En serio, eso es lo que ella dice.
Ella inclina la cabeza y la interpone entre mi cuerpo y la revista que estoy fingiendo leer.
– No finja que no lo sabe -dice ella-. El sexo no es ningún secreto.
Y yo digo:
– ¿El sexo?
Y ella se tapa la boca con la mano y se reclina en su asiento.
Ella dice:
– Oh, cielos, lo siento mucho. Creí… -Y extiende la mano para pulsar el botón rojo que llama a la azafata.
Una azafata pasa a nuestro lado y la pelirroja le pide dos bourbons dobles.
Yo le digo:
– Espero que tenga intención de beberse los dos.
Y ella dice:
– En realidad son los dos para usted.
Aquella fue mi primera vez. Esa primera vez de la que nunca están a la altura todas las veces posteriores.
– No nos peleemos -me dice, y me ofrece su mano blanca y fresca-. Soy Tracy.
Un sitio más apropiado para que esto sucediera sería el Lockheed TriStar 500 con su complejo de cinco baños enormes aislados al fondo de la cabina de clase turista. Espaciosos. Insonorizados. A espaldas de todo el mundo, donde nadie puede ver quién va y quién viene.
En comparación, hay que preguntarse qué clase de animal diseñó el Boeing 747-400, donde parece que todas las puertas de los baños dan a los asientos. Para conseguir cierta discreción hay que ir hasta los baños del fondo de la cabina de clase turista. Olvídate del lavabo lateral que hay en business class, a menos que quieras que todo el mundo sepa lo que estás haciendo.
Es simple.
Si eres un tío, lo que haces es sentarte en el baño con tu tío Charlie fuera, ya sabes, el gran panda rojo, y lo hinchas para que llame la atención, ya sabes, lo pones en posición de firmes, luego solamente hay que sentarse en el cuartito de plástico y esperar que haya suerte.
Piensa que es como ir a pescar.
Si eres católico, es la misma sensación que sentarse en un confesionario. La espera, el alivio, la redención.
Piensa en ello como en pescar y dejar escapar a la presa. Lo que la gente llama «pesca deportiva».
La otra forma de hacerlo es dejar la puerta abierta hasta que encuentras a alguien que te gusta. Es lo mismo que aquel viejo concurso en que eligieras la puerta que eligieras, aquel era el premio que te llevabas a casa. Es lo mismo que aquella fábula oriental de la dama y el tigre.
Detrás de algunas puertas hay mujeres elegantes venidas de primera clase para visitar los barrios bajos, un pequeño cambio de cabina en busca de tipos rudos. Y menos probabilidades de encontrar a alguien conocido. Detrás de otras puertas te encuentras a tipos maduros con la corbata marrón echada por encima del hombro, las rodillas peludas abiertas hasta tocar las paredes, acariciando su serpiente muerta de cuero y diciendo:
– Lo siento, amigo, no es nada personal.
En esos momentos te sientes demasiado revuelto incluso para decir:
– Estás de broma.
O:
– En tus sueños, amigo.
Con todo, la tasa de éxito es lo bastante alta como que uno siga probando suerte.
El espacio diminuto, el retrete y doscientos extraños a pocos centímetros de distancia, todo resulta rematadamente excitante. Con la falta de sitio para moverse, va bien tener articulaciones dobles. Usa la imaginación. Un poco de creatividad y unos cuantos ejercicios de estiramiento y pronto puedes estar llamando a las puertas del cielo. Te asombraría lo rápido que pasa el tiempo.
La mitad de la excitación la proporciona el desafío. El peligro y el riesgo.
No es la Conquista del Oeste Americano ni la carrera al Polo Sur ni el primer hombre que pisa la Luna.
Es una clase distinta de exploración espacial.
Estás descubriendo una clase distinta de páramo. Tu enorme paisaje interior.
Es la última frontera a conquistar, gente nueva, extraños, la selva de sus brazos y piernas, de su pelo y su piel, los olores y los gemidos de todo el mundo que no te has tirado. Esos grandes desconocidos. Los últimos bosques a arrasar. Aquí está todo lo que solamente habías imaginado.
