José Merino - El caldero de oro

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El caldero de oro: краткое содержание, описание и аннотация

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Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia de un protagonista que, un día, regresará al pueblo de sus antepasados, abandonado y solitario, para encontrase con un destino encerrado en su propia historia. Narrada desde la memoria y la imaginación sustentada en un lenguaje que no olvida nunca su condición reveladora, El caldero de oro fue saludada como una de las obras que evidenciaban la renovada vitalidad de la literatura española.

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Yo intentaba ser amable con él, dócil, inofensivo, pero todavía estaba vigente nuestra polémica: una vez más un curso había sido catastrófico y él había manifestado su rotunda oposición a mis escarceos teatrales y me había dado el último plazo para aprobar todo lo pendiente, o tendría que arreglármelas por mi cuenta.

Era finales de septiembre (al parecer, lo de Dorita había empezado a principios de verano, cuando había ido a Irlanda a casa de aquella amiga suya de la Asunción) pero hacía unos días de calor, un veranillo inusual. Papá se había arremangado la camisa pero no estaba trabajando: no había sobre su mesa ese desconcierto eventual del tiempo en que, cada día, repasaba y consideraba el trabajo de la jornada. Ahora tenía la cabeza entre las manos y los ojos cerrados. Cuando entré los abrió, al oírme, y yo sospeché que mi intervención era inoportuna, porque todavía estaban muy cercanos los sucesos del mediodía, en que su furia culminó en varios manotazos bruscos que derramaron los vasos sobre la mesa y empujaron la jarra del agua al suelo, salpicando las piernas de todos.

Abrió (os ojos y los vi brillar a la luz de la lámpara de la mesa. Aquel brillo me hizo aún más sumiso. Entonces, él empezó a revolver las fichas y los papeles.

– Qué quieres -dijo.

Yo repuse que quería hablarle de Dorita, pedirle que reconsiderase aquella postura suya. Aquel papel de intercesor, tan espontáneamente interpretado, encendía en mí una emoción que yo creía del todo convincente. Pero Dorita estaba expulsada del Edén y papá no volvería atrás en su sentencia, al menos en un plazo inmediato. Se levantó, gritaba, me fue empujando hasta echarme de la consulta.

Entramos en la sala de espera. Las palabras que mediaron hasta sus golpes no las recuerdo. De pronto, me ardía la cara, sentí en todo mi ser una acongojada frustración que casi me hacía gritar. El perdió el equilibrio, sin duda por culpa de su pierna coja, y cayó al suelo: allí estaba, derrumbado, atónito, acusándome de haberle agredido, lo que no era cierto, hasta que su furor derivó también en pena y se puso a sollozar, llamándome mal hijo.

Es el tiempo correcto, tan lejos de aquellas cenas de la infancia: la pobre mamá estará en la cama, con sus achaques; Marcelo estará en Oviedo; Dorita seguirá en Londres, casada con aquel pintoresco vendedor que narraba la Leyenda Negra con indescifrable ingenuidad, aquella vez que fui a verles, precisamente en Navidades, y comprendí hasta qué punto resulta imprevisible el futuro de quienes más cercanos son para uno. Ahí está Alfonso, también médico ya, apoyando a papá con gestos de cabeza, y la abuelita, tan sorda, y papá con su bigotillo ya del todo blanco, pero todavía apasionado, furibundo, cortando con su índice ese aire que los demás respiran.

No es de Dora de quien hablan, sino de mí. Ahora me miran los tres y lo comprendo. Me contemplan ellos a mí desde el otro lado del cristal y ahora la penumbra del patio, en lugar de cobijarme, me desampara. Y la noche no es un manto difuso que me arropa, sino una negrura hostil que me deja aún más desnudo.

La sensación de sus miradas palpándome hace que imagine que sus rostros cambian de tamaño, que se hacen grandes, que se deforman hasta adquirir rasgos de máscaras: severa la de papá, impasible la de Alfonso, extrañamente burlona la de la abuela.

Ya no floto suavemente sobre la penumbra, sino que la gravedad, una gravedad insidiosa, especialmente recrudecida en este caso, me quiere arrastrar hacia el suelo del patio, un lugar que ya no es remanso de placidez alguna sino que está lleno de cachivaches, cascos de botella, trastos inútiles. Y mientras los ojos desorbitados de los tres me contemplan, intento volar otra vez, suelto las manos del alféizar y extiendo los brazos, los muevo como si fuesen alas, pero apenas consigo separarme unos centímetros: sólo un esfuerzo descomunal conseguirá que pueda elevarme, que cruce otra vez por encima del tejado (pero respirando con verdadero ahogo, a punto continuamente de perder el aliento) y que intente el camino de vuelta, sobrevolando primero los tejados, rozando casi las tejas, cayendo luego por entre las calles como despeñándome entre precipicios, perdiendo altura, hasta que el asfalto apenas se separa de mi rostro medio metro.

