Cerrando la marcha, G.G. se aferra al brazo de papá, cosa que no haría normalmente, pero hoy camina con lentitud, tanto que van muy rezagados, y al final ella se detiene.
– ¿Qué ocurre? -grita Sadie, que a estas alturas ya ha llegado al ascensor en el otro extremo del pasillo.
– El corazón le late muy rápido -responde papá-. Va a tomar nitro. ¿Podéis esperar un momento?
– Claro que podemos esperar un momento -dice la abuela Sadie-. Vamos a esperar un momento.
G.G. saca un frasquito de medicina del bolso, hace caer dos pastillas en la palma de la mano, se lleva la palma a la boca abierta y espera. Tras unos instantes, asiente y vuelve a aferrarse al brazo de mi padre.
Estamos reunidos delante de la puerta 3W y la abuela Sadie, tras mirarnos intensamente uno por uno para que el momento resulte más impresionante de lo que ya es, pulsa con fuerza el timbre.
Unos segundos después oímos abrirse un montón de cerraduras y aparece una inmensa figura femenina, su silueta perfilada en el vano de la puerta. La abuela Sadie le habla en alemán y ella contesta en alemán y tengo la sensación de que me moriré si he de pasar la tarde entera escuchando hablar alemán pero entonces la abuela Sadie traduce:
– Dice que hoy libra la enfermera, de manera que por desgracia está sola. Su enfermedad le impide tratarnos con la hospitalidad que querría, pero el almuerzo ya está listo y nos espera en la mesa. Ésta es Greta -añade, cosa que resulta totalmente innecesaria.
Greta vuelve a decir algo en alemán pero de pronto resuena la voz de G.G. alta y clara:
– Hoy vamos a entendernos en inglés -anuncia.
Se suelta del brazo de mi padre, avanza con paso teatral y todos nos hacemos a un lado.
Las dos ancianas hermanas se encuentran ahora cara a cara, a unos dos palmos de distancia. No se parecen, eso desde luego. Greta tiene rasgos toscos, profundas arrugas que dividen sus mejillas mofletudas y su barbilla en porciones rojizas, lleva el largo cabello entrecano recogido en una trenza y posee un cuerpo bien rotundo que se bambolea y ondula bajo el chándal de color rosa intenso cuando avanza con los brazos abiertos hacia G.G.
– ¡Kristina! -dice en un susurro, nombre que, en vez de Erra, desde luego me sorprende, pero puesto que nadie parpadea siquiera, supongo que debe de ser el antiguo nombre de G.G., de cuando era alemana-. ¡Kristina! -repite, con lágrimas que le relucen en los ojos, prácticamente enterrados en la grasa de su cara.
En vez de echarse a los brazos tendidos de Greta, G.G. la coge firmemente por las muñecas y le dice en un feroz susurro en inglés:
– Vamos dentro, por favor.
– Sí, claro -dice Greta, con acento-. Perdonadme. Pasad, por favor, todos, pasad. Quitaos los zapatos si queréis, hay mucho polvo en la calle.
La abuela Sadie acaba con las presentaciones y Greta nos da la mano uno por uno. Cuando me ve la cicatriz en la sien, las cejas se le juntan en una arruga en forma de W.
– ¿Ha sido un accidente? -pregunta con un gesto hacia su propia sien.
– Ah, no es nada -dicen los cuatro adultos al unísono, cosa que les hace romper a reír, también al unísono, lo que les hace reír con más fuerza, pero, personalmente, no le veo ninguna gracia.
La mesa está servida con docenas de platos que no puedo comer, diferentes clases de fiambres en lonchas con manchas de grasa encima o alrededor, pepinillos y rábanos, huevos rellenos, quesos apestosos, ensalada de patatas con cebolla, pan negro y duro… Por suerte, mamá ha visto una caja de cereales Kellogg's al pasar por la cocina y le pregunta a Greta si podría tomar un cuenco, a sabiendas de que papá no se atreverá a meterse con ella por mis hábitos alimenticios delante de una desconocida.
