Antonio Molina - Ardor guerrero
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Salcedo había adquirido una perfección absoluta en su reserva, una capacidad secreta y admirable de no mezclarse con lo que sucedía a su alrededor, de permanecer ausente y recluido en un monacato invisible, pero riguroso, tan libre de melodrama como de misantropía. No era especialmente huraño ni se abstraía más que cualquiera, y en la oficina trabajaba con una exacta pulcritud, la misma con la que hacía su cama todas las mañanas o se duchaba y cambiaba de ropa interior cada día, hecho inusitado entre los cazadores de montaña, cuyo ardor higiénico estaba casi a la altura del ardor guerrero que nos asignaba nuestro himno.
El de Salcedo era un simulacro perfecto de presencia, un prodigio budista de quietud: estaba y al mismo tiempo no estaba, era un desertor íntimo que escapaba inadvertidamente del cuartel por la trampilla de su ensimismamiento, sin necesidad de escaquearse ni de emborracharse o ponerse ciego de canutos, como decían los más golfos, simplemente ordenando las cuartillas con membrete y los calcos en la máquina antes de escribir un oficio, o dedicando algo más de un minuto a sacarle punta a un lápiz. Encaraba las sinrazones, las barbaridades y los abusos del ejército con una mezcla de incrédulo asombro y resignación, y del mismo modo que había logrado reducir sus gestos y sus movimientos al mínimo imprescindible para cumplir sus tareas y fingir la presencia que reglamentariamente le correspondía, también había logrado economizar hasta el límite los recursos verbales con los que explicaba sus reacciones al espectáculo de la vida militar. Se encogía de hombros, fruncía los labios, movía tristemente la cabeza y declaraba:
– Te cagas.
Aquello era un manifiesto lacónico, una declaración de principios, un reconocimiento de derrota, una interjección al mismo tiempo de protesta y de fatalismo, de indiferencia y de horror. Entraba en la oficina con tumulto mular el sargento Valdés, buscaba algo, nos desordenaba todos los papeles, tiraba al suelo la copia de un escrito oficial y la pisaba con una bota sucia de barro, nos amenazaba con meternos quince días de prevención o con hacer de nosotros carne de garita si no le encontrábamos lo que buscaba, Matías se desvivía sonriendo y fingiendo actividad y repitiendo sí, mi sargento, a la orden mi sargento, y resultaba entonces que el papel aparecía inopinadamente o que el sargento lo había llevado desde el principio en un bolsillo de la guerrera, así que bufaba un poco apretando los dientes, se marchaba y cerraba de un portazo, y cuando nos quedábamos solos en la oficina y a Matías aún le duraba en la cara la sonrisa de servicialidad era Salcedo quien nos ofrecía un juicio definitivo sobre la invasión:
– Te cagas.
Era eso lo que decía cuando la lluvia arreciaba en las tardes oscuras de invierno, o cuando veíamos por el bulevar de San Sebastián una manifestación de abertzales que quemaban pilas de neumáticos y autobuses enteros, o cuando nos refugiábamos tras las cristaleras de una cafetería para que los antidisturbios no nos fulminaran con pelotas de goma y gases lacrimógenos cuyos destinatarios no eran los abertzales, sino cualquier figura humana que se moviera por las cercanías, o cuando probaba en el comedor la primera cucharada de un guiso abominable, o cuando el pobre brigada Peláez, que era tan novato como yo en aquel cuartel y en aquella oficina, le daba para copiar a máquina una carta llena de faltas de ortografía. El brigada se iba, recordándonos que si lo necesitábamos estaría en la sala de suboficiales, nos indicaba con un gesto de las manos que no nos levantáramos, y Salcedo, con los codos sobre la mesa, releía el borrador, contaba las faltas y los disparates sintácticos, movía resignadamente la cabeza, con incredulidad, ya sin asombro, como si al cabo de seis meses en el ejército hubiera comprendido que cualquier disparate era verosímil:
– Te cagas.
