Como me parece saber también, aunque en este momento me sienta incapaz de recordarlo, el significado e incluso el nombre que formarían, si se ordenasen correctamente, las iniciales del caldero de oro, del mosaico con la medusa, de las baldosas musicales del pasillo de la casa paterna, del nombre borroso de aquella lápida con un caballito y tres árboles; y aquel otro, olvidado, del misterioso antepasado que se fue con Cortés; y del reloj del bisabuelo de mi abuelo; y de su propio guardapolvos.
Pero todo es ensoñación, o no hay ensoñación alguna y soy realmente un hombre que agoniza, un guerrero herido mortalmente, un viejo jinete que ha dado su última cabalgada, alguien que, definitivamente, ya no volverá. Y, sin embargo, las nubes pasan rápidas, como los recuerdos, y a veces brillan detrás las estrellas (las estrellas y no otros brillos, no los fuegos chisporroteantes que pueden significar una conmemoración festiva y jubilosa y también la destrucción y la muerte; no las extrañas luminarias de raros peces o cangrejos que suben a la superficie durante la noche; ni el reverbero de un sol sin celajes sobre los blancos muros, en las callejuelas apretadas, sobre las terrazas, contra las ropas inmóviles, tendidas a secar mientras cruzan el aire mariposas y moscones; no las hojas doradas, en el soto, resplandeciendo mientras las mueve el viento del otoño; no objetos o formas entrevistos en penumbras diferentes que, por un milagro de ubicuidad, coincidiesen delante de mis ojos) y los olores son, indiscutiblemente, los olores del invierno, del río, de la tierra dormida y húmeda, y las sensaciones se corresponden directamente con esos olores y esas visiones de la floresta desolada e invernal.
En cuanto a la voz, es un grito de alto, una advertencia, una amenaza. Bajan por la ladera buscándonos, moviendo a un lado y a otro sus potentes linternas.
He recuperado, por tanto, la conciencia plena de la situación. Tengo que levantarme, despabilar a Lupi. Debemos seguir huyendo, escapando entre lo oscuro. Y así, por fin, mi esfuerzo se resuelve en acción, consigo hablar, decirte Lupi, levántate, corre, me incorporo, me pongo en pie, doy unos pasos, empiezo a correr.
Alguien me empuja, alguien me da en la espalda unos suaves, afectuosos golpecitos, y vuelo, estoy volando, caigo al agua, o no es el agua, sino el espacio helado, infinito, oscuro, floto en el agua, en el espacio. Y veo por fin, tan cercanos, infundiendo en mí una serenidad sin límites, los resplandores dorados del caldero.
(Julio de 1980)
[1]Falta una parte en el original.