– Pues ya hemos comido -suspira alguien, mi madre o mi abuela, después de un momento de silencio, aliviada la tensión del acto laborioso de comer.
– Ya hemos matado a la que nos mataba -dice mi abuelo.
– ¿Y quién era la que nos mataba? -pregunta mi hermana por zalamería, sabiendo la respuesta.
– El hambre, que mató a tanta gente. El hambre que mata sin cuchillo ni palo.
– Pues todavía nos falta el postre.
?Hay sandía en el pozo? -Con lo que le gustaba comer a Baltasar, y mira en lo que ha quedado. Dice la sobrina que ya ni puede tragar líquidos. Pero como ha sido tan comilón pide que le acerquen a la nariz lonchas de jamón o de queso untado en aceite.
– -Dios lo castiga por los jamones y los quesos y las orzas de lomo y los panes blancos que se comió cuando los demás no teníamos más que algarrobas para alimentar a nuestros hijos.
– Ya estamos con lo mismo…
– Robándonos lo que era nuestro y lo que tú no fuiste capaz de defender, lo que te quitaron por tonto.
…}El mundo entero podrá asistir en directo, desde sus hogares, al gran acontecimiento histórico, a través de los receptores de televisión…} -¿Y qué iba a hacer yo, si estaba preso? -Antes de que te metieran preso ya te habías dejado engañar. Y mira cómo le fue a él la vida, y cómo nos ha ido a nosotros.
– Tenemos lo que él no tiene -mi abuelo alza la voz, con un ademán dramático-. Salud y seis hijos como seis soles, y la conciencia tranquila.
No hay manera: no puedo enterarme de nada. Me levanto de la mesa, llevando la silla de anea conmigo, para acercarme más al televisor.
– ¿Y tú adónde vas, si no hemos terminado? -A ninguna parte, es que no me dejáis oír lo que dicen en la tele.
– ¿Y qué estarán diciendo, si se puede saber, que sea tan importante? -Lo de la Luna, que dice que se va a levantar para verlo cuando estemos todos dormidos.
– Tú cállate, chivata.
– Voy a devolver ese aparato y se te van a acabar las tonterías de la Luna, que parece que has perdido el juicio -mi padre se levanta y hace ademán de apagar el televisor, pero no acierta a encontrar el botón, y se queda aturdido, buscando el modo de salvar su autoridad, encarándose con mi madre-. En qué hora se me ocurriría hacerle caso al marido de tu hermana, que no piensa más que en sacarnos el dinero.
– Con mi hermana no te metas, que ella no tiene la culpa de nada.
– Y tú, desde mañana por la mañana se te han acabado los libros, la holganza y los viajes a la Luna -mi padre ha encontrado por fin la manera de apagar el televisor, y ahora vuelve a sentarse, recobrada su dignidad, dispuesto a curarme de mis desvaríos-.
Te llamo a las seis y te vas a trabajar al campo con la fresca.
– Ha hablado un hombre -sentencia mi abuela, pero ella casi siempre dice las cosas con un filo de sarcasmo, que quizás mi padre no deja de advertir.
– Por lo pronto, que traiga la sandía.
– Yo no quiero sandía, quiero un melocotón.
– Pues tráele de camino un melocotón a tu hermana.
– Si tiene el capricho que vaya ella, que yo no soy su criado.
– Ten cuidado al sacar el cubo del pozo, no vayas a caerte y te ahogues.
– ¿Por qué no compramos una nevera, como la de la tía Lola, y así no tenemos que refrescar las cosas en el pozo? -Lo que nos estaba haciendo falta -murmura mi padre-. Una cocina de gas, un televisor y ahora una nevera.
?Por qué no un helicóptero? Y yo trabajando de sol a sol para pagarle las vacaciones a ese señorito.
– Ya estamos con lo mismo. Qué te habrá hecho a ti el marido de mi hermana.
– El frío de las neveras es muy malo para la garganta -informa mi abuelo, ya más apaciguado-. Se han dado casos de gente que ha muerto de pulmonía después de beber el agua tan fría de esos aparatos. Todos los médicos están de acuerdo en que es mucho más sana el agua fresca de un botijo.
– Será que los médicos te han llamado a ti para contártelo.
