Martha dijo que no con irritación, no tenía nada que decirle. En cuanto llegaron a Cape Tribulation, dejó de vomitar y le vino la regla.
– Ya lo ves -dijo, blandiendo un támpax en un gesto triunfal ante Dinah, camino del baño-, todo va bien.
Dos días después, ya no tenía regla, pero ¿era importante eso?
Se quedaron un mes en Cabo Tribulation, donde el bosque húmedo se une al mar. Se hicieron amigos de alguien que tenía un barco y les llevó al arrecife varias veces. Bucearon y exploraron el mundo submarino, las colinas y los valles de coral, los peces de colores brillantes y sonrisas tiernas, los graciosos bebés tiburón, que se les acercaban con curiosidad. Martha y Dinah encontraron trabajo en uno de los chiringuitos de la playa, y ganaron dinero para volver a Sidney en tren. Para entonces era marzo y la temperatura empezaba a descender. El harén se disolvió. Dinah volvió a California y Stuart pensaba ir a Nueva Zelanda. Martha decidió coger un avión a Nueva York. Pero se quedaron unos días más en Avalon, juntos, redescubriendo el sitio, sintiendo que habían vuelto a casa.
La segunda noche refrescó bastante.
– Voy a ponerme unos pantalones largos -dijo Martha, y buscó unos en la taquilla. Hacía meses que no se los ponía. Y no le entraban. No es que le fueran estrechos; sencillamente no le entraban.
Se dijo que era culpa de lo mucho que había comido en Cape Tribulation y de la cerveza. Era un hecho conocido de los viajeros que lo que adelgazabas en Tailandia lo recuperabas en Australia. Sin embargo aquello era diferente, sus brazos seguían siendo delgados, y con un esfuerzo supremo de voluntad, se obligó a mirarse de perfil en el espejo del baño. Y distinguió una protuberancia en su vientre plano. Volvió a sentirse mareada, pero de otra manera, esta vez de pánico. Entonces se dijo que estaba poniéndose histérica, que había tenido dos reglas, al fin y al cabo. De todos modos, fue a la farmacia de Avalon, compró un test de embarazo y a la mañana siguiente se encerró en el baño para hacerse la prueba. Una anilla inconfundiblemente azul le dijo que estaba embarazada.
Aterrada, hizo acopio de valor y fue al médico de Avalon.
Era joven y tenía unos ojos azules brillantes. Era el típico australiano alegre y resolutivo.
– Esas pruebas de farmacia no siempre son de fiar -le dijo-. Pero te examinaré y después ya hablaremos.
Tardó un buen rato. Le palpó con suavidad el vientre, y le examinó los pechos y la vagina.
– Está bien, Martha -dijo por fin-, vístete y hablaremos.
Le dijo que estaba embarazada de cinco meses.
– Pero si no puede ser -exclamó Martha, pensando aterrada en Koh Tao, hacía cinco meses-. He tenido varias reglas, la última hace sólo un mes.
– Es posible. ¿Fue una hemorragia ligera?
– Sí, bastante.
– ¿Cuánto duró?
– Unos… unos dos días.
– Martha, lo siento, eso es bastante normal. ¿Has tenido náuseas?
– Un poco. Pero no todos los días, sólo alguna vez. No puedo estar embarazada, no puedo.
– ¿Me estás diciendo que no has hecho nada para estar embarazada? -dijo el médico con los ojos azules brillando.
Ella intentó sonreír.
– Bueno, sí. Pero sólo una vez.
Dos veces en realidad, pensó recordando la mañana siguiente, y el inconmensurable placer.
– Una vez es suficiente. Lo siento, Martha. No hay ninguna duda. ¿Cuándo fue esa vez?
– A finales de octubre.
– Me temo que salen las cuentas. Exactamente.
Era amabilísimo. ¿Quería volver a Inglaterra? ¿Había alguien que pudiera ayudarla?
– Quiero abortar -dijo Martha de inmediato, sin hacer caso de sus preguntas-. Es lo único que puedo hacer.
– Martha, lo siento -dijo él, con una voz muy amable-. Pero es demasiado tarde para abortar.
