Diane Liang - El Lago Sin Nombre

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Cuando los tanques entran en la plaza de Tiananmen, la vida de Diane Wei Liang cambia para siempre. Estudiante de la Universidad de Pekín, ella y su amigo Dong Yi participan en una demostración pacífica que provoca la respuesta sangrienta y dura del gobierno chino. La condena política en todo el mundo no cambia el hecho de que esta terrible masacre ocurrió ante los ojos de millones de personas.
Los dramáticos acontecimientos del 4 de junio de 1989 pusieron fin a los sueños de una vida mejor, de democracia, libertad… y de amor de muchos jóvenes, chinos. Entre ellos, Diane y Dong Yi, que deben huir de Pekin y no vuelven a verse.
Siete años más tarde, Diane regresa a su país natal para tratar de encontrarlo. Entonces recuerda su infancia y juventud, sus años universitarios y aquellos trágicos sucesos.
El lago sin nombre es el relato de Diane que fue testigo de aquel traumático periodo. Nos presenta un viaje personal a su propio pasado, una historia de amor, así como un testimonio político que nos lleva desde la Revolución Cultural hasta un momento determinante en la historia reciente de China.

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Me detuve allí de camino a Pittsburgh. En el parque se había dispuesto un podio bajo una enorme pancarta que proclamaba: «¡Bienvenida a Estados Unidos, Chai Ling!». Más de un millar de estudiantes chinos y partidarios se habían congregado para recibirla.

Mientras esperaba con toda la demás gente a que ella apareciera, aspiré el agradable aroma de la hierba y los árboles. Durante el último año me había sentido como un pequeño bote empujado hacia el mar, a la deriva, sin ancla ni destino. Echaba de menos los días en que mi vida tenía miras más elevadas -cuando me sentí parte de la lucha por un mañana mejor para China- y anhelaba compartirlas con personas a la que respetaba, gente de mi generación. Allí de pie bajo el sol brillante, rodeada por mil personas chinas de ideas afines, volví a tener aquella sensación de unidad, aquella sensación de tener un objetivo. Eché un vistazo a mi alrededor; allí, el aire, la tierra y el cielo, todo parecía tranquilo y en orden, y nada podía perturbarlo. Allí no había peligros, nada que tuviera que temer nadie. ¡Cuánto nos habíamos alejado todos de aquellos días en China!

Entonces vi a Chai Ling, una frágil figura rodeada de un grupo de gente. Llevaba un vestido floreado y el cabello, recogido detrás, más largo de lo que nunca se lo había visto.

Una señora norteamericana se acercó al micrófono para presentar a Chai Ling.

– Señoras y señores, partidarios del Movimiento por la Democracia en China, estamos aquí para dar la bienvenida a una mujer valiente y joven cuya lucha simboliza el coraje del pueblo chino. -Para los medios de comunicación que se habían reunido en primera fila, continuó diciendo-: Chai Li fue una de las más famosas dirigentes estudiantiles del Movimiento Democrático de 1989 en China. Fue comandante en jefe en la plaza de Tiananmen y uno de los líderes del Movimiento más buscados por el gobierno chino. Después de la sangrienta represión del 4 de junio se vio obligada a esconderse. Tras un largo año en la clandestinidad, Chai Ling y su marido, Feng Congde, escaparon por fin de China. -Hizo un gesto hacia Chai Ling y añadió-: Y ahora estoy encantada de presentarles a la candidata al premio Nobel de la paz, la señora Chai Ling.

La multitud prorrumpió en un fuerte aplauso. Ella se acercó despacio al micrófono, una figura visiblemente frágil. Empezó a hablar con aquella voz aguda que yo conocía tan bien, pero su voz era tan débil que apenas oía el final de sus frases. Sabiendo cómo era antes, me di cuenta de que no estaba bien. No tenía color en la piel y había adelgazado demasiado. Sólo podía hacer conjeturas sobre cuáles fueron las condiciones y las presiones diarias bajo las que tuvo que vivir durante el último año.

– Gracias por venir. Agradezco vuestro apoyo.

Chai Ling habló brevemente sobre el 4 de junio, el Movimiento Estudiantil y el año que había pasado en la clandestinidad. Dio las gracias a aquellos que habían arriesgado su vida para ayudarla durante los días aciagos en la sombra. Pero su discurso fue corto. Desde donde yo me encontraba, a unos cien metros del podio, veía con claridad que mi amiga estaba exhausta.

Su marido también dio las gracias a los asistentes por su apoyo, pero no hizo ninguna alocución. Entonces volvió a acercarse al micrófono la señora rubia.

– Chai Ling está muy cansada. Todavía se está recuperando de su terrible experiencia en China.

