Paul Auster - La Noche Del Oráculo

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Sidney Orr es escritor, y está recuperándose de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Y cada mañana, cuando su esposa Grace se marcha a trabajar, él, todavía débil y desconcertado, camina por la ciudad. Un día compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que le seduce, y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, también enfermo, también poseedor de otro de los exóticos cuadernos azules portugueses, le ha hablado de Flitcraft, un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés y que, como Sidney, sobrevivió a un íntimo roce con la muerte, creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad y se inventó otra vida en otra ciudad. En la novela que Sidney Orr está escribiendo en su cuaderno azul, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte cuando una gárgola de piedra se desprende de un viejo edificio y cae donde él había estado un segundo antes, también parte sin despedidas rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita y perdida durante mucho tiempo de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, Orr va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y su matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce.

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[12]Veinte años atrás, cuando Chang me contó esa historia, estaba seguro de que me decía la verdad. Había mucho convencimiento en su voz como para que pudiera dudarse de su sinceridad. Hace unos meses, sin embargo, mientras preparaba otro trabajo leí una serie de obras sobre China durante el periodo de la revolución cultural. En una de ellas me encontré con el mismo incidente descrito por Liu Yan, alumno del Instituto de Enseñanza Media Número Once de Pekín y testigo presencial de la quema de libros. No menciona a ningún profesor llamado Chang. Sí habla de una profesora de lengua, Yu Changjiang, que se desmoronó y rompió a llorar cuando los libros empezaron a arder. «Su llanto hizo que los guardias rojos le dieran unos cuantos latigazos más, y los cinturones le dejaron feas marcas en la piel.» (La revolución cultural china, 1966-1969, edición de Michael Schoenhals, Armonk, M. E. Sharpe, Nueva York, 1996.)

No digo que sea una prueba de que Chang me mintió, pero arroja ciertas sospechas sobre su historia. Puede que fueran dos los profesores que lloraron, y que Liu Yan sólo viera a uno. Pero cabe observar que por aquel entonces la quema de libros era un acontecimiento muy notorio en Pekín y, según palabras de Liu Yan, «causaba un gran revuelo en toda la ciudad». El incidente debió de llegar a oídos de Chang, aunque su padre no hubiese participado en él. Puede que me contara esa infame historia para impresionarme, no estoy seguro. Por otro lado, su versión era sumamente gráfica -más realista que cuando se cuenta una historia de oídas-, lo que me lleva a preguntarme si en la quema de libros no estaría presente el propio Chang en persona. Y, en ese caso, hay que suponer que estaba allí como miembro de los guardias rojos. De otro modo, me habría dicho que era alumno del instituto, y eso sí que no lo dijo. Incluso es posible (esto es una simple conjetura) que fuese él quien azotó al profesor que lloraba.

[13]Grace, que estudió en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, se acogió en el tercer año de carrera a un programa de estudios en el extranjero y realizó un curso en París. Trause, en una carta, le habló de Van Velde, a quien había visto un par de veces en los años cincuenta y que, según él, tenía fama de ser el artista preferido de Samuel Beckett. (En la carta incluía un diálogo de Beckett con Georges Duthuit sobre Van Velde. En mi opinión, Van Velde es… el primero en reconocer que ser artista es fracasar, que nadie mas fracasa así, que el fracaso es su mundo.) Los cuadros de Van Velde eran raros y caros, pero su obra gráfica de los años sesenta y primeros setenta resultaba bastante asequible en la época, y Grace había comprado aquélla a plazos, con dinero de su bolsillo, escatimando la comida y otras cosas indispensables con objeto de no salirse de la asignación que su padre le enviaba todos los meses. La litografía era una parte importante de su juventud, un símbolo de su creciente pasión por el arte a la vez que una señal de independencia -un puente entre los últimos días de su adolescencia y los albores de su vida adulta-, y para ella significaba más que cualquier otra de sus pertenencias.

