José Merino - El caldero de oro

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El caldero de oro: краткое содержание, описание и аннотация

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Es esta novela el relato de un tiempo mítico que reúne en sí el pasado y el presente, marcado por las invasiones y los olvidos, origen y testigo de las vidas de quienes lo poblaron desde su principio. El caldero de oro será el símbolo de las estirpes que vivieron junto al río milenario, leyenda fundacional, símbolo insoslayable de la infancia de un protagonista que, un día, regresará al pueblo de sus antepasados, abandonado y solitario, para encontrase con un destino encerrado en su propia historia. Narrada desde la memoria y la imaginación sustentada en un lenguaje que no olvida nunca su condición reveladora, El caldero de oro fue saludada como una de las obras que evidenciaban la renovada vitalidad de la literatura española.

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Yo sobrevolaba las masas agazapadas de los pinares, dejaba atrás los mogotes pálidos que resplandecían como fantasmas de montañas sobre las tierras yermas.

Al cabo, tras la llanura cuya monotonía sólo rompía el borroso montón de algún pueblo desperdigado, reconocí la superficie ondulada que marcaba los inicios de mi propia tierra: los suaves oteros, la vega ancha en que se multiplicaban las choperas.

No sé si estaban vestidas o si era invierno; no sé tampoco si las cepas estaban llenas de hojas. Quizá las choperas empezaban a dorarse (por eso brillaban como metal en la noche) y las cepas se cargaban de racimos, llenando los viñedos de sombras similares a las de amplios batallones que descansaran, inmóviles.

Luego, dejé atrás la vega: quedaban al fondo los paisajes del pueblo del abuelo, antes del firme perfil de las montañas, y me desvié de su dirección con un inevitable sentimiento de pena.

Volé también sobre otras vegas, sobre nuevas ondulaciones, sobre los esqueletos borrosos y desmoronados de fortalezas y ciudades desaparecidas. Por fin, la ciudad se presentó a lo lejos.

Era recién oscurecido y brillaban las luces de las calles, de las casas, de las tiendas. Alrededor de la ciudad, los ríos brillaban también como cintas de plata. Las torres de la catedral se recortaban sobre el caserío. Las calles quedaban debajo de mi cuerpo como profundas acequias vacías. Se movían allá abajo, a saltitos, a tirones, como pequeños juguetes de cuerda, hombres y vehículos.

Mantuve fácilmente el equilibrio sobre la torre de San Isidoro, muy cerca del gallo gordo, dorado, tantas veces contemplado desde los tiempos en que era niño, cuando iba al colegio con la bufanda enroscada en mi cabeza, bajo el frío soleado, o en primavera, ya las calles impregnadas de olor a acacias, aquel olor tan dulce que anunciaba el tiempo cálido, también bajo el brillo perenne del sol. Los ojos se me llenaban siempre de placer al contemplarlo en la cúspide de la torre, plantado sobre la gran bola de oro, por encima de los cantos de las murallas milenarias.

Me incliné junto a él, empujé su cola en forma de hoz para hacerle girar. Luego, seguí sobrevolando las callejuelas, envuelto en el olor de las tascas, en los sonidos de voz humana; en el aroma del vino y de los guisos y las exclamaciones y los improperios.

Volaba lentamente, colgado del aire como un globo. Y llegué al fin a casa. Desde allí arriba, tenía un ademán extraño, un aspecto desusado y, sin embargo, perfectamente reconocible. La fachada descendía bajo mis pies hasta que las ventanas primeras, y el portal, quedaban empequeñecidos por la perspectiva. Junto al portal, en los muros, una serie de manchas diminutas me recordaron las placas que anunciaban a Gonzalo Ferreras, procurador, y Agapito Llamazares, abogado, en el lado izquierdo de la puerta, mientras al otro lado se mostraba la placa de papá. La calle estaba solitaria.

Me alcé, sobrevolando el tejado, hasta recibir la visión de la parte trasera de la casa, con sus galerías sobre aquel jardín enmarañado y salvaje del viejo chalet vacío. A lo lejos se alzaba, más oscura que la misma noche, la masa de San Marcos.

Por fin me acerqué (pero suavemente, muy despacio, en una caída sin vértigo, sin que la fuerza de la gravedad me empujase, flotando sin sobresaltos) hasta quedar a la altura de los ventanales de la galería.

La luz se derramaba por los cristales, creando en el patio un ámbito apacible que se iba repitiendo, aunque no de modo uniforme, en las luces provenientes de otros ventanales, más abajo, en la sucesiva profundidad de los muros.

