Antonio Molina - Ardor guerrero
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Uno no es responsable de lo que sueña, y a veces tampoco de lo que escribe, o más bien de lo que siente en cada ocasión que puede escribir: una mañana nublada de principios de marzo, en Virginia, me encontré acordándome de la oficina militar de San Sebastián en la que había trabajado cuando volví del permiso de la jura, y de los cielos nublados que se veían desde la ventana, y las dos imágenes, separadas por más de una década y por todo un océano, resonaron o se correspondieron entre sí en una semejanza inesperada. La soledad y el silencio de mi habitación monacal de Virginia se parecían a los de aquella oficina en las mañanas invernales de domingo, cuando el cuartel estaba casi vacío y yo aprovechaba aquella quietud para ponerme a escribir en una hermosa Olympia con la carrocería de color de bronce, dura y curvada como un casco de guerra. En vez de la hoja de papel yo tenía ahora frente a mí la pantalla luminosa del ordenador, pero el espacio en blanco era el mismo, el espacio en blanco y también el desaliento, el miedo a no saber llenarlo de palabras, a no encontrar la primera palabra que siempre es un ábrete sésamo y trae consigo a todas las demás.
Así que era posible que uno no cambiara tanto como creía, y en tal caso los sueños de regreso al ejército contenían una parte de razón. El soldado de veinticuatro años sobrevivía en mí, que aún sigo queriendo escribir libros y me muero de miedo al principio de cada página. La oficina militar, como la habitación de Virginia, era un lugar ajeno al mundo y a las normas cotidianas del tiempo. El tiempo verdadero se había interrumpido la noche en que tomé el tren hacia el norte, en octubre de 1979, y también cuando en enero de 1993 subí a un avión que me llevaría a América. Y en ese espacio despojado, en ese tiempo neutral, yo debía o deseaba en ambos casos edificarme una isla, un lugar protegido y cancelado donde emprender esa tarea que uno siempre está emprendiendo por primera vez aunque haya escrito y publicado diez libros.
No había identidad ni pasado en la habitación de Virginia ni en la oficina del cuartel, no había equipaje ni memoria. Lo que uno hubiera hecho hasta entonces no importaba, no le serviría de salvación ni de excusa. La vida anterior, los libros anteriores, no existían. Había que empezar otra vez, y abstraerse delante del ordenador de modo que la noche llegara sin que me diese cuenta. La penumbra del atardecer era la misma en Virginia que en San Sebastián, y la reverberación violeta de la pantalla del ordenador me hacía acordarme del papel volviéndose más blanco y más vacío en la máquina de escribir a medida que progresaba la noche y yo no encendía la luz eléctrica en la oficina para no descubrirle a nadie mi presencia. Por entonces, unos meses después de mi llegada al cuartel, yo ya no era un lamentable recluta, sino casi un veterano, y me había organizado la vida con un cierto confort, en mi calidad privilegiada de oficinista, o de escribiente, como decían los militares, con un arcaísmo que a mí no me desagradaba.
En San Sebastián, en el regimiento de cazadores de montaña Sicilia 67, en aquel mundo desastrado y hermético, entre la brutalidad, la disciplina, el ruido de botas y fusiles, el embotamiento diario, la extenuadora paciencia de seguir aguantando para tachar otro recuadro en el almanaque, yo me encerraba con llave en la oficina de la compañía para instaurar una tregua, para inventar el espacio lacónico de la habitación que he buscado siempre: paredes vacías, una mesa, una silla de respaldo recto, una ventana, un teclado sobre el que escribir. En los sueños todo se vuelve simultáneo, pero tal vez en eso, que nos sorprende tanto, es en lo que los sueños más se parecen a la realidad.
Hacía mucho que no soñaba con que volvía al cuartel, pero la sensación de aislamiento y de lejanía que encontré en Virginia, el silencio que se iba extendiendo cada noche a mi alrededor, en el bosque que había al otro lado de la ventana, como un océano de oscuridad, se parecieron mucho al aislamiento, a la lejanía y al silencio que iban creciendo en el cuartel cada noche, al mismo tiempo que se levantaba la niebla sobre el río Urumea. Quizás sólo sea posible escribir sobre ciertas cosas cuando ya apenas pueden herirnos y hemos dejado de soñar con ellas, cuando estamos tan lejos, en el espacio y en el tiempo, que casi daría igual que no hubieran sucedido.
II.
