Federico Andahazi - Cuentos
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– Él secuestró a mi hermano.
Cuando el soldado Rattaghan hubo terminado de hablar, el viejo lo miró a los ojos y se quedó en silencio. Asintió, se bebió el contenido del vaso de un solo sorbo, se puso de pie. Fue y vino y, finalmente, habló:
– Entiendo su punto de vista, pero si le interesa saber lo que pienso, opino que hay que matarlo ahora.
Antes de que Rattaghan pudiese responder, Sean Flanaghan se sentó en la cama junto al soldado y le contó qué hacía un irlandés en el fin del mundo. Desde el mar llegaban las explosiones remotas de los bombardeos y los vuelos de los Harriers. Por primera vez el viejo pudo comprobar que no estaba contemplando a un soldado, sino a un niño. Le acercó un vaso, sirvió whisky -primero en su vaso, después en el de su huésped- y con el fusil sobre el regazo, se lo bebió de un solo sorbo, interpuso un interminable eructo y empezó a hablar. Fue escueto. Era como si hablara con su vaso, o más bien con el contenido, porque cada vez que se vaciaba, guardaba silencio y retomaba su soliloquio solo cuando volvía a llenarlo.
Contó que había nacido en Belfast, que a los veintiséis años se casó con una enfermera, la dueña del culo más espléndido de Irlanda y que al año siguiente nació su hijo, James; que eran católicos militantes, que integró distintos grupos políticos, que se había opuesto a la radicalización de la lucha, que había estado preso durante cinco años, que una noche volvió a su casa y se encontró con que ya no tenía casa, que una bomba del LVF había volado el edificio. Que la dueña del culo más espléndido de Belfast era una entidad calcinada a la que ni siquiera pudo reconocer, que su pequeño hijo, James… el viejo iba a seguir hablando pero no pudo.
Aquel gigante de ojos transparentes, aquel dolmen enorme e inexpresivo, se incorporó y se refugió en el ángulo del cuarto adonde no llegaba la luz de la salamandra. El soldado Rattaghan pudo escuchar un llanto apagado por el pudor y el desconsuelo. Eso fue todo lo que dijo.
Luego comieron en silencio. Antes de irse a dormir, Sean Flanaghan repitió:
– Si quiere saber mi opinión, pienso que hay matarlo. Eso no es un semejante.
A la medianoche, el soldado Rattaghan se despertó sobresaltado. Hubiera jurado que percibió un ruido, un movimiento brusco proveniente de la cama donde yacía Severino Sosa. Se incorporó un poco y vio que el teniente permanecía en la misma, exacta e idéntica posición que antes. Sin embargo, en la semi penumbra, creyó ver un levísimo cambio en el rictus del teniente.
Con enormes dificultades, el soldado Rattaghan se puso de pie. Le dolía hasta el pelo. Caminó hasta la cama vecina. Había algo diferente, aunque no podía precisar qué. De pronto lo sobrecogió la idea de que Severino Sosa hubiese muerto. Posó su índice sobre la carótida de su superior y entonces respiró tranquilo: su corazón latía sereno, acompasado. Rattaghan volvió a acostarse no sin cierta inexplicable desazón. Se le cruzó la absurda ocurrencia de que el teniente no sólo se había movido, sino que, en algún momento se había levantado. No, hubiese sido imposible, pensó. Se disuadió de la idea y se dispuso a dormir. Estaba por conciliar el sueño cuando escuchó que decían su nombre. Era la voz inconfundible del Teniente Severino Sosa. Se le congeló la sangre.
– Soldado Rattaghan -repitió la voz.
Segundo Manuel Rattaghan se levantó como un resorte y corrió a despertar al viejo. Sean Flanaghan fue por la botella de whisky, se calzó los lentes y una manta por encima de los hombros, caminó hasta el camastro del teniente y lo examinó. Por detrás de su hombro, Rattaghan asomaba su pánico.
– Este hombre se está muriendo -fue el veredicto del viejo.
– Agua, por favor, agua -suplicó Severino Sosa.