Había esperado poder hablar con ella o al menos saludarla, por lo que me llevé una decepción cuando se la llevaron de allí a toda prisa. Aquel mismo año, 1990, Chai Ling volvió a ser nominada para el premio Nobel de la paz. En 1992, Feng Congde y ella se divorciaron; alegaron que el año pasado en la clandestinidad y las tensiones que había provocado en su relación eran la razón del fracaso de su matrimonio.

Pittsburgh cumplió la promesa de un nuevo y feliz comienzo. Me encantaba mi nuevo curso y mis profesores eran sumamente amables y alentadores. Al principio viajé varias veces a Virginia para tratar de arreglar las cosas con Eimin. Pero en cada ocasión que nos veíamos, la ternura que quedaba en nuestra relación se esfumaba y no tardó en quedarnos claro a ambos que aquel matrimonio ya no tenía arreglo. Nos divorciamos.

En 1994 acabé el curso de posgrado y me convertí en profesora de administración de empresas en la Universidad de Minessota. Y durante todo este tiempo nunca dejé de pensar en Dong Yi. Con frecuencia me preguntaba dónde estaría y por qué no se había puesto en contacto conmigo. Pero, poco a poco, mientras mi vida tomaba un nuevo rumbo, estas ideas aparecieron cada vez con menos asiduidad. Mis pensamientos hacia Dong Yi se fueron haciendo de modo gradual más abstractos, como las ideas sacadas de un libro o las conversaciones recordadas a medias sobre oportunidades perdidas y la indefectibilidad de las cosas. Mi vida en China retrocedía cada vez más hacia un segundo plano, para convertirse en algo que había sucedido hacía mucho tiempo en una tierra lejana. La realidad diaria era mi integración en la sociedad norteamericana y el comienzo de una carrera académica exitosa. Un nuevo mundo se abría ante mí poco a poco y encontré un círculo de amigos, gente de todo el mundo, de cuya compañía disfrutaba. A través de un amigo italiano, conocí al hombre que se convirtió en mi segundo marido. Nos casamos en 1995.

En la primavera de 1996, el decano de la Universidad Popular, una de las universidades más importantes de Pekín, visitó la universidad de Minnesota, donde yo hacía dos años que daba clases, y me invitó a que impartiera el curso del primer master en administración de empresas que habían programado nunca. Para que encajara con mi actividad en Estados Unidos, mis anfitriones condensaron el curso de catorce semanas en tan sólo un mes, con frecuentes conferencias. Así fue como en mayo de 1996 regresé a Pekín por primera vez desde las manifestaciones en la plaza de Tiananmen.

Capítulo 21: Vuelta a casa

«¿Dónde estás ahora, viejo amigo mío? Ventanas heladas, sueños que persisten, recuerdo el camino que solíamos recorrer juntos.»

Zhang Yan, siglo viii

En cuanto aterricé en Pekín, fui consciente de lo mucho que había olvidado sobre el estilo de vida en China. Me había acostumbrado a sentarme en nuestro porche trasero en Minnesota y observar a los pájaros que bajaban al pantano. Para mí lo normal eran los reflejos de la puesta del sol en mi bañera de mármol blanco mientras leía una nueva novela de la que se hablaba mucho, con un vaso de Merlot a mi lado, y mi marido trabajaba con su ordenador en el estudio. Los detalles de mi vida pasada habían empezado a desdibujarse: las expresiones de mis padres, su apartamento, las calles que llevaban a la universidad, la pagoda en el lago Weiming, la tímida sonrisa de Dong Yi…

Durante el tiempo que duró mi visita, cada mañana mi padre iba al mercado de granjeros y regresaba con las especialidades gastronómicas locales. El suave aroma de los bollos al vapor, los palitos fritos y la leche de soja me traían olvidados recuerdos de mi niñez. Miraba a mis padres atareados en la cocina, con sus cabellos blancos y sus frágiles movimientos, y sus rostros, en cambio, llenos de felicidad. Me sentí culpable. Podrían haber disfrutado de aquella felicidad durante siete años, sencillamente estando con su hija. Yo los había privado de ello, los había dejado solos con su oscuro apartamento y una vida de trabajo duro. Hay un antiguo proverbio chino que dice: «Las preocupaciones de una madre siguen a la hija en su viaje de mil kilómetros». Todas aquellas preocupaciones se habían transformado en profundas arrugas en el rostro de mi madre.

En cuanto me recuperé del desfase horario, llamé al departamento de psicología. Llevaba mucho tiempo ausente de China y no sabía cuándo regresaría. Sentí el impulso de volver a sumergirme en mi antigua vida. Me preguntaba cuántas cosas había olvidado.

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