Yo intento subir, pero es imposible: retumban como cañonazos los pasos de los transeúntes nocherniegos. De pronto, llaman a la puerta y suena la voz, a estas horas desdentada, de doña Ambrosia.

– Su hermano le llama, su hermano -dice.

Me levanto. Son las nueve menos diez de la mañana y hay en la pensión un olor a noche y a sueño, un olor que se acumula tras las cortinas que dan al recibidor, justo al lado de la mesita del teléfono.

Aún estoy absorto en las sensaciones del vuelo. Soy feliz, simplemente por saber que ese vuelo no es cierto, que estoy de pie sobre el suelo firme, que noto en los pies la frescura lisa de la madera encerada.

– Ya sé que hoy no trabajas -dice Alfonso-. Pero ya no te iba a poder llamar hasta mediodía.

Yo musito alguna frase de comprensión. Todavía el Alfonso de mi sueño está presente en mi recuerdo y coincide con este mismo Alfonso, poco amigo de estridencias, monocorde, barnizando siempre sus gestos de un sutil desapego.

– Mira -añade-, hablé del asunto con papá, anoche.

Entonces sí que no digo nada. Espero atento sus palabras, las acepto con paradójica fatalidad. El continúa:

– Mira, papá dice que no, claro. Que la casa es de la familia, que eso es una farsa.

A pesar de todo, yo no abro la boca. Tampoco él debe esperar que lo haga, porque prosigue.

– Es muy desagradable, pero iremos a pleito. El está muy enfadado. Fíjate que esta madrugada, serían las seis y media, llamó por teléfono al tío Lucas.

Entre los olores viejos del dormir común se interfiere un olor joven a café y yo lo aspiro como si fuese un oxígeno singular que viniese a salvarme de la asfixia.

– Alfonso -le digo-, me vais a tener que echar de allí. Díselo de mi parte.

El guarda también silencio, un silencio que no trasparenta decepción alguna, aunque luego crispa un poco la voz.

– Ya -dice-; pero por qué tanto lío, qué te pasa, qué quieres.

Yo no contesto.

– Adiós -dice por fin, y cuelga.

Efectivamente, ya no vuelo. Siento frío en los pies. Cuando vuelvo a mi habitación, me tropiezo con doña Ambrosia.

– Mucho madrugaron a llamarle.

– Me voy a ir de la pensión -le digo.

Ella se acerca con rapidez insospechada, acerca a mi rostro el suyo. Huelo su aliento, en el que el café con leche ha dejado un aroma agrio.

– ¿Ha pasado algo? ¿Alguna desgracia?

– Se ha muerto mi abuelo -digo, por decir algo. Ella se queda inmóvil, estatuaria.

– Jesús. ¿El otro?

Comprendo, aunque tarde, la causa de su confusión. -Sí, doña Ambrosia, ya me he quedado sin abuelos. Ella me estrecha la mano solemnemente. Me acompaña en el sentimiento.

– ¿Y cuándo va a dejar la habitación?

– Esta misma semana. Siento no haberla avisado antes, pero ya ve usted.

No contesta y se pierde camino del corazón de su imperio, ese cuartín junto a la cocina en que mantiene vivo el escenario de la pensión antes de estas modernidades que la han convertido en Residencia.

Esos ojos tuyos son ya muy viejos

Esos ojos tuyos son ya muy viejos y, a veces, disfrazan la realidad, ponen unos colores donde debe haber otros, nubes donde hay humo, nieve donde hay centeno, caminos donde árboles. Pero hoy ves claramente la vega, tan extensa, perdiéndose en la lejanía.

Hace sol, sin duda hace sol, estás tirado bajo el sol sin sentir ningún dolor, recibiendo el sol en la cara, en las manos. Tu caballo ramonea un poco más allá, tranquilo. El sol brilla intensamente, pero la mañana es fría y el aliento tiene atisbos de corporeidad: una nubecilla tenue en los belfos de tu caballo, otra igual de sutil en tus narices.

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