Nadine Gordimer - La Hija De Burger

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Rosa era una niña cuando su padre, Lionel Burger, fue condenado a cadena perpetua por promover la revolución en Sudáfrica. A partir de entonces, empezará un camino que la llevará a replantearse lo que realmente significa ser la hija de Burger.

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– Trabajé seis años en Londres… pero no sé si tú y yo nos entenderemos.

– ¿Por qué no? -ella siguió la fórmula de un hombre y una mujer que se entretienen durante media hora.

– Si hablas así, sí. Yo diré lo que creo que te halagará y me volveré interesante. Me gusta esto. ¿No opinas que…? Cada uno hace su ostentación… pero no pasaré por eso. No es eso lo que… está bien, no tienes por qué responderme, es perturbador no coquetear, no abrir las plumas de pavo real y cacarear.

Uno de los jóvenes de Arnys puso dos vasos con sus platillos delante de ellos. El hombre vació el sobre de azúcar en el líquido turbio y lo agitó como si fuera una medicina; Rosa lo imitó. El se sirvió más azúcar.

– ¿Qué habías hecho?

Volvió a sentir el apretón con que sujetaba una mano en la calle que se llamaba Rué de la Harpe. Esperó su respuesta mientras ella probaba el zumo de limón y lo tomaba a sorbos porque estaba muy caliente.

– Nada -se volvió a la espera de un veredicto, una prueba de sus propias palabras… algo que él no entendería-. No he hecho nada.

– ¿Qué podías haber hecho?

– Ah, no lo sé -paseó indulgentemente la mirada por la barra, observando a los jóvenes que se tocaban el pelo y la ropa como si fueran coristas en espera de entrar en escena, a la vieja cantante que satisfacía su sentido del control sobre todo lo que había vivido mediante la resolución de que saliera el naipe acertado.

– Son muchas las cosas que yo sé que podrías haber hecho. En las tardes parisinas hay chicas que parecen turistas con los pies fatigados y la Guide bleu en la mano que son asaltantes fugadas. Estudiantes menudas con bucles art nouveau que en la cartera llevan cocaína para vender. Diputados que cenan en Matignon, de pelo plateado y manicurados donde Anne-Aymone habla con ellos de jardinería… y que venden armas a ambos bandos del Oriente Medio, a América Latina, a África, a cualquier parte.

– No hice ninguna de esas cosas -él no llevaba un jersey anudado alrededor del cuello (había dejado una gastada chaqueta de cuero en el taburete de al lado); se separó de la conciencia en la que unas pocas características en común desembocan en una sola. La frente alta, con el lóbulo derecho y el izquierdo bien definidos, era casi una coronilla; el pelo ondulado raleante la ribeteaba contra la luz y se extraviaba en alas por encima y detrás de sus orejas. La boca amplia y delgada, con movimientos musculares que modulaban en la carne firme una expresión normalmente transmitida por los labios.

– B-bien. También existen quienes imaginan que cometieron algo y sienten que los siguen. Vale -las cejas espesas que compensan a los hombres la pérdida del cabello, levantadas con tolerancia. Los ojos tenían una fijeza de trance, mostrando el arco del párpado más bien bajo encima del globo del ojo en un hueso hundido.

– No me dejo llevar por la imaginación. No hay nada neurótico ni misterioso -sentía la necesidad de ser natural; como había dicho él, no era aceptable «hacer ostentación»-. Si la policía te sigue te acostumbras, lo mismo que ellos. Sabes si se quedan dormidos esperándote y si se escabullen a horarios regulares para tomar una cerveza. Los conozco desde que era una cría. Pero en una ciudad extranjera no me habría resultado tan fácil reconocerlos. No sé qué clase de persona hace ese trabajo aquí, la ropa que usan, el corte de pelo… -se dio por vencida, sonriente-. Si no vives así, si no has hecho… Y aquí, incluso yo, aunque no viva así…

El la miraba con desenvuelto respeto.

– Has estado en dificultades. Vale. Te digo que es imposible… Sé lo que es eso aunque nunca estuve metido.

– En primer lugar yo no pienso en eso como si fueran «dificultades».

