– Desde luego.
– ¿Qué piensa de los judíos?
La pregunta desconcertó a Amelia y se quedó callada, lo que fue malinterpretado por Grazyna.
– Ya veo que es usted una de esas personas cuyas convicciones se ablandan cuando se trata de los judíos.
– ¡Pero qué dice! Mi mejor amiga era judía, el socio de mi padre era judío… Es que no sé qué responder sobre qué pienso de ellos, ¿debo pensar algo especial? Ése es el problema de los que creen que hay que pensar «algo» sobre los judíos.
– No se enfade, sólo era una pregunta. Mi novio es judío. Está en el gueto.
– Lo siento. Sé que los han confinado en unas cuantas calles y que no les permiten salir.
– Las condiciones del gueto son cada día peores.
– ¿Puede ver a su novio?
– No se puede entrar ni salir del gueto sin permiso, pero logramos burlar la vigilancia, aunque no siempre es posible.
– Si puedo hacer algo…
– Quizá, puesto que su amante es nazi.
– Max es un soldado, un comandante de intendencia médica de la Wehrmacht, y ya le he dicho que no es un nazi.
– Tendrá que decirle que nos conocemos.
– Bueno, le diré que la he conocido casualmente en la calle, que me perdí y que usted amablemente se ofreció a acompañarme al hotel, y para agradecérselo la invité a tomar el té y simpatizamos, ¿le parece bien?
– Sí, es creíble. ¿En qué hotel se alojan?
– En el Europejski.
– Más o menos tenemos la misma edad, y usted aquí no conoce a nadie, de manera que a su amante le gustará saber que mientras él se dedica a matar polacos, usted tiene alguien con quien conversar.
– Le ruego que no insista en su valoración sobre Max. No le conoce, por lo tanto no debería juzgarle. Entiendo que para usted todos los alemanes son el enemigo, pero él no lo es.
– Supongo que usted tiene que creérselo para no sentirse tan mal al hacer su trabajo -concedió Grazyna.
– No, no es por eso. Le conozco desde hace tiempo y le aseguro que no es un nazi.
Grazyna se encogió de hombros. No estaba dispuesta a hacer más concesiones respecto a lo que opinaba sobre los alemanes. Los odiaba demasiado para hacer distinciones. Algunos de sus mejores amigos habían desaparecido a manos de los Einsatzgruppen, a dos de sus tíos los habían ahorcado, y su novio estaba en el gueto. No, la española no podía pedirle que fuera capaz de ver más allá del dolor y del odio.
– La acompañaré de vuelta al hotel, así podrá hacer creíble lo que va a contarle a su amante.
Salieron de la casa en silencio. Amelia analizando si llegaría a entenderse con Grazyna. Y ésta, por su parte, no sabiendo qué pensar sobre Amelia. Por lo que acababa de decirle era una agente británica que tenía una misión que cumplir y para ello seguramente debía utilizar a aquel oficial de la Wehrmacht, pero aun así despreciaba a cualquiera que tuviera un trato amable con el enemigo.
Grazyna le explicó que era enfermera y trabajaba en el Hospital de San Estanislao. Cuando podía robaba medicinas para llevarlas al gueto.
No le resultaba fácil, pero contaba con la complicidad de una monja, la hermana Maria.
– Es una mujer extraordinaria, y muy valiente a pesar de su edad.
– ¿Cuántos años tiene? -preguntó Amelia.
– Creo que ha cumplido los sesenta; está un poco gorda y es algo protestona, pero no le importa arriesgarse. Tiene acceso al cajón donde se guardan las llaves de la farmacia del hospital, y es ella quien me ayuda a robar los medicamentos.
– Una monja robando… -susurró Amelia, sonriendo.
– Una monja ayudando a salvar vidas -respondió Grazyna enfadada.
– ¡Por supuesto! No me malinterprete. Me parece admirable lo que hace la hermana María, sólo que pienso que ella nunca habría imaginado que iba a robar.
– ¿Y usted había imaginado que se convertiría en la amante de un nazi?
– No soy la amante de ningún nazi.
