– Hombre, Pepín, -Lorencito se puso colorado mientras intentaba bucear en las regiones más arcanas de su memoria-. Esas preguntas no se hacen.
– ¡Basta de Pepín y Pepín! Tú a mi me llamas Jota Jota o no te llevo a donde pensaba llevarte…
El gentío los expulsaba de la acera: tenían que caminar entre los coches atascados, eludiendo deportivos con las ventanillas abiertas por las que salía un estruendo de música de baile y motos rugientes sobre las que cabalgaban parejas con cascos de astronauta y trajes de cuero. En todas las esquinas había negros o árabes vendiendo tabaco de contrabando y familias enteras de coreanos o vietnamitas abrigados con anoraks que ofrecían bocadillos y latas de Coca-Cola y de cerveza. Pepín Godino guiaba a Lorencito con soltura y decisión y le daba codazos y le guiñaba un ojo cada vez que distinguía a una mujer de bandera.
– ¡No todo va a ser en la vida adoración nocturna y novenas del Santísimo! -continuó, moviendo la cabeza en todas las direcciones, alargando el cuello como un ave zancuda para seguir con la vista a las mujeres que pasaban-. Voy a llevarte a un sitio que no olvidarías nunca, Quesada, y no me lo preguntes porque no te pienso contestar… ¡Hay que espabilarse, hombre, no me pongas esa cara, que no estamos en un entierro!
“El universo de los hábitos”, pensaba Lorencito: en esas palabras de Matías Antequera estaba sin duda la clave del enigma de su cautiverio, pero por más vueltas que le daba no conseguía vislumbrar ni una raya de luz. ¿Sería un mensaje cifrado, una especie de contraseña, el nombre de algún sitio? La falta de sueño, los impulsos de la lujuria, el estrépito de la calle Huertas y la palabrería incesante de Pepín Godino no lo dejaban pensar. Vio que torcían a la derecha por una calle más despoblada y más sombría y temió estar siendo conducido a una trampa, o quién sabe si a uno de esos locales oscuros que llaman whiskerías, donde mujeres venales y desnudas sirven bebidas narcóticas a los incautos…
– ¿Falta mucho para llegar? -le preguntó tímidamente a Godino.
– ¡No te impacientes, Quesada, que ya te noto ávido de placeres carnales, como dice el párroco de la Trinidad! -Habían llegado a una calle transversal y más ancha, y Pepín Godino señaló con un ademán de descubridor hacia la acera de enfrente, donde refulgían grandes letreros de neón-. ¡Estás a punto de hollar con tus plantas piadosas el mayor sexy-shop de Europa, la catedral del vicio, la basílica de los doce pecados capitales!
– Son siete, -dijo Lorencito, mientras cruzaban la calle, que resultó ser la de Atocha.
– Eso será en provincias, que estáis más atrasados, -Pepín Godino ahora lo empujaba, abría delante de él una gran puerta de cristales que daba a lo que parecía el vestíbulo lujosamente iluminado y decorado de unos grandes almacenes. Le señaló una pared ocupada enteramente por estanterías como las de los videoclubs-. Mira qué películas, Quesada predilecto, las más fuertes del mercado en el tema porno. Pero no te pares, que se te van los ojos, y prepárate, que todo esto no es más que el aperitivo… Se impone una visual rápida al sexy-bar .
Hombres cabizbajos y de mediana edad y grupos de adolescentes de mirada turbia deambulaban por anchos corredores de paredes de mármol y suelo de linóleo, examinando las portadas de los vídeos (que Lorencito procuraba no mirar) o los extraños artículos ordenados sobre anaqueles de cristal que tenían algo de escaparates de ortopedia. Sonaba una música estridente entremezclada con jadeos febriles que se hizo más intensa cuando Pepín Godino levantó una pesada cortina negra. Lorencito lo siguió, y al principio, como iba algo atontado, sólo vio la barra de un bar ocupada únicamente por hombres que bebían y conversaban acodados en ella. Un cañón de luz roja y azul barría desde una esquina del techo la penumbra y una voz masculina gritaba en un micrófono con el mismo acento que los locutores de las tómbolas: entonces, como si lo aniquilara una aparición, Lorencito vio a una mujer que bailaba sobre la barra, sin más vestuario que unos tacones de charol y una cadena dorada alrededor del tobillo, revolviéndose el pelo negro al ritmo de la música, acariciándose las ingles con las dos manos abiertas. Los hombres bebían con las cabezas levantadas y las luces rojas y blancas del suelo proyectaban sombras de máscaras en sus rasgos inmóviles.
