El Famoso Columnista y su Hermana habían salido de la casa del Columnista en Nisantasi el viernes a las siete de la tarde y habían ido al cine Konak. La película, titulada El regreso , había terminado a las nueve y veinticinco y el Columnista y su Hermana, casada con un Joven Abogado (por primera vez en su vida Galip se encontró con su nombre en un periódico, aunque fuera entre paréntesis), habían salido del cine entre el resto del público. La nevada que llevaba diez días cayendo sobre Estambul había amainado pero hacía frío. Después de cruzar la calle Valikonagi entraron por la calle Emlak y por allí salieron a la calle Tesvikiye. Justo cuando estaban ante la comisaría, a las nueve y treinta y cinco, la muerte les encontró. El Asesino, que llevaba una vieja pistola Kirikkale como las que poseen los miembros jubilados de las Fuerzas Armadas, muy probablemente apuntó al Columnista, pero hizo blanco en ambos hermanos. Sólo disparó cinco balas, quizá porque la pistola se le encasquilló, y de ellas tres acertaron al Columnista, una a su Hermana y la otra se clavó en el muro de la mezquita de Tesvikiye. El Columnista cayó muerto de inmediato en el lugar de los hechos porque una de las balas le había dado en el corazón. Otra había destrozado la pluma que llevaba en el bolsillo izquierdo de la chaqueta (todos los periodistas se habían abrazado entusiasmados a aquel símbolo fortuito) y así la camisa del Columnista había quedado manchada, más que de sangre, de tinta verde. Su Hermana había seguido andando, gravemente herida en el pulmón izquierdo, y había entrado en un estanco-quiosco tan próximo al lugar de los hechos como la comisaría de enfrente. El periodista, como un detective que rebobina una importante escena de una filmación y la vuelve a ver repetidas veces, había descrito una y otra vez cómo la Hermana se había acercado lentamente a aquella tienda, conocida en la zona como «la tienda de Aladino» y cómo había entrado en ella sin que la viera el propio Aladino, ya que se había refugiado tras el tronco de un árbol. Aquella lenta representación tenía el ambiente de una escena de ballet bailada a la luz de focos azul marino. La Hermana entraba lentamente en la tienda y se desplomaba en un rincón entre unas muñecas. Luego la película se aceleraba de repente y se hacía absurda: el tendero, que antes de que comenzaran los disparos estaba retirando los periódicos que colgaba del castaño que había ante su tienda porque estaba cerrando, se dejó llevar por el pánico con el ruido y, como no se había dado cuenta de que la Hermana había entrado en su tienda, bajó de inmediato la reja, huyó tropezando del lugar de los hechos y corrió hacia su casa.
Aunque las luces del estanco conocido en la zona como «la tienda de Aladino» estuvieron encendidas hasta el amanecer, nadie notó la presencia de la agonizante joven en su interior, ni la policía que investigaba por los alrededores ni nadie más. Fue considerado extraño por parte de las autoridades que el policía que montaba guardia en la acera de enfrente no sólo no actuara, sino que ni siquiera se diera cuenta tampoco de que había una segunda persona herida.
El asesino huyó en una dirección desconocida. Un ciudadano que acudió a las autoridades la mañana siguiente informó de que aquella noche, poco antes del suceso, después de comprar un billete de lotería en la tienda de Aladino, había visto en un lugar cercano al de los hechos una oscura sombra de aspecto terrible con una curiosa capa y una ropa estrambótica más propia de una película histórica («Parecía el sultán Mehmet el Conquistador», dijo) y que incluso se lo había contado excitado a su mujer y a su cuñada antes de enterarse de la noticia por los periódicos. El joven periodista terminaba su artículo deseando que aquella pista no terminara siendo víctima del desinterés o la ineptitud como había ocurrido con la joven cuyo cadáver había sido descubierto al amanecer entre las muñecas.
Aquella noche Galip soñó con Rüya entre las muñecas que se vendían en la tienda de Aladino. No había muerto. Esperaba a Galip en la oscuridad respirando suavemente entre las demás muñecas, le hacía guiños pero Galip llegaba tarde a la tienda, por alguna extraña razón no podía ir; sólo podía contemplar por la ventana del edificio Sehrikalp, entre lágrimas y a lo lejos, las luces del escaparate de la tienda de Aladino, que se reflejaban en la acera nevada.
