José Merino - El caldero de oro

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El caldero de oro: краткое содержание, описание и аннотация

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Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia de un protagonista que, un día, regresará al pueblo de sus antepasados, abandonado y solitario, para encontrase con un destino encerrado en su propia historia. Narrada desde la memoria y la imaginación sustentada en un lenguaje que no olvida nunca su condición reveladora, El caldero de oro fue saludada como una de las obras que evidenciaban la renovada vitalidad de la literatura española.

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– Hay que hincar los codos -decía.

Simulaba en el aire el gesto, lo que convertía su cuerpo alto y flaco en la figura de un bailarín grotesco. Y remataba sus consejos con una despedida ceremoniosa, concediéndonos una consideración inusual para nuestra edad.

Una voz masculina me preguntó mi identidad y el objeto de mi llamada. Le dije mi nombre y añadí, con súbito impulso, que era Aramis, para una consulta.

– Aramis, el mosquetero. Dígaselo así mismo.

Cuando se puso al teléfono, ya me recordaba. Tenía la voz grave, hablaba bajo; me pareció apreciar, entre sus palabras, un secreto regocijo.

– Pero qué es de tu vida.

Charlamos un rato. Fuera de la cabina, Lupi paseaba por la sala, mirando con curiosidad a las telefonistas, interpolando con sus ropas oscuras aquel sol que reflejaba en los asientos de madera, en las escupideras, en los tiestos, una claridad ennoblecedora del resabio oficial de los altos mostradores.

Le expliqué que quería hacerle una consulta de tipo profesional. Titubeó.

– ¿Te corre mucha prisa?

Yo repuse que marchaba al atardecer, en el coche de línea. Entonces me citó para tomar café.

– Estoy con un primo mío -le dije.

– ¿Tienes los papeles?

– Sí, todos, el testamento y lo demás.

Luego me fui con Lupi a recorrer la ciudad. Cuando nos acercábamos a la catedral, junto al hospital, bajaron dos hombres de un automóvil: eran Alfonso y papá. Yo me quedé mirándoles desconcertado de pronto, el ánimo sumiso, dispuesto a saludarles, sintiendo en mi pecho un latigazo de culpabilidad. Pero, a pesar de que lo angosto del espacio les obligó a acercarse mucho a nosotros, pasaron junto a mí sin reconocerme.

Papá cojeaba quizá más que antes y tenía ya el pelo totalmente blanco, muy escaso, incapaz de ocultar su pálida calva. Alfonso tenía también muchas canas y llevaba unos lentes ligeramente ahumados. Iban los dos muy serios, absortos acaso en alguna tarea profesional. La boina, la zamarra, las chirucas, proclamaban de tal modo nuestro aire pueblerino, que yo hubiera resultado en cualquier caso invisible para ellos. Y continué andando, con la avergonzada pesadumbre de mi reacción instintiva.

Lupi observaba las calles, los edificios, con la curiosidad de un conocimiento superficial, mientras yo iba recobrando, con afecto y nostalgia, la contemplación de las viejas calles. De algún modo, en una época ya muy lejana de mi vida, aquellas tabernas habían acogido mi juvenil desconcierto, aquellos rincones habían protegido mi nocturno deambular.

– Yo he venido con Abilio Curto a las ferias, algunas veces -decía Lupi-. Comíamos congrio en La Gitana.

La Gitana ya no existía. Bajamos hasta Casa Benito, atravesando lentamente el plano inclinado de la Plaza Mayor llena de tenderetes bajo cuyas lonas (un simple rectángulo estirado) se mostraban las frutas, los pollos, los huevos, las hortalizas.

Aquel mercado tenía un sabor ancestral. Sin duda, desde los tiempos mismos de la fundación de la Legión romana, ya vencidos los indígenas rebeldes y conquistado su territorio, las gentes del alfoz traían, como ahora, las legumbres, las castañas, los conejos, las cecinas, los quesos, para venderlos.

Un sol cenital lo hacía resaltar todo con contrastes de colorín de película antigua, de película cuya acción transcurriese en algún país exótico, oriental, y las trepidantes persecuciones llevasen al héroe a través de un mercado igual de luminoso pero súbitamente desordenado a su paso: y rodarían por el suelo las frutas, aletearían las aves, se desmoronarían los frágiles mostradores y con ellos los toldillos que daban sombra a la mercancía; alguna película de los años infantiles, de cuando yo recorría este mercado de la mano de la pobre Ovidia, aquella criada mayor que acabó volviéndose loca y que me decía, tan en secreto, que un día vendrían a por ella, para llevarla a la cárcel, porque mamá la había denunciado ala Guardia Civil, pero que era mentira que ella se guardase el café.