Eres Cristóbal Colón sobrevolando el horizonte.
Eres el primer troglodita que se arriesga a comerse una ostra. Tal vez esta ostra en concreto no sea nueva, pero sí lo es para ti.
Suspendido en medio de la nada, a medio camino en el trayecto de catorce horas entre Heathrow y Johannesburgo, uno puede vivir diez aventuras reales. Doce si la peli es mala. Más si el vuelo va lleno, menos si hay turbulencias. Más si no te importa que sea la boca de un tío la que haga el trabajo, menos si regresas a tu asiento cuando sirven la comida.
Lo que no es tan divertido de esa primera vez es que cuando estoy borracho y estoy siendo follado por la pelirroja, por Tracy, sucede que damos con una bolsa de aire. Agarrado al retrete, yo desciendo junto con el avión, pero ella sale despedida hacia arriba, el champán sale de mí con el condón todavía dentro de ella y el cabello de ella golpea el techo de plástico. Yo me corro en ese mismo instante y mi semen queda flotando en el aire: una legión de soldaditos blancos en animación suspendida a medio camino entre ella, que está pegada al techo, y yo, que sigo en la taza. Luego, plaf, nos volvemos a juntar, ella, el condón, mi semen y yo, y todo me cae otra vez encima, el semen ensamblado en forma de collar de cuentas y los cincuenta y pico kilos que pesa ella.
Después de unos buenos tiempos como aquellos, es una maravilla que no tenga que llevar braguero.
Y Tracy se ríe y dice:
– ¡Me encanta cuando pasa esto!
Después ya solamente hay turbulencias normales que me mandan su pelo a la cara y sus pezones a la boca. Que hacen rebotar las perlas de su collar. La cadena de oro en torno a mi cuello. Que hacen que mis pelotas salten dentro del escroto extendido sobre la taza vacía.
De vez en cuando uno aprende trucos para hacerlo mejor. Aquellos viejos súper Caravelles franceses, por ejemplo, los de las ventanillas triangulares y las cortinas de verdad, no tienen baño de primera clase, sino solo dos al fondo de clase turista, así que es mejor no intentar nada sofisticado. La postura básica tántrica funciona bien. Los dos de pie uno mirando al otro, la mujer levanta una pierna a la altura de tu muslo. Luego seguís igual que en «partir la caña» o la postura clásica de flanco. Escribe tu propio Kama Sutra. Invéntate las cosas.
Venga. Sabes que lo estás deseando.
Esto dando por sentado que los dos sois de la misma estatura. En caso contrario, no me responsabilizo de lo que pase.
Y no esperes que te lo den todo masticado. Doy por sentado que tienes algunos conocimientos propios.
Por mucho que estés metido en un Boeing 757-200, por mucho que estés en el diminuto lavabo delantero, aun así puedes apañar una posición china modificada en la que tú estés sentado en el retrete y la mujer esté sentada encima de ti mirando en dirección contraria.
En algún lugar al norte-nordeste por encima de Little Rock, Tracy me dice:
– Con el pompoir esto sería un juego de niños. Es cuando las mujeres albanesas te hacen correrte usando solamente los músculos constrictores de su vagina.
¿Te follan con las tripas?
Tracy dice:
– Sí.
¿Las mujeres albanesas?
– Sí.
Yo digo:
– ¿Tienen líneas aéreas?
Otra cosa que uno aprende es que cuando una azafata llama a la puerta, se puede terminar deprisa usando el método Florentino, en el cual la mujer agarra al hombre por la base del pene y retrae la piel con fuerza para aumentar la sensibilidad. Esto acelera considerablemente el proceso.
Para postergar el momento hay que apretar con fuerza la parte inferior de la base del pene. Aunque esto no evite la eyaculación, el semen se retrae hasta la vejiga y uno se ahorra gran parte de la limpieza. Los expertos llaman a esto «saxonus».
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