– No, por supuesto. ¿Ves? Lo veo cada vez menos posible. Cuando te dije que no nos entenderíamos no pensaba que sería algo así. Sólo estaba pensando que no reconoceríamos por qué te pedí que me acompañaras y tú viniste. Pensaba únicamente en las cosas que ocurren entre hombres y mujeres. Me atraes muchísimo… lo sabes, y respondiste dejando a los demás y acompañándome. ¿Nunca encontraste a un hombre al que desearas entre los que se mostraron interesados? Ah, sí, pero no puedes decírmelo… y tú no podrías entender nada de mí. Como la comida y bebo el vino de unos amigos a quienes no tengo en buen concepto, vivo de ellos… y tal vez yo también pienso que una chica nueva forma parte de mis pequeñas vacaciones… Soy maestro. «Profesor», sí, así nos presentaron, pero los títulos… Todo francés que da clases en un lycée es un profesor, todo alemán es Herr Doktor. La gente con la que vivo te dirá que estoy escribiendo un libro… en su casa, para ellos es un proceso maravilloso. Debo decirte que se trata de mi vieja tesis del doctorado para el que me presenté en la Sorbona hace tres años y que abrigo la esperanza de que… alguien la publique si alguna vez se termina.

– ¡Y que tú lo digas! -logró reír espontáneamente. Estiró una mano, los tendones extendidos en el dorso, y palpó la espiral de la columna de prensa aceitunera que había seguido con la mirada cuando iba allí con otra gente.

Una voz de mujer grabada treinta años atrás cantaba a la isla donde habían nacido ella y la Josefina de Napoleón. El había cogido la rodaja de limón del fondo de su vaso y engullía la piel con glotonería.

– Un cerdo. Disculpa. Me encanta. ¿Sabes qué es eso? La voz de Arnys… inconfundible. Era la mejor de todas. Como una voz que te llega desde la calle cuanto te estás quedando dormida o aún no estás del todo despierta.

Rosa se inclinó para hablarle al oído y sintió el tacto del pelo de atrás de la oreja, lo olió por vez primera.

– La que está allí es Arnys. Este bar es de ella.

– ¡Ah, no!

– Siempre me lo repiten. Pero para mí no significa demasiado.

El miró a la vieja cantante en una especie de orgullo de seguidor, de reconocimiento de su resistencia.

– Elegiste el bar de Arnys. Son cosas que ocurren… -bajó de su taburete y se acercó a la anciana. Ella levantó la vista, con la boca ligeramente abierta, casi de niña, como la que se veía en las fotos de las paredes. Le habló bajo y rápido en francés. Ella gruñó un incierto Monsieurl , una nota de contrabajo con las cuerdas rotas. Después, estalló una de esas extraordinarias oleadas de animación francesa. Discutieron, hablaron los dos al mismo tiempo, levantaron sus rostros como picos de aves que se desafían, Arnys con los ojos entrecerrados, tocándose las manos, el profesor Bernar Chabalier repitiendo con reverente formalidad chere madame, Jossette Arnys, Josette Arnys. El perro forcejeó bajo su brazo para llegar a él o por haber sido desplazado.

Volvió a la barra riendo íntimamente bajo la mirada amistosa de los demás; podría haber estado mostrando su valoración apreciativa de cualquier otro hito local.

Muy modesta. ¿Sabes lo que dice? Me ha dicho que jamás habrá otra como ella. Que «toda esta cuestión feminista» significa que las mujeres ya no podrán cantar al amor, pues les dará vergüenza. Entonces le dije que la canción de la isla no trataba del amor, al menos de ese tipo de amor, sino sobre los orígenes, que incluso era románticamente política, adelantada a su época (eso no se lo dije a ella), las Antillas, la añoranza de Europa por un humanismo que se supone florecerá en un mundo criollo. Pero ella insiste en que la verdadera fuente de la canción sigue siendo la misma… mira a los pájaros, que sólo cantan para llamar a la pareja.

– ¿Nunca la habías visto?

– ¿Dónde podría haberla visto? ¿En los nighclubs de París cuando era niño? Tenemos algunos discos viejos en casa; la familia de mi mujer es de las que nunca tiran nada. Los ponemos una o dos veces al año, cuando hay una fiesta, como esta noche… todos beben mucho vino y brincan… ¿Trabajas mañana?

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