Aquel aspecto de la ciudad, las viejas calles, las tabernas, las pequeñas tiendas, el mercado, me la devolvía a mi infancia, a mi mocedad, a mis recuerdos originales, pero también a sus antiguas raíces rurales. Todo eso la hacía entrañable para mí, y singular y única. Amaba la ciudad bajo aquella apariencia, del mismo modo que aborrecía en ella los aspectos falsamente modernos. Con el tiempo, había comprendido hasta qué punto las gentes entre las que yo había nacido se sentían imprecisamente avergonzadas de aquellos resabios rurales, oscuros, humildes, obligándose a simular en su actuación, muchas veces, un ridículo cosmopolitismo.

Este era sin duda el Porthos que yo conocí, aunque ahora tenía la barba muy cerrada y grandes entradas sobre la frente. Me estrechó la mano con fuerza, haciendo con el otro brazo un amago de apretón.

– Jodío Chino, qué es de tu vida.

Nuestro aspecto le había sorprendido y no podía disimularlo: su mirada recorría nuestras zamarras con discreto pero seguro repaso.

Mientras Lupi guardaba un silencio atento, hablamos de los tiempos colegiales: del Nerón, que se había salido, se casó y ahora tenía siete hijos y estaba de alcalde en un pueblo de Zamora; de Munio, el Pibe, que se fue a Barcelona y llevaba la delegación de una óptica alemana muy importante; de Paco-Puto, que estaba de profesor en Valencia, después de colgar en el Brasil la sotana de jesuita… De los de nuestro curso, la mayoría se fue de León. Sólo habían quedado aquí los que siguieron en el negocio familiar,

– ¿Y Athos?

Una sombra cruzó su rostro. Me contó que tuvo la mala suerte de perder a su padre, pero de eso ya hace mucho, que se casó con aquella Anita Puente, la que le gustaba desde siempre. Todo se produjo casi al mismo tiempo y no llegó a terminar la carrera.

– Yo tampoco terminé la carrera, no te vayas a creer.

Seguía hablando de Athos, como con pesar.

– Ya no nos hablamos. Dice que soy el abogado de los empresarios. Pero yo no hago política. Yo trabajo para quien me paga.

Salió de su leve abatimiento dándome una fuerte palmada en la espalda:

– ¡Jodío Chino! Estás como siempre.

Y siguió contándome historias de otros compañeros que yo no recordaba. Al cabo, me confesó que estaba de presidente de la Asociación de Ex-Alumnos. Pero el tiempo iba pasando. En un momento determinado, entre aquella malla de recuerdos colegiales que cada vez amenazaba ser más tupida, saqué los papeles y los extendí sobre la mesa. Entonces, él adoptó un ademán circunspecto y ligeramente envarado.

– ¿Tú sabes algo del asunto? -le pregunté.

(Más tarde, mientras retornábamos a casa y Lupi seguía dándole vueltas, con fatalismo no exento de admiración, a las implicaciones legales, yo recordaría la camaradería de los años colegiales, cuando la solidaridad de la pandilla, aunque tan precaria por los celos y las continuas rivalidades, saltaba como un resorte de defensa entre aquella pedagogía de abstrusos teoremas y bendita sea tu pureza, dejando para el futuro, para la insospechada memoria, el regusto de un sabor verdadero.)

– Cómo no lo voy a saber. Aquí todo se sabe.

Yo seguí esperando sus palabras, encontrando de pronto en su rostro la máscara profesional que borró de golpe las líneas juveniles. Me habló con voz reposada, confianzuda, muy inclinado sobre mí, volviendo algunas veces los ojos hacia Lupi, pero sólo un instante. Me dijo que, según su opinión, no teníamos nada que hacer. Nada de nada. Luego, aludió confusamente a la posible resonancia del caso, y a lo que él llamaba significado público de Alfonso. Desde este punto de vista, Alfonso era un hombre con mucho futuro y, al parecer, cosas como lo del testamento podían serle perjudiciales.

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