Las intrigas entre los políticos y la prensa, su dependencia mutua, su despiadada interacción pragmática, es uno de los ingredientes más cruciales de la vida política.
– No tenemos ningún poder sin los políticos -había explicado Nicholas Marshall en una cena a los fascinados invitados-, pero tenemos mucha influencia sobre los sucesos políticos. Y a ellos les asusta esa influencia. Sobre todo porque no saben de dónde puede llegar la siguiente.
A menudo decía que nadie que no fuera del gremio podía entender su vida. Las llamadas misteriosas con pistas anónimas, las invitaciones para encontrarse con políticos en bares de Londres, las ofertas de filtraciones de documentos, las esperas al acecho en rincones y pasillos de la Cámara de los Comunes para conseguir un chismorreo sobre un tema muy delicado susurrado al oído.
La llamada que recibió a primera hora del lunes, mientras corría por Hampstead Heath, no parecía especialmente intrigante. Theodore Buchanan (diputado conservador por South Cirencester, Tedd para los amigos) le había invitado a almorzar al Ritz y le había dicho que podía tener un buen reportaje para él. Nick conocía a Teddy Buchanan bastante bien, era un carca, un conservador tradicional, que tenía debilidad por Nick porque había nacido en el campo.
Nick estaba en el Ritz, en el restaurante decorado de forma exagerada, diez minutos antes de la hora. Pidió un gin tonic, porque le pareció en consonancia con el local, y pensó con tristeza que últimamente no encontraba nada divertido. Echaba de menos a Jocasta.
La idea del compromiso, del matrimonio incluso, ya no le parecía tan aterradora. De hecho una larga vida de continua soltería le parecía mucho peor. Se preguntaba cuánto duraría su lío con el maldito Keeble, y si después volvería con él. ¡Mierda! ¿Por qué la había dejado marchar? Tenía treinta y seis años, ya era lo bastante mayor para sentar la cabeza. Pero era un idiota que iba por la vida de adolescente penoso.
En el otro extremo de la sala, alguien le sonrió de forma deslumbrante. Una figura alta y esbelta se acercó a él y le estrechó la mano. Era Fergus Trehearn.
– Hola, Nick. Qué sorpresa más agradable. ¿Qué haces aquí?
A Nick le caía bien Fergus. Le había conocido hacía seis meses, cuando trabajaba para una chica de dieciséis años a quien se le había insinuado un diputado conservador.
– Hola, Fergus. He quedado para comer.
– Con una chica guapísima, sin duda.
– Más bien con un político apuesto de mediana edad.
– Vaya, qué lástima. Yo tengo un plan un poco mejor. Ya lo verás. Llegará dentro de un minuto. Habrás oído hablar de la pequeña Bianca, ¿verdad? El bebé abandonado que encontraron en Heathrow.
– Claro que me acuerdo -dijo Nick-. Jocasta tenía tratos con ella. ¿No trabajarás para ella, verdad?
– Pues sí, señor. No hemos encontrado a su madre, pero tenemos un montón de editores de moda babeando por ella y periódicos que quieren entrevistarla.
– ¿Y vas a invitarla a almorzar al Ritz?
– Lo ha elegido ella. Hemos ido a ver al editor de moda de Style y éste es el premio, por aceptar volver a estudiar para los exámenes las próximas seis semanas. Después espero que vuelva al centro del huracán con ganas. Es un encanto; ah, ahí están. ¿Te la presento?
– No me importaría -dijo Nick, mirando transfigurado a Kate, que acababa de entrar en el restaurante.
Era impresionante. Una maravillosa mezcla de juventud tierna y desgarbada e inocencia, y una sexualidad ligeramente descarada. Vestía traje pantalón negro con un top blanco, botas de tacón alto y los cabellos rubios largos y ondulados recogidos en una cola de caballo.
Fergus se acercó a ellas, besó a Kate y a su madre y las llevó a la mesa de Nick.
– Nicholas Marshall, Kate y Helen Tarrant. He quedado con ellas para almorzar. ¿Soy afortunado o no, Nick?
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