[14]Señorita Virginia era uno de los apelativos con que la llamaba cariñosamente, pero no lo utilizaba desde el primer o segundo año de nuestro matrimonio, y desde luego nunca después de haber salido del hospital. Con aquella frase Grace evocaba los buenos tiempos del principio, y me conmovió ver que lo recordaba, porque en general lo reservábamos para momentos de descompresión poscoital: Grace levantándose de la cama después de que hubiéramos acabado de hacer el amor y encaminándose al cuarto de baño, impúdica, lánguida, feliz con la desnudez de su cuerpo, por lo que en ocasiones (me vino entonces a la memoria) la llamaba en broma Señorita Virginia Desnuda, cosa que siempre la hacía reír, y luego, inevitablemente, se detenía para adoptar una postura propia de las revistas de mujeres desnudas, lo que a su vez me hacía reír a mí. En efecto, Señorita Virginia era un apócope de Señorita Virginia Desnuda, y siempre que la llamaba Señorita Virginia en público, se trataba de una comunicación secreta en torno a nuestra vida sexual, una referencia a la piel desnuda bajo la ropa, un homenaje a su hermoso cuerpo, tan adorado. Y ahora, inmediatamente después de anunciar que iba a seguir adelante con el embarazo, había reanimado al mítico personaje de la Señorita Virginia, y al yuxtaponer una y otra afirmación me estaba diciendo que era mía otra vez, mía como antes pero también mía de otra manera distinta, anunciando sutilmente (como sólo Grace era capaz de hacerlo) que estaba preparada para pasar a la siguiente fase de nuestro matrimonio, que una nueva etapa de nuestra vida en común estaba a punto de comenzar.

[15]Quedamos en que iría a ver a Jacob, solo, y en eso concluyó la conversación. No me importaba nada hacer ese pequeño favor a John, pero estaba horrorizado por lo que me había dicho sobre la animosidad del muchacho hacia Grace. Aunque no le faltaran motivos para tener envidia (el hijo desatendido, abandonado por la querida «hijastra»), el chico no me suscitaba ninguna simpatía, sólo desprecio y asco. Iría a la clínica porque me lo había pedido su padre, pero no me hacía ninguna gracia tener que pasar un rato en su compañía.

Por lo que podía recordar, sólo nos habíamos visto un par de veces. Al no saber nada de su historia con Grace, nunca se me había ocurrido preguntarme por qué ella no estaba con nosotros en esas ocasiones. La primera fue un viernes por la noche, cuando salimos a ver un partido en el Shea Stadium entre los Mets y los Cincinnati Reds. Trause había conseguido entradas a través de alguien que tenía un abono de temporada, y como sabía que yo era aficionado, me invitó a ir con él. Eso fue en mayo de 1979, unos meses después de que me enamorase de Grace, y John y yo nos habíamos conocido sólo un par de semanas antes. Jacob, que por entonces estaba a punto de cumplir diecisiete años, se presentó con un compañero de clase, así que fuimos los cuatro. Desde el momento en que entramos en el estadio estuvo claro que a ninguno de los dos chicos les interesaba el béisbol lo más mínimo. Durante las tres primeras entradas permanecieron inmóviles con expresión hosca y aburrida, y luego se levantaron y se marcharon, en principio a comprar unos perritos calientes y «dar una vuelta por ahí», según dijo Jacob. No volvieron hasta que acabó la séptima: riendo tontamente, con los ojos vidriosos y mucho más animados que antes. No resultaba difícil adivinar lo que habían estado haciendo. Yo seguía dando clases en aquella época, y había visto suficientes chicos colocados con hierba como para reconocer los síntomas. John estaba enfrascado en el partido y al parecer no se dio cuenta de nada, y no me molesté en mencionárselo. Por entonces apenas lo conocía, y me figuraba que lo que pasara entre su hijo y él no era asunto mío. Aparte de decirnos hola y adiós, no creo que Jacob y yo cambiáramos más de ocho o diez palabras en toda la noche.

La siguiente vez que lo vi fue unos seis meses después. Estaba acabando el último año de instituto y corría el riesgo de suspender todas las asignaturas. John me había llamado a última hora para que saliéramos a jugar al billar. Jacob y él apenas se dirigían la palabra, y creo que me necesitaba para que le hiciera de amortiguador: un tercero neutral para impedir que estallara la guerra entre los dos en un local público. Aquélla fue la noche en que Jacob y yo hablamos de los Bean Spasms y yo adquirí mi reputación de persona genial. Me pareció un muchacho sumamente inteligente y antipático, resuelto a joderse la vida de todas las maneras posibles. Si percibí alguna sombra de esperanza, fue en su determinación de ganar a su padre al billar. Yo jugaba mal, y enseguida me quedaba atrás en cada partida, pero John, además de saber lo que hacía, en algún momento debió de enseñar a jugar a su hijo. Eso suscitaba en ambos cierto espíritu de competición, y el mero hecho de que Jacob se concentrara en algo me pareció un indicio alentador. Entonces yo no sabía que John había sido un experto buscavidas en el ejército. De haber querido, habría metido las bolas de una tacada y eliminado a Jacob en un santiamén, pero no lo hizo. Fingió que ponía empeño, pero al final dejó ganar al muchacho. Dadas las circunstancias, probablemente era lo mejor que podía hacer. No es que les sirviera de mucho a la larga, pero al menos Jacob esbozó una sonrisa al terminar y se acercó a su padre para estrecharle la mano. Que yo sepa, ésa fue la última vez que lo hicieron.

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