Apoyado en el alféizar, contemplaba el interior de la habitación como si asistiese a la proyección de una película muda: tan cerca de mí y, sin embargo, tan lejanos, inaudibles, papá, mamá, la abuelita, Alfonso, Marcelo, todos alrededor de la mesa, cenando, y yo mismo sentado junto a ellos, y Dorita en el otro extremo del cuarto, agachada, buscando algo en el suelo. Toda la familia y yo mismo, niño, y papá reprendiéndome por algo, o es a los otros a quien reprende: al parecer, reprende a Dorita, a juzgar por la dirección de su rostro.

Yo, hace tantos años, inclinada la cabeza. Acaso es el momento de empezar la cena, cuando la oración, y Dorita no se ha sentado aún a la mesa. Papá levanta el índice de la mano derecha y rasga con él el aire varias veces, arriba y abajo. Dorita viene a la mesa por fin, todos nos persignamos, en la puerta ha aparecido Trini con la sopera humeante entre las manos y nos contempla. La oración ha terminado, papá se santigua otra vez rápidamente, mete con gesto enérgico un pico de la servilleta en el escote y se vuelve a Trini, el ceño fruncido.

En esta época, pese a todas las prohibiciones, Dorita juega en la consulta: mueve el sillón, sube y baja el torno, manosea el instrumental… Pero, aunque siempre cree dejarlo todo igual que estaba, papá descubre sin falta los instrumentos descolorados, el sillón ligeramente movido, una inclinación desacostumbrada en los objetos, quizá incluso una muñeca olvidada.

Papá hace muy a menudo el panegírico del orden. A veces, se enfurece demasiado y crea él mismo un súbito desorden; pero, en general, se obliga a un pausado y repetido ritual en todas sus acciones. Nosotros comprendemos a papá: mamá nos dice, musita, que papá ha tenido que luchar mucho: la carrera, la guerra, la profesión. Una herida de guerra en el muslo le dejó la pierna casi rígida y se ayuda al andar con un bastón negro que tiene una cabeza de perro, de plata, en la empuñadura. A mí me gusta ver esa cabeza, acariciarla, imaginarme que es un pequeño perro vivo, que podría ladrar y hasta morder.

Cuando riñe a Dorita, ella dice que entra en la consulta porque también quiere ser dentista de mayor; pero papá no transige, aquello aumenta incluso su enfado, impreca a mamá, a la abuelita, a Trini, por no tener a esa niña bien sujeta, por no educarla mejor. En realidad, el dentista va a ser Alfonso. Para Dorita, papá no tiene nada previsto todavía. Alfonso va a ser dentista; Marcelo, ingeniero, porque se le dan mejor las ciencias que las letras. En cuanto a mí, las ciencias no se me dan bien: seguramente seré abogado, como el tío' Lucas, el hermano de papá que vive en Valladolid. También papá es de Valladolid: vino a León cuando le hirieron, y aquí conoció a mamá, que estaba estudiando para maestra. A lo mejor luego hago oposiciones a notario, a registrador o a abogado del Estado, como dice papá mirándome apreciativamente. A Dorita no se le ha asignado ningún destino aún, y papá se limita a aconsejarle que sea aplicada, ordenada, más limpia: se enfada mucho cuando la ve comer con los dedos, porque ella es capaz de comer con los dedos hasta los huevos fritos.

Y allí estoy yo, contemplándoles en silencio, absorto: he volado hasta esta noche de mi infancia y a pesar de papá malhumorado y del clima de la cena, me gusta verlos, vernos a todos juntos; a pesar de todo, es entonces cuando me siento inmerso en un universo también más a mi medida: a veces hay la tremenda desazón de los exámenes, o papá grita a mamá y la bronca me llena de horror; pero, en general, acepto sin disgusto, aunque no la comprenda, esta disposición de las cosas, ajustada a rutinas y a almanaques, que funciona sin pausa por encima de mí.

Y, de pronto, es el mismo alféizar, el mismo patio, acaso la misma luz, y sin embargo ya no estoy yo ahí dentro, ni Dorita, ni mamá, ni Marcelo. Están solos Alfonso, papá, la abuela. No les oigo, pero les entiendo. Hablan de mí y tengo miedo, me siento incómodo, asustado. Luego comprendo que esto no está sucediendo exactamente así, que no soy yo el objeto de su crítica: bajo mi visión late el recuerdo del enfado de papá cuando lo de Dorita.

Mamá lloraba sin cesar. Papá echó a Dorita de casa, y yo me enfrenté a él y me pegó. Fue en la sala de espera. Yo había entrado en la consulta para hablar con él a solas. Era al anochecer: debía estar trabajando, ordenando historiales, organizando las vitrinas; ya Paquita se había ido hacía tiempo.

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