– Hija, deja que te dé un consejo: no te enamores de ese hombre, que sólo puede traerte problemas; bastantes has tenido ya. Albert James era una buena persona, no sé por qué no continúas con él. Era un caballero. Es una pena que no os podáis casar, pero aun así… si tienes que estar con un hombre, que sea con alguien que merezca la pena.
Al cabo de unos días, una noche, a la hora de la cena, Amelia nos comunicó que se iba.
– Pero ¿adónde? -preguntó preocupado don Armando.
– A Roma, he decidido aceptar la invitación de mi amiga Carla Alessandrini. Ya os he hablado de ella, y como bien sabéis nos escribimos con frecuencia. Insiste en sus cartas para que vaya a verla, y ahora tengo la oportunidad.
– ¿Oportunidad? Pero así, tan de repente… ¿Y tu trabajo? -quiso saber doña Elena.
– He hablado con doña Rosa y me ha asegurado que no le importa que me tome unas pequeñas vacaciones, no estaré fuera más de un mes.
– ¿Te vas con ese hombre, Amelia? -le preguntó directamente don Armando.
– Tío…
– Aún no estás bien; has mejorado, sí, pero estás tan delgada… No deberías irte, Amelia. Me dijiste que nunca más lo harías, que te ibas a quedar con la familia para siempre.
– No me voy, tío, es solamente un viaje que no durará mucho, confía en mí. Carla me insiste tanto en sus cartas, me dice que me necesita y no imagináis lo buena y generosa que ha sido conmigo.
– Amelia, no me parece bien que te vayas con ese hombre, es un oficial nazi -le cortó don Armando.
– ¡Por Dios, tío, no hables así! Max es un amigo muy querido, que también conoce a Carla, y estos días hemos hablado de ella. Puesto que él tiene que ir a Roma, se ha ofrecido a hacerme compañía durante el viaje. Iré con él hasta Roma, sí, pero me alojaré en casa de Carla Alessandrini, te lo prometo. No debes preocuparte.
– Italia está en guerra, no es el mejor lugar para unas vacaciones.
– No me pasará nada, voy con Max y allí está Carla.
– No me convences, Amelia, no me convences. Solamente sé que desde que se ha presentado ese oficial no pareces la misma. No entiendo cómo te dejas embarcar en esa aventura para ir a Italia. Quiero confiar en ti, Amelia, te debo mucho, pero me asustas.
– Confía en mí, no voy a hacer nada malo, te lo aseguro. Serán sólo unos días, cuando te quieras dar cuenta, ya estaré aquí para pasar las Navidades. Por nada del mundo querría estar fuera de casa en esas fechas.
Edurne, mientras ayudaba a Amelia a hacer las maletas, también le reprochó el viaje anunciado.
– ¿Cómo puedes dejar otra vez a Antonietta? ¿Es que no te das cuenta de lo que sufre tu hermana? No es bueno que los hermanos estén separados.
– ¿Cuánto hace que tú no ves a Aitor? -replicó Amelia.
– Mucho, años.
– Y es tu hermano y le quieres, ¿verdad?
– Sí, y me duele no verle. Ya tiene tres niños. Ya ves, tengo sobrinos a los que no conozco. Mi madre sufre por él -respondió Edurne.
– Mi querida Amaya… cuánto la echo de menos -respondió Amelia.
– A mi hermano le ha perdido la política, y a ti también. Menos mal que se casó con esa chica de Biarritz. Es una desgracia que tenga que vivir allí por la política. ¡Maldita política!
– ¡Vaya, te creía una buena comunista!
– Eso era antes de la guerra… después de lo que ha pasado y de todas las desgracias que hemos vivido, ¿crees que todavía me quedan ganas de política? Sólo quiero vivir en paz, en eso coincido con tu tía.
– Entonces, ¿ya no eres comunista…? -bromeó Amelia.
– ¡Pero qué voy a ser! Ni tú ni yo sabíamos qué era eso, éramos muy jóvenes y nos entusiasmamos… entre Lola, Pierre, Josep Soler, y toda aquella gente que parecía tan resuelta, tan apasionada, nos embaucaron… iban a cambiar el mundo… ¡y vaya lo que ha pasado!
