Hojeé los libros con estupor: me parecía también que pertenecían a otra persona. Allí una curiosa gama de temas que, siendo variados, mantenían todos idéntico nivel de severidad y de rigor. Convivían en aquella caja la historia del movimiento obrero inglés, la psicología social, la estructura económica, algún texto literario especialmente novedoso por lo conceptista y numerosas revistas de teatro. Era un paquete bien organizado, con los libros repartidos mañosamente para no dejar huecos inútiles y la dirección escrita de modo cuidadoso, con letra de imprenta. Sin duda lo había preparado ella, con su habitual eficiencia para colocar cada cosa en su sitio.
Con aquella sensación de neutralidad, de ajeneidad (puesto que estaba en un lugar lejanísimo, así en el tiempo como en el espacio, donde cualquier contrición era imposible ya), recordé las sucesivas llamadas de aquellos días, la mueca de doña Ambrosia simulando una extrañeza escandalizada cuando decía:
– Es otra vez la señorita Ana María.
Sus ojos casi sonrientes de avidez, como esperando con regocijo anticipado la repetición de aquella respuesta mía: -Dígale que no estoy.
– Pero le dije que me parecía haberle visto.
– Si no estaba usted cuando entré. Si usted no me ha podido ver.
A doña Ambrosia parecía interesarle mucho todo aquel enredo:
– Como le ha llamado ya tantas veces…
Pero yo, inflexible:
– Dígale lo que quiera, doña Ambrosia. No me pongo.
Todavía no comprendo la razón, pero esa fue mi vil despedida. Y comportándome así, yo mismo me castigaba.
Lo de la Compañía, sin embargo, incluso me resultaba divertido. Decirle a Cutillas un adiós severo, no exento de generosidad. Alguien dijo que yo había heredado; Cutillas me miraba analítico, frotando sobre mí, como lentas babosas, sus ojos ahuevados, y forzándose a una sonrisa cautelosa, de pronto servil. Me felicitó por esa fortuna que se rumoreaba, pero yo hice, con muy leve displicencia, comentarios evasivos. Tras la rápida liquidación de mis haberes, tomé mi último café con los compañeros de tantos años (Manzaneque, Félix Curiel, el señor Móstoles, inveterado sufridor de una hernia de cuyas vicisitudes nos tuvo fielmente informados día a día…), pero era evidente que ya no me consideraban uno de los suyos: me miraban con una mezcla de sorpresa y envidia, pero sobre todo con lejanía, como si ya no estuviese allí. Esa misma mirada se tiene sin duda cuando se habla de alguien que murió hace poco, y permanece todavía presente, y no relleno o cicatrizado, el espacio que su persona ocupaba habitualmente.
También Anselmo y Cueto me miraron así. Con ellos, yo me sentía incómodo. Habíamos salido una noche a tomar las últimas copas y estaban poco locuaces, bastante apagados, silenciando con voluntario énfasis toda 'referencia a Ana Mari. Al cabo, yo también guardé silencio, y pasamos sin hablar casi dos horas, hasta despedirnos rápidamente.
Hojeé los libros sin pena alguna, sin que los recuerdos que su presencia suscitaban me trajesen desasosiego alguno. Del mismo modo, veía tranquilamente la decepción de Lupi ante aquel tesoro que no se dejaba descubrir.
Ahora veo sus ojos clavados en mí, observándome, con una fijeza tan intensa que parece abarcar también todo cuanto nos rodea. Una fijeza casi hipnótica. Se me ocurre que acaso me distraigo en lo impasible de su mirada y por eso no le digo que se levante de una vez, que hay que correr, que alguien se acerca, que una luz vibra en el aire.
Pero también me distraen mis propios pensamientos: así, esa ocurrencia de que el caldero de oro estaba en aquel prado tan pindio, entre los pilares de un hórreo que un día quemó un rayo.