Una soleada mañana de febrero el padre de Galip le dijo que había llegado la respuesta a la solicitud de información que el Tío Melih había hecho a la Oficina del Registro de la Propiedad de Sisli con motivo de la herencia de Celâl y que, al parecer, poseía otro piso en alguna de las calles traseras de Nisantasi.
El piso al que fueron el Tío Melih y Galip acompañados por un cerrajero jorobado era el más alto de uno de esos edificios de tres o cuatro pisos que hay en esas angostas calles traseras de Nisantasi pavimentadas con adoquines y con las aceras llenas de agujeros, con la fachada oscurecida por el hollín y el humo, con la pintura caída aquí y allá como la piel de un enfermo incurable y que a Galip siempre le hacían pensar cada vez que entraba en ellos por qué en cierto momento a los ricos se les había ocurrido vivir en lugares tan miserables o bien por qué en cierto momento se había considerado ricos a quienes vivían en lugares tan miserables. El cerrajero abrió sin la menor dificultad la cansada cerradura de la puerta, sobre la que no había ningún nombre escrito, y se marchó.
En la parte de atrás había dos estrechos dormitorios, cada uno de los cuales tenía una cama. En la delantera vieron un pequeño salón que recibía el sol por una ventana que daba a la calle y con una enorme mesa de comedor en medio; sobre la mesa, que a ambos lados tenía sendos sillones, había recortes de periódico en los que se describían los últimos asesinatos, fotografías, revistas deportivas y de cine, ediciones recientes de tebeos de la época de la infancia de Galip como Texas y Tom Mix, novelas policíacas y montones de papeles y periódicos. Un enorme cenicero de cobre lleno a rebosar de cáscaras de pistachos probó a Galip sin darle lugar a la menor duda que Rüya se había sentado en aquella mesa.
En la habitación que debía ser de Celâl, Galip vio cajas de Mnemonics, el fármaco para la pérdida de la memoria, de vasodilatadores, de aspirinas y de cerillas. En lo que respecta a lo que vio en una silla en la habitación de Rüya, se acordó de que su mujer no se había llevado demasiado al marcharse de casa: parte de sus productos de maquillaje, sus zapatillas, el llavero que creía que le traía suerte y un cepillo de pelo que tenía un espejo por detrás. Galip miró de tal manera aquellos objetos sobre la silla Thonet de aquella habitación vacía de paredes desnudas, que por un momento sintió que se había desprendido del embrujo de una ilusión y que comprendía el otro significado que le señalaban dichos objetos, aquel significado olvidado que se escondía en el mundo. «Vinieron aquí a contarse historias mutuamente», pensó al regresar junto al Tío Melih, que aún seguía sin aliento por el esfuerzo de haber subido las escaleras. La forma en que estaban los folios en un extremo de la mesa demostraba que Rüya había comenzado a transcribir las historias que le contaba Celâl y que durante toda aquella semana Celâl siempre había estado sentado en el sillón de la izquierda, que ahora ocupaba el Tío Melih, y Rüya le escuchaba sentada en el que ahora estaba vacío. Galip se metió en el bolsillo de la chaqueta las historias de Celâl, de las que posteriormente se aprovecharía para sus artículos en el Milliyet y le dio al Tío Melih la explicación que estaba esperando, aunque no insistiera demasiado.
Celâl sufría una terrible enfermedad de la memoria, cuya existencia había sido descubierta hacía mucho tiempo por un famoso médico inglés, el Dr. Cole Ridge, pero para la que no se había hallado remedio. Se escondía en aquel piso para ocultarle a todos su enfermedad y continuamente les pedía ayuda a ellos. Por esa razón se quedaban en el piso, algunas noches Galip, otras Rüya, y escuchaban sus historias para que pudiera encontrar su pasado y lo reconstruyera, e incluso las transcribían. Mientras fuera nevaba Celâl les contaba interminables historias durante horas.
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