Sean Flanaghan trajo un cucharón con agua y, en el mismo momento en que estaba por apoyarlo sobre los labios del teniente, el soldado Rattaghan, tomó la mano del viejo y la alejó de la boca reseca de Severino Sosa. Se acercó a su oído y le susurró: ahora, hijo de puta, me vas a decir qué hiciste con mi hermano. El teniente no hacía más que implorar por agua. Rattaghan exhibía ahora el cucharón frente a los ojos del teniente y le repetía, decime, hijo de puta, qué hiciste con mi hermano. La proximidad del cucharón parecía devolverlo a la realidad. Por fin dijo:
– No sé de qué me habla, soldado.
Había dicho esto último con un sino de sarcasmo que se traslució en una sonrisa imperceptible, involuntaria. El soldado Rattaghan tuvo la inmediata certeza de que el teniente no sólo sabía de qué le hablaba, sino que sabía de quién le hablaba. Siempre lo supo. Ese era el motivo del odio que le prodigaba desde el día en que lo vio, desde el momento en que escuchó el apellido Rattaghan. Siempre supo que era el hermano de su víctima. Entonces, Segundo Manuel Rattaghan tomó una resolución: lo iba a torturar hasta que hablara.
Se acercó a la salamandra y puso a calentar en el crisol el fierro del atizador. El viejo se había sentado en la mecedora y bebía indiferente. El hierro pasó de negro a rojo y de rojo a blanco. Rattaghan lo retiró y lo acerco a la cara del teniente, me vas decir, hijo de puta, qué hicieron con mi hermano. Severino Sosa no hacía más que negar todos los cargos y pedir agua. Conforme se encolerizaba, el soldado Rattaghan, en la misma proporción, descubría que era incapaz de torturar. Ni sabía cómo se hacía ni podría hacerlo aunque supiera.
Lloró de impotencia.
– Yo podría hacerlo por usted -dijo el viejo sin mirarlo- pero esta es su guerra.
Derrotado por su misma ineptitud, Rattaghan dejó el atizador en su lugar. Entonces Severino Sosa, con una voz inédita, afable y calma, empezó a hablar. Voy a decirle, soldado qué fue de su hermano, pero antes quiero agradecerle que me haya salvado la vida. El corazón de Rattaghan se sobresaltó primero y luego latió con ansiedad. El viejo se incorporó sobresaltado por una inquietud indecible. Le voy a decir qué pasó con su hermano, siguió diciendo el teniente, pero quiero que sepa que jamás voy a olvidar que si no hubiera sido por usted, soldado, ahora yo estaría muerto. El viejo buscaba algo desesperadamente. Soldado, voy a decirle de una vez qué fue de su hermano, pero antes quiero que sepa que estoy en deuda con usted; sucede, dijo, que odio tener deudas, entonces sacó el brazo por debajo de las cobijas y extrajo el rifle de doble caño del viejo, levantó el arma y apuntando al pecho de Segundo Manuel Rattaghan dijo: esto fue lo que pasó con su hermano, entonces disparó. En el mismo momento en que Sean Flanaghan corría hacia el soldado, Severino Sosa volvió a disparar al centro de los ojos del viejo. Cayó como lo hiciera un dolmen, sin quebrarse, sin emitir una sola queja.
EL SUENO DE LOS JUSTOS
Fue el mismo año en que las tropas de la confederación convirtieron al general Eusebio Pontevedra en un rosario toba, trenzado con el cuero que le arrancaron del lomo y engarzado con las cuentas amarillentas de sus propios dientes; el mismo año en que los ejércitos unitarios decapitaron al coronel Valladares y se disputaron el trofeo de su cabeza -todavía gesticulante- en un juego de pato. Aquel mismo año, en el día de San Simeón -que es el santo de los comisionistas-, mi teniente me encomendó el traslado de una prisionera desde el cuartel de Quinta del Medio hasta cierto monte perdido al otro lado de la frontera, donde debía ser fusilada y bien enterrada por un servidor.
– Queda a su cargo y bajo su responsabilidad -me dijo mi teniente, Severino Sosa, a la vez que me entregaba un fusil y una pala, al tiempo que una guardia de cuatro soldados conducía a la cautiva hacia el portón del cuartel.
La prisionera era una anciana cuya mínima humanidad estaba hecha de piel sobre hueso. Tenía un ligero rubor en la nariz que parecía ser el único indicio vital y un orgullo un tanto agrio, propio del rigor de talante que tienen los gringos. Estaba elegantemente resignada a una manea que le sujetaba las muñecas, montada a pelo sobre un percherón de grupa cuadrada que era mucha bestia para tan poco jinete.
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