José Merino - El caldero de oro

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El caldero de oro: краткое содержание, описание и аннотация

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Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia de un protagonista que, un día, regresará al pueblo de sus antepasados, abandonado y solitario, para encontrase con un destino encerrado en su propia historia. Narrada desde la memoria y la imaginación sustentada en un lenguaje que no olvida nunca su condición reveladora, El caldero de oro fue saludada como una de las obras que evidenciaban la renovada vitalidad de la literatura española.

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Al poco tiempo, nos reuníamos los cuatro una noche cada semana, sería el lunes o el martes. Ese día cerraban el bar bastante antes de lo acostumbrado. Cenábamos lo propio de la época -unas truchas, picadillo, judías verdes- y jugábamos una partida de parchís, con la tele, en la que perdíamos la mirada de vez en cuando, encendida sobre nosotros. Luego, nos íbamos a dormir, Lupi con Felisa siempre, yo siempre con Isolina.

Sólo una vez cambiamos de pareja, tras una cena en la que bebimos con exceso. Lupi, al día siguiente, me pidió, de modo bastante desmañado, que no volviese a propiciar una mudanza semejante: sin duda su atracción por Felisa, que toleraba la interferencia de los extraños ocasionales, se había llenado de celos con la mía.

Averiada ya de modo definitivo mi relación con mis parientes más cercanos, Felisa. Isolina y Lupi pasaron a ser mi única familia. Veo, placenteramente pero con la justeza de un documento, transcurrir una por una mis veladas con ellos.

Mi entorno habitual fue así encontrando cambios importantes. Por otra parte, mis andanzas como vendedor de seguros me hicieron conocer la realidad de las gentes de la comarca. Y así, comencé a ver al pueblo y a sus habitantes con una mirada enderezada del sesgo infantil.

Otros hechos fueron también obligando a que la nueva situación se encaminase en un sentido imprevisible: sobre todo, las obras de la Planta que, aunque traían una prosperidad momentánea, que a todos parecía beneficiarnos, motivaron muchos cambios: así, hicieron que las hermanas incorporasen, a su clientela habitual, a los trabajadores fijos que permanecían en el pueblo. El Bar Alameda se amplió, y se instalaron máquinas de bolas, y una gramola eléctrica.

Así, nuestros lunes hogareños empezaron a hacerse menos habituales. También se modificaron aquellas fiestas ocasionales de antes, que se suscitaban con la concurrencia de algunos clientes (otro del pueblo, un taxista de Cistierna, el guarda de los cotos) para beber y cantar, y en que un viajante de productos textiles proyectaba acaso unas películas que mantenían a la concurrencia en un silencio turbado, sólo interrumpido por los comentarios rijosos del operador.

Y, pese a los esfuerzos de las hermanas por mantener su presencia en la acostumbrada discreción, el bar se hizo un lugar concurrido y ruidoso. Luego, la incorporación de Lolina liquidó definitivamente el hábito familiar de aquellos lunes de parchís y cena íntima. El crecimiento del Bar Alameda entró en un ritmo rápido, y aunque Lupi y yo éramos recibidos siempre con afecto, yo comprendí que aquella intimidad nuestra se había roto y dejé de aparecer por allí con la habitual asiduidad.

Lupi y yo no hablamos del asunto. El seguía acercándose todas las semanas, con su muda limpia y la ropa de fiesta.

Una noche me desperté (empezaba a templar el tiempo y habíamos trasladado nuestros jergones al desván) y te vi, a la luz confusa del amanecer, sentado en su camastro. Le contemplé mientras me despabilaba del todo: tenía la cabeza entre las manos, en un gesto especialmente desolado.

– Eh, Lupi -le dije-, no te había oído.

El no contestó.

– Qué te pasa, qué haces.

Entonces se puso de pie y comenzó a desnudarse. Doblaba con cuidado la ropa y la guardaba en el cajón superior de la cómoda. Descolgó luego el mono y se lo puso. Se metió un pañuelo en el bolsillo y se calzó.

– ¿No vas a dormir?

– Tengo mucha faena.

No volvió al Bar Alameda y no me dio ninguna explicación de las causas de su decisión. Pero aquel verano, una noche que estuve con Isolina (yo seguía viéndola intermitentemente y, para dar a nuestra relación un sentido distinto, neutral, me gustaba hacerle algún regalo equivalente al precio de lo que ellas llamaban (el servicio.), ella me contó que Lupi le había pedido a su hermana que se casase con él.