Volvieron a guardar silencio hasta llegar al hotel. Allí Amelia la invitó a tomar el té. Grazyna tenía razón: era preciso dar verosimilitud a la mentira que Amelia iba a contarle a Max.
Este no llegó al hotel hasta bien entrada la tarde. Estaba cansado e irritado, pero cambió de humor en cuanto se encontró con Amelia. Ella le contó que había conocido a una joven enfermera polaca y que habían congeniado, y él la animó a que volvieran a verse.
– Así no estarás tan sola; sé que soy un egoísta por haberte traído aquí, pero no querría por nada del mundo separarme de ti.
Aquella noche, al igual que las siguientes, Amelia continuó fotografiando los documentos que contenía la cartera de Max. Sentía un miedo increíble cada vez que hacía aquello, y se preguntaba si él la perdonaría en caso de que la descubriera.
El 20 por la tarde Amelia volvió a presentarse en casa de Grazyna. No la había vuelto a visitar desde el día en que se conocieron. Vio que la maceta estaba colocada en el lado derecho y subió con paso rápido hasta el tercer piso.
Llamó al timbre y Grazyna no tardó en abrir la puerta.
– ¡Oh, eres tú! -dijo sin ocultar su sorpresa.
– Sí… he visto la maceta situada en el lado derecho y por eso he subido… -se excusó Amelia.
– Pasa, te presentaré a algunos amigos.
En la sala había dos hombres y otra joven. Los tres la miraron con curiosidad.
– Te presento a Piotr y a Tomasz, y ésta es mi prima Ewa, la mejor pastelera de Varsovia. Algún día deberías pasarte por la pastelería de mis tíos, te aseguro que merece la pena.
Piotr parecía estar más cerca de los cuarenta que de los treinta; era alto, fuerte, con el cabello rubio oscuro y los ojos castaños casi verdes, y unas manos fuertes y callosas; todo lo contrario de Tomasz, que no parecía haber llegado a los treinta, delgado, estatura media, con el cabello rubio casi blanco, y el color de los ojos azul intenso. Sin duda Ewa era la más joven del grupo. Amelia calculó que podía tener aproximadamente unos veinte años: alta, esbelta, con el cabello castaño claro y los ojos azul oscuro como los de Grazyna.
– ¿Traes más información? -preguntó ésta.
Amelia se puso tensa y no respondió. No sabía quiénes eran los invitados de Grazyna y le sorprendió la indiscreción de la joven.
– ¡Vamos, no te preocupes! Son amigos, de lo contrario no te habría invitado a pasar. ¿No me preguntaste por la Resistencia? Bien, pues aquí tienes a tres de ellos. Estamos preparando una incursión en el gueto.
– ¿Y cómo lo hacéis? -preguntó Amelia con curiosidad.
– La casa de la condesa Lublin se encuentra situada en una calle adyacente al muro que cierra el gueto. En la parte de atrás de la casa está la puerta de servicio; allí hay una alcantarilla, Piotr ha encontrado el camino que conduce al otro lado. Las alcantarillas suelen estar vigiladas, pero en ocasiones podemos burlar la vigilancia, ¿verdad, Piotr?
El hombre asintió. Grazyna hablaba en alemán, idioma que, para alivio de Amelia, parecían conocer sus amigos.
– Piotr es el chófer de la condesa. Una mujer singular, parece amiga de los nazis, pero Piotr cree que es sólo apariencia -aclaró Grazyna.
– La conocí en Cracovia durante una cena ofrecida por el gobernador general, Hans Frank.
– ¡Ese cerdo! -exclamó Grazyna.
– No imagina cómo están sufriendo en el gueto -la interrumpió Ewa-, sobre todo los niños. Necesitan medicinas con urgencia, muchos sufren de fiebre tifoidea.
– ¿Cuándo será la incursión? -preguntó Amelia.
– Esperamos poder hacerlo dentro de un par de días -respondió Ewa.
– Bueno, ¿has traído más material o no? -se impacientó Grazyna.
– Sí, aquí lo tienes. Creo que puede haber algo importante, están desplazando gran cantidad de tropas a la frontera.
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