chusqui era un solitario, un iluminado, un incomprendido, un místico de la marcialidad y del escalafón, el creyente más fanático de una religión que sin embargo no lo aceptaba entre sus fieles, el admirador más fervoroso de héroes que menospreciaban su entusiasmo y ni siquiera llegaban a sentirse envanecidos por él. Los sargentos, hacia quienes lo inclinaban la chulería innata, la disposición sentimental y la proximidad jerárquica, tendían a menospreciarlo para enaltecerse comparativamente a ellos mismos, y porque entre un cabo primero y un sargento, por mucha vocación que el cabo tuviera, había una insuperable diferencia de casta: el cabo primero era clase de tropa, y el sargento pertenecía al rango de los suboficiales, y eso los situaba en mundos que aunque fueran contiguos estaban separados por un muro tan hermético como el de lo estamentos en el Antiguo Régimen o el de las clases en la Inglaterra victoriana.
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