En la infancia de uno la mili formaba parte de las mitologías inciertas de la vida adulta. La mili era una palabra rara que algunas veces oíamos repetir con reverencia y misterio, una región de leyenda en el pasado de nuestros mayores, un tiempo ajeno y anterior al que nosotros conocíamos en el que habían vivido lejos y vestido uniformes, en el que habían manejado no las herramientas cotidianas de trabajo sino armas de fuego, como los héroes de las películas o de los relatos de la guerra.
La mili, según se la oíamos contar a los adultos, era una especie atenuada de guerra en la que no moría nadie, una geografía de lugares remotos que se llamaban Fernando Poo, Sidi Ifni, Tenerife, Infantería motorizada, un mundo tan novelesco y ajeno como el del cine, pero con una densa emoción de realidad: pistolas, bayonetas, machetes, fusiles, ametralladoras, cañones, todas las palabras que habíamos aprendido en las películas de guerra o en los tebeos entonces célebres de Hazañas Bélicas las repetía en casa algunos de nuestros parientes, incluso nuestro mismo padre, y aquello daba a sus narraciones un aliciente de aventura verdadera, y a ellos, a sus voces, a sus caras de siempre, una cualidad de excepción y heroísmo.
La mili era que uno de mis tíos desapareciera durante largo tiempo de la casa, y que yo sólo me diera cuenta de su ausencia cuando al cabo de los meses llegaba una foto suya en blanco y negro y una carta escrita sobre cuartillas rayadas. La cara de la foto apenas se parecía a la de mi tío: era una cara como más decidida o más adulta de lo que yo recordaba, con los dientes o la sonrisa más grandes, con un extraño gorro del que pendía una borla caído sobre las cejas, con las sienes rapadas. A lo mejor la figura sostenía un fusil, y eso era ya lo que la volvía más extraña y más admirable, el fusil y las botas militares, negras y rudas, el cinturón de hebilla metálica que le ceñía el uniforme, aunque también la actitud en la que habían posado para la foto: las piernas abiertas, el gorro con borla sobre la frente, los pulgares incrustados en el cinturón, una media sonrisa como de jactancia y orgullo, la misma que repetían después en la foto de estudio que enviaban a la madre y a la novia, y en la que la cara, inclinada, en escorzo, tenía una cualidad lisa y brillante de cera en blanco y negro, un resplandor ligeramente neblinoso, como de estampa de actor de cine.
Era posible que detrás de la figura apareciese un monumento célebre, una estatua de mármol, una arboleda que resultaba ser el parque de María Luisa, una extensión de agua que no era el mar, como mi ignorante imaginación sugería, sino el estanque del Retiro. Mi abuelo o mi madre leían en voz alta y lenta la carta y mi abuela lloraba, y yo no podía entender la razón de su llanto ni el vínculo entre ese soldado sonriente de la foto y mi tío, al que por lo demás, con esa incapacidad de la infancia para conservar lealtades y recuerdos precisos, ya había olvidado.
La mili era una maleta grande de madera que rondó mucho tiempo por las alacenas de la casa, una maleta hueca, grande, angulosa, la más grande que yo había visto en mi vida hasta entonces, tan grande como un baúl, como un mueble: la maleta de madera que les daban a los soldados hace treinta años, con sus ángulos agudos, sus cierres metálicos, el dibujo de las acanaladuras de la madera, que yo seguía atentamente con los dedos y con la mirada, sumergido en un hipnotismo semejante al de las manchas de humedad de una pared o al de los dibujos inacabablemente repetidos de una cortina. Aquella maleta la había traído mi tío Manolo de la mili, de un sitio que a veces se llamaba Melilla y a veces África, al que había llegado navegando en un barco y donde había pasado una eternidad, ya que el único permiso que le dieron no pudo aprovecharlo por falta de dinero para hacer el viaje. Volvió muy moreno, con una chaqueta oscura y una camisa abierta sobre el pecho, con el pelo muy corto, con un desahogo como de legionario o de indiano, desconocido para mí, y mientras mis abuelos, mi madre y mis otros tíos se abrazaban a él en el portal y lo besaban entre lágrimas al cabo de dos años de no verlo yo miraba la superficie de la maleta, los extraños dibujos que se formaban en ella, su hermoso volumen geométrico, su materialidad de madera y metal, su condición posterior de cofre o cavidad mágica de la que mi tío fue sacando ecuánimes y modestos regalos para cada uno de nosotros.
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