– Sigue tu primo enfadado con Felisa, ¿verdad?

– ¿Qué dices?

– Se enfadó mucho con ella. La llamó perdida, pendón, qué sé yo. ¿No lo sabías?

– No.

– ¿No te lo contó? Es muy cabezón ese primo tuyo, ¿sabes?

– ¿Qué pasó?

– Si lo sabe todo el mundo. Le dijo que quería casarse con ella.

– Ese Lupi es tremendo -dije-. ¿Y ella?

– Vamos -contestó Isolina-. Qué chiquillada, ¿no crees?

Y sin embargo, cuando volví a casa y le vi en el taller todavía, inclinado sobre un motor, tiznado el rostro y las manos manchadas de grasa, a la luz de aquella bombilla solitaria, sentí por él una ternura risueña.

– Qué trabajador.

– Ahora mismo acabo -dijo.

Empezó a limpiarse con unos trapos.

– Oye, Lupi, estuve en el Alameda.

Siguió muy atareado en su limpieza, sin replicar. -Muchos recuerdos de Feli. Te echa de menos.

Pero sin duda mantenía viva su herida, porque me miró a los ojos con gesto adusto.

Lupi llegó corriendo hasta la furgoneta

Lupi llegó corriendo hasta la furgoneta. Se acercó sin titubear, como si viese en lo oscuro. Percibiste el bulto de su cuerpo resaltando sobre la claridad de la carretera. Te llamó en voz baja, pero con urgencia. Cuando estuvo junto a ti, le oíste jadear.

– Qué pasa -dijiste.

– Vámonos, a prisa, corre.

Entró con esfuerzo y se sentó a tu lado. Su cuerpo seguía siendo un bulto en lo oscuro, apenas iluminado por las lucecitas del cuadro de instrumentos. Te pareció que se sujetaba el hombro derecho con el otro brazo. Seguía llevando la maleta colgada en bandolera y jadeaba hasta toser. Preguntaste por los chicos mientras encendías el motor.

– Tú tira, tira. Ha sido un cristo. Nos esperaban.

Y hacía frío, el volante estaba helado, brillaba la escarcha sobre el asfalto de la carretera.

Todo es verdad, ninguna ensoñación protege una realidad diferente. No eres un niño en la noche, en el ensueño de una aventura que se irá desarrollando con armonía placentera entre paisajes hermosos, heroicas peripecias, dulces afectos, justo esos instantes antes de dormir, en la víspera de una jornada que habría de desplegarse ante ti con todo el universo azaroso del colegio.

Y, sin embargo, subsiste todavía un resto de duda, y en ella te debates: sonarán las campanadas en el salón y la pesadilla habrá concluido: los ojos de Lupi brillan como las ventanitas del belén, como las del pueblo, como bolas de cristal colgadas de un árbol navideño.

La aventura transcurriría en unas fiestas de Navidad, en una Nochevieja; una Nochevieja memorable, una Nochevieja crucial, definitiva, por ejemplo la última Nochevieja del siglo, la Última por tanto del milenio.

Ya eres viejo, acaso un viejo vaquero, un viejo pirata, un viejo guerrero. Pero qué importa, serás joven otra vez en la próxima ensoñación. Hoy estás en la Nochevieja última del siglo. Este amanecer será el primero del año dos mil, un año verdaderamente nuevo, cuyo advenimiento había sido angustiosamente esperado, como si viniese a ser el resolvedor de todo. La aventura es muy peligrosa. Eres realmente un Bicho. Perteneces a un comando secreto, heroico, un comando en lucha contra la Planta que es el Gran Invasor, el Gran Conquistador. Su invasión, su conquista, es la condena a muerte para todos vosotros, sin remedio. Todo a vuestro alrededor se convertiría en una máquina gigantesca que, cuando se acomodase completamente, sería la única presencia verdadera, convirtiéndoos a vosotros en sombras sólo de lo que fuisteis alguna vez. La lucha contra esta Máquina era una batalla de una guerra mayor: la que pretendía evitar que el planeta todo terminase convertido en Máquinas y en Ciudades, unas ciudades donde los gatos, los canarios, los geranios y las carpas de pecera mantendrían el testimonio exclusivo de la fauna y de la flora del mundo.

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