– Lo que ha pasado es que los fascistas han ganado la guerra, pero eso no les da la razón.
– Ni a nosotros tampoco. No, ya no soy comunista y no creo que tú todavía lo sigas siendo.
El día en que Amelia se marchó fue muy triste. Doña Elena hasta sufrió un desmayo y hubo que darle Agua del Carmen, Antonietta no dejaba de hipar, Laura lloraba a moco tendido, y Jesús y yo nos contagiamos de tanta emoción y también acabamos llorando. Sólo don Armando fue capaz de contener las lágrimas.
– Amelia, escríbenos, por favor, dame tu palabra de que lo harás.
– Te doy mi palabra, tío, os escribiré y regresaré pronto.
Amelia se negó a que la acompañáramos hasta el portal. Dijo que la venían a buscar, pero nosotros sabíamos que la esperaba el oficial alemán. Nos asomamos a uno de los balcones y lo vimos llegar en un coche negro del que se bajó para ayudar a Amelia con la maleta. Antes de meterse en el coche ella miró hacia arriba y agitó la mano sonriéndonos. Estaba feliz y eso es lo que más nos desconcertaba, pero era así. No volvimos a verla en mucho tiempo…»-Bien -concluyó el profesor Soler-, esto es todo, al menos todo lo que le puedo contar de lo que sucedió entre la primavera de 1942 y el otoño de 1943, un año largo en el que Amelia estuvo con nosotros.
El profesor se restregó los ojos con el dorso de la mano. Parecía cansado. A mí me asombraba su prodigiosa memoria y más aún la capacidad para contar las cosas de manera que no sólo las revivía él sino que también hacía que yo las sintiera como propias. Le insistí en que me dijera si Amelia había vuelto y cuándo, pero no quiso contarme nada más.
– Vamos, Guillermo, sabe que no voy a contarle más. Al menos por ahora. Es usted quien tiene que ir rellenando los huecos vacíos. Habíamos quedado en que no daría saltos en el tiempo. Para que su investigación tenga sentido debe ir paso a paso; si da saltos hacia delante, podría confundirse e incluso considerar que no merece la pena volver atrás, y no es eso lo que quieren las señoras Garayoa.
– Ya, pero ¿dónde busco ahora? -pregunté preocupado.
– No sé, ¿quizá en Roma? Amelia nos dijo que se iba a Roma. Puede ir a ver a Francesca Venezziani. Si Amelia, tal y como nos dijo, estuvo con Carla Alessandrini en aquellas fechas, entonces Francesca debe de saberlo, ¿no cree?
– Verá, a veces pienso que usted sabe más de lo que parece sobre Amelia pero por alguna razón que se me escapa no quiere tirar del hilo.
La risa del profesor Soler me desconcertó, pero me reafirmó en mi intuición.
– No sea tan desconfiado, ¿no le estoy ayudando cuanto puedo?
– Y le estoy muy agradecido; solo, sin usted, no habría dado ni un paso.
– Sí, sí que los habría dado, pero con mayor dificultad; no se subestime, tengo la mejor opinión de usted.
– ¡Uf! Eso sí que es una responsabilidad.
– ¿Y qué hay de su trabajo? ¿Continúa escribiendo todavía en ese periódico de internet para el que me hizo aquella entrevista?
– Me despidieron. Mi único trabajo es esta investigación; menos mal que las señoras Garayoa son generosas con los honorarios, de lo contrario, hace tiempo que me habrían desahuciado de mi apartamento. Y mi madre casi no me habla, cree que estoy perdiendo el tiempo.
– Y tiene razón.
– ¡Cómo! ¿De manera que usted cree que estoy perdiendo el tiempo?
– Verá, está ganando tiempo para la familia Garayoa, y su trabajo en este sentido es valiosísimo para las señoras; pero en lo que se refiere a usted, esto no le va a aportar nada a su profesión, al revés, le está distrayendo.
– Vaya, profesor, me sorprende su ecuanimidad.
– Si usted fuera mi hijo, yo estaría igual de enfadado como lo está su madre. No le diré que se dé prisa en terminar este trabajo porque es imposible saber cuánto tiempo más le llevará, pero sí que debería pensar qué va hacer cuando termine.
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