Salgo al corral, aliviado de apartarme unos minutos de ellos, de no escuchar el rumor permanente en el que viven enredados, tan denso como el zumbido de un panal. Hace fresco y huele a jazmines y a galanes de noche, a las hojas y a la savia de la parra.
Por encima de los tejados y los bardales vienen las voces del cine de verano, y en el cielo teñido de color ceniza después de los calores del día hay un gajo de luna.
Oigo de lejos a mi hermana, gritando mi nombre con su voz aguda: por qué tardará tanto, habrá dicho mi abuelo, y mi padre dirá, se habrá quedado mirando la luna, y mi madre, mira que si se ha caído al pozo, a lo que añadirá mi abuela, torpe es, pero tonto no parece, y mi hermana, voy a buscarlo, y mi padre, sombrío, nunca efectivo en su autoridad, tú te quedas aquí sentada, que tampoco hace una semana que se fue a buscar la sandía.
Me asomo al brocal del pozo, y en el fondo se ve como un espejo oscuro el brillo inquieto del agua y el gajo de luna repetido en ella. Tiro de la soga áspera, y sobre mi cabeza gruñe la polea. Resuena el agua muy hondo, cuando el cubo, alzado por la polea, emerge de ella, y luego choca con sonidos metálicos contra las paredes de piedra. Sube un fresco profundo, una humedad salobre, mientras el cubo chorreante asciende hacia el brocal, el cáñamo de la soga escociéndome las manos. Y cuando llega arriba lo hago bascular hacia mí y lo dejo en el suelo, chorreando, con un olor a saco mojado, porque la sandía, para que se mantenga más fresca, se sumerge en el agua en el interior de un saco atado con una cuerda, dentro del cubo de latón. Desato el saco, extraigo la sandía grande, planetaria, y la llevo al comedor sosteniéndola con las dos manos. La conversación ha cambiado en mi ausencia. Han encendido de nuevo el televisor y ahora hablan de la Luna.
– Dice Carlos que suben en un cohete más grande que esta casa -aventura mi madre, acogiéndose a la autoridad del marido de su hermana, hacia el que proyecta una parte de la veneración que siente hacia ella-. Y que explota con una mecha como las de los cohetes de la Feria.
– Qué sabrá tu cuñado de cohetes.
– Algo más que nosotros sabrá, estando acostumbrado a manejar todos esos aparatos que vende en la tienda.
– Hijo mío, ni que hubieras tenido que subir tú también a la Luna para traernos la sandía.
– Qué te habrá hecho a ti Carlos -mi madre, para discutir con mi padre, baja la voz y mira hacia la mesa, aplastando con el dedo índice una miga de pan-, para que le tengas tanta ojeriza.
– Yo no le tengo nada. Él en su casa y nosotros en la nuestra.
Mi abuelo palpa la sandía entre sus dos manos enormes, la sopesa, meditativamente, la deja sobre un plato, rozando la cáscara con la palma de la mano, tamborileando sobre ella con los dedos, auscultándola. El locutor del telediario entrevista ahora mismo a un hombre de cara avinagrada y traje oscuro, con una insignia de algo en la solapa:
}La Luna, que se nos muestra tan apetecible y poéticamente tan bella gracias a la distancia y a la iluminación solar, resultará un astro inhóspito, decrépito, desolado, de impresionante frialdad espiritual. Ni agua, ni vegetación, ni otros seres animados, ni elemento alguno de los que embellecen nuestro mundo…} -¿Habrá marcianos en la Luna? -Los marcianos son los de Marte, niña. Si hubiera habitantes en la Luna se llamarían selenitas. Pero no los hay.
– ¿Y eso cómo lo saben, si no han subido nunca? -en la ironía de mi abuela siempre hay una sospecha sobre la tontería de los seres humanos, empezando por los miembros de su familia más cercana.
}El Hombre retornará rápido a la Tierra, contristado, encontrándola más bella, aunque endurecida por el egoísmo, la ambición y la ingratitud}.
– ¿Qué dice ese señor tan enfadado? ¿Cómo vamos a oírlo, si no os calláis? Esta sandía está en su punto -dictamina mi abuelo-. Y bien fresquita.
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