– No es lo mismo que no saber que tiene uno. Al menos en ciernes.
– Beatrice, no puedo decírselo. Créeme, no puedo.
– Lo siento pero discrepo. Oye, me gustaría quedarme, pero no puedo, tengo que estar en un juicio en menos de una hora. Podemos hablar esta noche. ¿Vas a quedarte aquí o prefieres echarte en la cama? Christine te cuidará. Ahora llevará a las niñas a la escuela, pero le dejaré una nota. Josh no está, ha ido a no sé qué ciudad.
– De acuerdo. Gracias por todo, Beatrice.
– De nada. ¿Me prometes que descansarás?
– Te lo prometo.
Suerte que Beatrice se marchaba, pensó Jocasta. Se encontraba mucho mejor. Todavía le quedaba una hora. Se ducharía, tomaría prestado un chándal de Beatrice y se marcharía. Ah, tenía que cambiar el taxi. Mejor hacer eso primero.
Josh todavía dormía cuando le llamó Beatrice. Había tenido una noche difícil con los vendedores y la cabeza le estallaba.
– Josh, soy Beatrice. Oye, tengo que contarte algo. Vuelves esta noche, ¿no?
– Claro.
– Bien. Oye, Jocasta estará aquí.
– ¡Jocasta! ¿Por qué?
– Está embarazada.
– ¡Embarazada!
– Sí. Y espera: no es de Gideon; es de Nick. Y está decidida a abortar.
– ¡De Nick! Qué lío. ¿No podemos detenerla?
– No lo sé. El caso es que Nick no lo sabe. Y debería saberlo. Ella jura que no lo querrá, pero debería tener la oportunidad de decirlo él. No puede impedírselo legalmente, eso no, pero… ¿tienes su teléfono?
– Creo que sí. ¿De verdad crees que debería saberlo?
– Estoy segura.
– Ay, señor. Pobre Jocasta.
Clio estaba preocupadísima. Jocasta había desaparecido. Había intentado llamarla varias veces y cada vez se oían más pitidos en su contestador y no respondía al móvil.
Estuvo a punto de llamar a Nick un par de veces y lo dejó. Él la había llamado, pero ella no había contestado. Era una cobarde. ¿O era una buena amiga, que cumplía la promesa que le había hecho a Jocasta?
Le habría gustado poder hablar con Fergus. Él sabría lo que había que hacer. Eso era lo mejor de Fergus: lo sensato que era. Y comprensivo. Era como Jekyll y Hyde; con lo de los Morris, por ejemplo, había sido un encanto. Pero basta de pensar en Fergus, Clio: concéntrate en Jocasta y lo que está pasando.
Sonó el teléfono y se sobresaltó, pero no era Nick, era Josh. ¿Tenía el número de móvil de Nick? ¿O el de su piso? Era urgente.
– Bueno…
– Venga, Clio.
– ¿Sabes dónde está Jocasta?
– Sí, está en casa.
– Gracias a Dios. Me moría de preocupación. Sí, por supuesto, te daré su teléfono. Pero no le digas que te lo he dado. A él puedes decirle lo que te dé la gana. Aunque he jurado no…
– Gracias. ¿Por casualidad no sabrás si va a abortar?
– Pues sí. Va a abortar. Esta mañana. Y la van a esterilizar.
– ¡Por Dios! ¿Dónde?
– No lo sé. No quiso decírmelo. Creo que temía que se lo dijera a Nick. Nos peleamos…
– Llámala a mi casa, Clio. A ver si te enteras de adónde va, intenta entretenerla. Yo llamaré a Nick.
Jocasta se encontraba muchísimo mejor. Ya podía ir a la clínica. Estaría bien. Faltaban tres cuartos de hora para que llegara el taxi. Podía bañarse en lugar de ducharse y así se relajaría más.
Sentada en el baño con la puerta cerrada y la radio a tope, para distraerse, no oyó sonar el teléfono.
– Nick. Soy Josh.
– ¡Josh! Gracias a Dios. A ver si puedes ayudarme. Estoy muy preocupado por Jocasta. No sé dónde está y…
– Está en mi casa.
– ¿En tu casa?
– Sí. Oye, la cuestión es…, esto te va a dejar de piedra, Nick, pero resulta que está… que está embarazada. Siento decírtelo así, pero…
– Ya me lo imaginaba -dijo Nick. Hablaba muy despacio-. He encontrado unas pruebas. Ahora estoy en su casa. Pero ¿por qué me llamas?
– Porque es tuyo.