Y me parece ver los pies del abuelo pisando la encrucijada de aquellas supuestas líneas bisectrices que se cruzaban, uniendo los cuatro pilares. Me parece ver de nuevo al abuelo raspando allí las suelas de sus botas, en la pequeña calva (porque allí en el medio había una pequeña calva, recuérdalo), riéndose, riéndose. Entre el humo de su cigarro, que le envolvía como una nubecilla, como un halo, que brillaba al contraluz con una luminosidad especial, en el contraste de la vaguada sombría.
Por fin llegaste a aquellas tierras luminosas y frías
Por fin llegaste a aquellas tierras luminosas y frías. Quedaste deslumbrado ante las murallas vegetales que brillaban en la tarde, del mismo modo que tu antepasado español lo estuviera ante las ciudades de plata que brillaban en la noche.
Cuando descendiste del carruaje, el último sol del día penetraba por una esquina de la plaza, iluminando una figura de muchacha que vestía de azul claro y llevaba sobre los hombros una toquilla azul oscura. Era muy blanca y en su rostro destacaban los ojos, también azules.
Parecía la imagen de la Virgen del convento del fraile: sólo la ausencia de una media luna bajo sus pies y de un halo lleno de estrellas alrededor de la cabeza marcaban diferencias. Y la mirabas extasiado cuando alguien te identificó para llevarte luego junto a ella. Era Rosa, una sobrina del fraile, que venía a recibirte como emisaria de su casa.
Habías llegado en tiempos difíciles, en tiempos de guerra. El hermano de Rosa estaba en las partidas, como la mayoría de los hombres jóvenes, y había en el pueblo una actitud triste, de espera silenciosa.
Al principio, no comprendías claramente el alcance de la guerra, el entramado de sus razones, qué era exactamente lo que defendían los patriotas. Luego, fuiste conociendo que la bandera más fulgurante de aquella causa era el odio a los invasores, un odio que hacía cristalizar en su homogénea pasión otros odios diversos y dispares, aborrecimientos de todo tipo.
Aquella situación, el desconcierto que reinaba en la casa, los ojos de Rosa, dieron de entrada al traste con tus proyectos eclesiásticos. Una larga conversación con el padre de Rosa y un caballo que él mismo te facilitó, te convirtieron en guerrillero. Así fue cómo, sin tener todavía familiaridad ninguna con el paisaje ni con el clima, te encontraste galopando río arriba, enrolado en la tropa de don Juan Díaz Porlier, nacido como tú en ultramar, luchando sin saber muy bien por qué contra los ejércitos franceses. No lo sabías entonces, ni casi lo sabes ahora, hoy. ¿Qué era un francés? En Burón matasteis uno, un muchacho tan joven como tú. Quedó tirado junto al río, al pie de unas peñas. El uniforme, muy blanco, estaba lleno de barro y de sangre. Le quitasteis las armas y le dejasteis allí caído, desmadejado, con los ojos clavados en el cielo que acaso contempló con nostalgia en su agonía, viendo pasar las nubes por última vez.
Los árboles dorados, extendidos en continuas murallas, parecen oscurecerse y, sin embargo, es imposible que se haga de noche ya. Son sin duda tus ojos, que fallan otra vez.
Ahora todo queda atrás, todo se puede descubrir de otro modo, como si ya se tuviese la clave de todos los misterios. Esa es la única consolación que puede traer la vejez: los trozos del pasado se van armando como un rompecabezas que, al cabo, muestra algún atisbo de su sentido.
Por esa misma vega, ahora oscura por culpa de tus ojos, galopabas al filo del anochecer, en viajes rapidísimos, urgentes, furtivos, hurtando tiempo al descanso tras alguna escaramuza, tras alguna batalla.
No era sino por ver a Rosa, por mirarla a hurtadillas mientras cenabais juntos en la gran cocina y tú les trasmitías noticias del hijo, del hermano, que se había incorporado al ejército inglés para servir de guía. Luego, buscabas encontrarte con ella a solas.
Le hablaste una vez en el establo, mientras ordeñaba. Estaba sola, porque el viejísimo criado, pariente también de la casa, había tenido que entrar en la cama, en el proceso de su última enfermedad.
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