Mamá sugiere que nos cojamos de la mano y mientras bendice la mesa da las gracias a Dios por esta milagrosa reunión de dos hermanas tras seis décadas de separación. Sin embargo, nadie parece muy entusiasmado al respecto, ni siquiera la abuela Sadie, que nos ha traído a todos aquí a la fuerza, y al ver que nadie aplaude ni me besa tras bendecir la mesa, empiezo a pensar que todo este viaje no es sino un inmenso error. Me como los cereales uno a uno, tan lentamente como puedo porque mamá me ha prohibido levantarme de la mesa: «No estamos en casa -me ha dicho-, así que tienes que portarte muy bien, cariño.» Los ojos me revolotean de aquí para allá. Estar en este salón comedor es como estar en el interior de una casita de muñecas, resulta completamente sofocante con todo el mobiliario y los chismes, cojines bordados, muñequitas, cuencos de vidrio tallado, estatuillas, empapelado con dibujo floral, fotos enmarcadas y cuadros en la pared, hasta el último centímetro ocupado y decorado, sin sitio para respirar por ninguna parte, ojalá pudiera convertirme en una Joven Tortuga Ninja Mutante y abrirme paso fuera de aquí a fuerza de patadas golpes cortes y tajos: no, Superman sería mejor incluso, me bastaría con levantar el brazo y salir disparado como un cohete, hacia las alturas bien lejos, atravesando el tejado para salir directamente al cielo azul y despejado. ¡Oxígeno! ¡Oxígeno!
– Así que has conservado la casa -dice G.G.
– Sí -responde Greta-. He criado aquí a mis hijos.
Silencio. Deducimos que G.G. no tiene ninguna pregunta que plantear sobre esos hijos.
– Veo que han cerrado la escuela -dice al cabo.
– ¡Oh! Hace muchos años. Toda esta zona es únicamente residencial desde entonces, en los años setenta, creo. Poco después de la muerte de mamá.
Ese comentario también se topa con el silencio pétreo de G.G. ¿Por qué ha venido a Alemania? Empiezo a preguntármelo. Si no quería ver a su hermana y recordar el pasado, ¿por qué votó que sí? Nada de lo que le cuenta Greta sobre su familia parece interesarle.
– Averigüé quién nos denunció a la Agencia, la que envió a la señora americana, la señorita Mulyk, para que te llevara… Fue nuestra vecina, la señora Webern, ¿la recuerdas? Su marido era comunista…
No hay respuesta por parte de G.G.
– Papá regresó en mil novecientos cuarenta y seis -continúa Greta, y la abuela Sadie asiente enérgicamente para instarla a que continúe con su historia sin prestar atención a la actitud tan grosera de G.G.-, tras un año de estar prisionero de los rusos. Lloró toda la noche cuando mamá le contó que tú y Johann os habíais ido para siempre. Volvió a trabajar de maestro, y llegó a director de la escuela, y por último fue alcalde del pueblo en los sesenta hasta que se jubiló, pero el abuelo nunca regresó del… del… ya sabes, de aquel… hospital.
Escucho todas y cada una de las palabras que dice esta mujer gorda y rosada y las almaceno minuciosamente en un rincón del cerebro para futura referencia -nada debe escapar a mis conocimientos sobre el universo-, pero de momento no tengo ni idea de qué habla y mientras tanto la persona con quien habla, concretamente G.G., no le hace ni caso, de hecho ahora mismo está haciendo algo de lo más espantoso, que es encender un puro en medio de una comida, pero ni siquiera mamá tiene valor para decirle que lo apague porque no estamos en nuestra casa.
Se hace un silencio durante el cual mi padre eructa levemente, sin querer, debido a toda la cerveza alemana que ha estado engullendo desde que llegamos, y alcanzo a ver que mi madre le lanza una patada por debajo de la mesa.
– He seguido tu carrera, Kristina -dice Greta, con la esperanza de que el nuevo tema funda de alguna manera el hielo de su hermana-. Me parece que tengo una colección entera de tus discos, ¡mira!
Hace un gesto hacia el reproductor de CD y todo el mundo menos G.G. volvemos la cabeza. Tras otro silencio, la abuela Sadie se suma a la conversación para aligerar la atmósfera.
– ¡Qué cruel por tu parte, Greta -le dice con guasa-, torturarme con todos estos fiambres de cerdo de aspecto tan delicioso!
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