– ¿Mío? -dijo Nick, y sintió que caía en un espacio muy grande, con la voz de Josh resonando en el centro-. ¿Mi hijo? ¿Estás del todo seguro?
– Jocasta está segura. Se lo dijo a Beatrice.
– Dios, Dios -dijo Nick-. Qué suerte.
– Sí. Y piensa abortar. -Hubo otro silencio-. ¿Nick? ¿Sigues ahí?
– Sí, sí, estoy aquí.
– Nick, lo siento mucho. Sé que es horrible que te digan una cosa así sin más. Pero Jocasta está en mi casa, si quieres detenerla.
– Por supuesto que quiero detenerla, por el amor de Dios.
– Pues llámala, ¿Tienes el número? Creo que tienes darte prisa, Nick…
Pero Nick ya había colgado.
– Señor Hartley, hola, soy Ed. Ed Forrest. He hablado con mi madre y me ha dicho que quizá tendrían que internar a la señora Hartley. Lo siento mucho. ¿Cómo está?
– Qué bien que hayas llamado, Ed. No está muy bien. Está muy desanimada. Como tú, supongo. ¿Cómo estás?
– Voy tirando -dijo Ed rápidamente. No le gustaba hablar de lo mucho que sufría. Eso era privado, una parte de Martha y de lo mucho que la había amado. No lo compartiría con nadie.
– Tus visitas son lo único que parece animar a mi esposa. Te lo agradezco mucho, Ed. Por cierto, ¿podrías darle las gracias a Kate de nuestra parte? Su carta también pareció ayudarla. Fue un gran detalle que escribiera. Quería contestarle, pero he estado muy ocupado. Creo que Grace siente que los amigos de Martha se la devuelven un poco.
– Sí, claro, me alegro. Se lo diré a Kate. No sé si podré volver a subir este fin de semana, señor Hartley, pero si voy pasaré a verla otra vez. Cuídese mucho.
– Es Grace la que necesita cuidarse. Pero gracias, Ed, muchas gracias.
Pobre hombre. Pobre. Llamaría a Kate. Era una buena chica. Guapa. Un poco quisquillosa. Como su madre.
– Señorita Forbes, ¿verdad? Sí. Tiene hora para… un aborto, esta mañana. Y una esterilización.
La enfermera le sonrió de un modo alentador.
– Sí -dijo Jocasta-. Sí.
– Si quiere acompañarme, la llevaré a su habitación. Rellenaremos el ingreso, veremos que todo esté en orden, me firmará un consentimiento, y todo eso. ¿Desde las seis no ha tomado nada? Ni comer ni beber.
– No, no he tomado nada.
– Bien. Empezaré tomándole la tensión.
– Lo siento, señor Marshall, pero Jocasta se ha ido. -La niñera parecía nerviosa-. Sí. Se ha marchado… No sé, hace media hora. Lo siento, no. ¿Qué? En taxi. Sí. No, era un minitaxi. No tengo ni idea, lo siento. Espere, ha dejado una tarjeta. Siempre hacen lo mismo, ¿verdad? Oh, lo siento, sí, Clapham Cars, ¿le suena? ¿Sí? A ver, tiene un teléfono…
Kate iba a ver a Fergus. Había decidido firmar el contrato, si Smith no había encontrado a otra. Sólo eran tres años y mucho dinero. Le solucionaría la vida, tal vez como fotógrafa, o cualquier cosa que decidiera ser.
Josh ya podía decir que no lo hiciera si la aburría: él tenía mucho dinero. Y Kate veía que el dinero ayudaría a sus padres, y a Juliet, al menos. Ahora se sentía mucho mejor con la vida, pensaba que podría soportar la publicidad.
Sabía que Fergus estaría contento. Y sería más rico, además. Así que todos saldrían ganando. Al fin y al cabo, sólo eran tres años.
Peter estaba abriendo la correspondencia cuando Grace le llamó.
– ¿Podrías darme un analgésico, Peter, por favor? Me duele mucho la cabeza.
– Claro, ahora te lo subo.
Cuando Peter entró, Grace tenía muy mala cara.
– Pobrecita mía. Toma. Te daré dos.
Sonó el teléfono.
– Me los tomaré, Peter, gracias.
Cogió dos tabletas y se las tragó, y estaba tapando el frasco cuando algo la detuvo. Se quedó mirando el frasco. Había muchas más. Podía tomarse un puñado. Con eso acabaría: rápidamente. La otra forma era demasiado lenta y la hacía sentir muy mal. Qué suerte que hubiera llamado alguien entonces. Qué suerte…
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