– Vámonos de aquí -dijo, casi rogó, con la voz temblorosa, notando que la sangre se le subía a las sienes, bajando la mirada. Pepín Godino miró su reloj de pulsera y se encogió de hombros, gozoso y exaltado, muy serio en fracciones de segundo, la cara roja y azul a la luz de los focos.
– Espera, que todavía no hemos terminado, -declaró: habían salido del sexy-bar y ahora lo llevaba por un pasillo de cabinas numeradas. En una de ellas, un hombre vestido con un mono de color naranja pasaba una fregona por el suelo y esparcía un aerosol desinfectante.
Cuando la cabina estuvo libre, Pepín Godino empujó hacia el interior a Lorencito, al mismo tiempo que le entregaba un puñado de monedas, diciéndole: “Entra ahí y me lo agradecerás eternamente”. Tardo siempre, débil de carácter, con el corazón sobresaltado, Lorencito Quesada se quedó encerrado en la cabina, frente a un espejo de cuerpo entero y a una especie de taxímetro que lo urgía en silencio con parpadeos electrónicos: Deposite monedas .
El puñal homicida
La cabina era casi tan estrecha como el retrete de un bar. Había, frente al espejo, un taburete acolchado, y, junto al marcador o taxímetro una repisa de cristal con un rollo de papel higiénico de color rosa. Lorencito observó que el hombre de la limpieza se había olvidado del desinfectante, que atosigaba el aire ya de sí enrarecido con un olor a amoníaco y a ozonopino. Le daba vergüenza hasta de ver su cara en el espejo: pálida, un poco abotargada, con una sombra de barba en las mejillas, que habían perdido, por efecto de la luz, del cansancio o de la disipación, su sonrosado habitual. ¡Tenía la mirada turbia y los lagrimales enrojecidos, como un esclavo de la depravación! En el marcador empezó a sonar un pitido como el de los relojes digitales y el parpadeo de las letras rojas se hizo más rápido: Deposite monedas . Deposite monedas.
Todas las que Pepín Godino le había suministrado, en un rasgo sospechoso de generosidad, eran de quinientas. A ver qué pasaba, Lorencito introdujo dos en la ranura. Por un instante se apagó la luz y no vio nada más que los números rojos del marcador. Los latidos de su corazón le repercutían angustiosamente en el estómago, sentía miedo y vergüenza pero era incapaz de marcharse de allí. En el espejo surgió una fosforescencia azulada y acuática en la que se definió poco a poco la forma de otra cabina muy parecida a la que él ocupaba, con la misma moqueta y el mismo taburete, pero cerrada por un cortinaje negro. Una mano con las uñas pintadas de rojo lo entreabrió: tras ella vino, deslizándose en la claridad azul, la mujer más alta y más blanca que Lorencito Quesada había visto nunca, una mujer de rompe y rasca , exclamaría con vehemencia mucho después, cuando se atreviera a contarlo, escogiendo los términos más apasionados de su vocabulario: los labios gordezuelos, la nariz respingona, los senos turgentes, los pezones enhiestos, los muslos escultóricos, la piel como alabastro, los hombros anchos y fornidos. Llevaba unas bragas mínimas y casi transparentes de encaje y un collar con un pequeño crucifijo dorado. Se sentó en el taburete, cruzó las piernas y bostezó mirando directamente hacia Lorencito, con una expresión vacía en los ojos. “No puede verme”, pensó él con alivio, pero también con desconsuelo: si no fuera por el cristal se rozaría con ella. La mujer disimuló un segundo bostezo con la mano y tomó del suelo un cartel que puso ante los ojos de Lorencito.
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