Entre Matías y Salcedo me fueron introduciendo en los misterios burocráticos de la compañía, que eran de una complejidad tan irreal como laboriosa, pues su finalidad consistía en inventar administrativamente un mundo perfecto, pero separado de cualquier vínculo con la realidad, del mismo modo que el mundo del cuartel estaba separado herméticamente de lo que sucedía al otro lado del río Urumea. Todo se hacía por escrito, todo se copiaba por duplicado o triplicado y se anotaba en los registros de entrada y de salida, se repartía por otras dependencias y se archivaban las copias en el armario metálico. Prácticamente todos los días se redactaba una lista de los miembros de la compañía, detallando graduaciones, permisos, arrestos, raciones de pan y plazas en el comedor, y cada tarea llevaba consigo el correspondiente formulario y exigía una redacción peculiar, un cierto número de trámites sinuosos, firmas y sellos que la corroboraran.
En la cumplimentación y en el reparto de todos aquellos papeles, desde tarjetas de identidad y solicitudes de permiso a oficios en los que se comunicaba una baja por enfermedad o un arresto, los oficinistas pasábamos hacendosamente la mayor parte del día, aunque también se consideraban incluidas entre nuestras obligaciones la limpieza de la oficina del capitán y el servicio ocasional de cafés con leche y copas de coñac a los suboficiales, que algunas veces parecía que tomaban nuestro breve recinto como la sucursal de un casino, y se recostaban en el sillón cruzando las botas de montaña sobre la mesa y fumaban tirando la ceniza y las colillas al suelo, aunque tuvieran delante un cenicero, exhibiendo musculosos antebrazos y rolex sumergibles en los que nunca faltaba la pertinente banderita. Un día, el sargento Martelo, sabiendo que Salcedo poseía una excelente habilidad para plastificar documentos, abrió su cartera con el gesto de quien va a exhibir un fajo de billetes y le entregó una foto de Hitler que tenía en el reverso una svástica, ordenándole que se la plastificara. Mientras buscaba el plástico adhesivo y las tijeras, Salcedo murmuró en voz muy baja a mi lado:
– Te cagas.
Yo era un aprendiz, al principio, un subalterno voluntarioso y callado, muy dócil, obediente a todo lo que me mandaban, aunque no me enterara mucho, dada la complejidad mandarinesca de las fórmulas y los procedimientos administrativos, que Matías me explicaba con una sonrisa blanda y animosa, de pedagogo o de psicólogo, dotado de una paciencia cristiana para mis equivocaciones. Me ponía a copiar a máquina escritos antiguos, para que me fuera aprendiendo las fórmulas obligatorias, tengo el honor de comunicar a V.S., Ruego a V.E., Dios guarde a Vd. muchos años, me dictaba despacio, señalándome las comas y los puntos, me daba una regla, un lápiz, una goma y un puñado de folios y me encargaba enigmáticamente que los rayara o los cuadriculara uno por uno, deteniéndose a hacerme ver cómo se trazaba una línea recta con la ayuda de la regla, me pedía que lo acompañara en su recorrido matinal por las dependencias del cuartel para que así pudiera yo aprenderme punto por punto el itinerario, siguiéndolo como si fuera su sombra, el secretario o ayudante de Matías, su acólito.
Debía de ser un par de años más joven que yo, pero me parecía mayor, más digno de respeto, no sólo por su veteranía, o por su barba, o por el aire de prematura vejez que suelen tener las personas con la boca sumida y la barbilla saliente, sino porque uno de los efectos que el ejército estaba teniendo sobre mí era el de olvidarme de mi edad verdadera, situándome en un estado de ánimo como de permanente y acobardado aprendiz, en una posición de inferioridad aceptada con respecto a mis superiores, parecida a la del alumno adolescente e interno con respecto a los curas penitenciarios del colegio, una distancia radical, aunque falsa, de la persona adulta, portadora de la autoridad.
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