Chuck Palahniuk - Asfixia

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Basada en una novela de Chuck Palahniuk (El club de la lucha), "Asfixia" narra la historia de Victor (Sam Rockwell) que para sufragar el caro tratamiento médico en un hospital privado de su madre (Anjelica Huston), se dedica a timar a la gente. Su trabajo diario es representar el papel de un miserable campesino del siglo XVIII en un parque temático de carácter histórico, mientras está tratando de recuperarse de su adicción al sexo.
Pero cuando su cada vez más débil madre insinúa poder revelar la identidad secreta de su perdido padre, Victor recobra la esperanza de encontrar finalmente las respuestas que ha estado buscando. Victor hace amistad con la joven doctora de su madre (Kelly McDonald), quien le lleva a creer que sus orígenes quizás puedan ser mucho más sorprendentemente divinos de lo que jamás pudo nunca haber imaginado.
Así, ¿es todavía Victor Mancini el perdedor sin honor que siempre ha creído que iba a ser durante el resto de su vida o es posible que sea una especie de loco salvador?

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No le cuento todo esto al reportero.

Ahí estoy yo, saludando con la mano y diciendo que nos hacen falta más piedras. Si la gente nos trae piedras se lo agradeceremos. Con el pelo rígido y pringado de sudor y la barriga hinchada en la parte delantera de las calzas, explico que lo único que no sabemos es lo que acabará siendo. Y además, no lo queremos saber.

Beth entra en la cocina americana para hacer palomitas.

Me muero de hambre, pero no me atrevo a comer.

En la tele aparece un último plano de los muros, las bases para una larga columnata que algún día soportarán un techo. Pedestales de estatuas. Pilones de fuentes. Las paredes se levantan trazando perfiles de contrafuertes, gabletes, chapiteles y cúpulas. Se levantan arcos que algún día soportarán bóvedas. Torretas. Algún día. Ya están creciendo algunos de los matorrales y los árboles que algún día esconderán y sepultarán nuestra construcción. Las ramas penetran por las ventanas. La hierba y los matojos crecen hasta la altura de la cintura en algunas salas. Todo esto aparece ante la cámara, he ahí los cimientos de algo que tal vez no veamos terminado en toda la vida.

Eso no se lo digo al reportero.

Desde fuera de plano se oye gritar al cámara:

– ¡Eh, Victor! ¿Te acuerdas de mí? ¿Del Chez Buffet? Aquella vez que estuviste a punto de asfixiarte…

El teléfono suena y Beth va a cogerlo.

– Tío -dice Denny, y vuelve a rebobinar la cinta-, lo que les has dicho va a volver loca a alguna gente.

Y Beth dice:

– Victor, son los del hospital de tu madre. Han estado buscándote.

Yo grito:

– Un minuto.

Le digo a Denny que vuelva a pasar la cinta. Ya estoy casi listo para hablar con mi madre.

43

Para mi siguiente milagro compro pudín. Pudín de chocolate, vainilla y pistachos, pudín de caramelo de mantequilla, todo ello lleno de grasa y azúcar y conservantes y sellado dentro de envases de plástico. Solamente hay que levantar la tapa y meter la cucharilla.

Los conservantes son lo que ella necesita. Cuantos más conservantes, mejor.

Con una bolsa llena de pudín en las manos, voy a Saint Anthony.

Es tan temprano que la chica del mostrador de entrada no ha llegado.

Sepultada en la cama, mi madre levanta la vista y dice:

– ¿Quién es?

Soy yo, le digo.

Y ella dice:

– ¿Victor? ¿Eres tú?

Y yo digo:

– Sí, creo que sí.

Paige no está. No hay nadie a primera hora de un domingo por la mañana. El sol acaba de salir al otro lado de la persiana. Incluso el televisor de la sala de estar común está apagado. La compañera de habitación de mi madre, la señora Novak, la exhibicionista, está encogida de lado en su cama, dormida, o sea que hablo en susurros.

Le quito la tapa al primer envase de pudín de chocolate y encuentro una cucharilla de plástico en la bolsa. Pongo una silla al lado de su cama, le acerco la primera cucharada de pudín y le digo:

– He venido a salvarte.

Le digo que por fin conozco mi verdadera historia. Que nací siendo una buena persona. Una manifestación del amor perfecto. Que puedo ser bueno, otra vez, pero tengo que empezar por las pequeñas cosas. La cucharada se mete entre sus labios y deja dentro las primeras cincuenta calorías.

Con la siguiente cucharada le digo:

– Sé lo que tuviste que hacer para tenerme.

El pudín se queda ahí, marrón brillante sobre su lengua. Ella parpadea bruscamente y empuja el pudín con la lengua hacia el interior de las mejillas para poder hablar:

– Oh, Victor, ¿lo sabes?

Le meto cincuenta calorías más en la boca y digo:

– No te avergüences. Tú come.

A través de la masa de chocolate, me dice:

– No puedo parar de pensar que lo que hice es terrible.

– Me diste la vida -digo.

Y apartando la cara de la siguiente cucharada, apartando la cara de mí, me dice:

– Necesitaba la ciudadanía de Estados Unidos.

El prepucio robado. La reliquia.

Le digo que no importa.

Cojo otra cucharada y se la meto en la boca.

Denny suele decirme que la segunda venida de Cristo no será algo que Dios vaya a decidir. Tal vez Dios ha permitido que la gente desarrolle la capacidad de devolver a Cristo a sus vidas. Tal vez Dios ha querido que inventemos a nuestro salvador cuando estemos listos. Cuando lo necesitemos de verdad. Dennis dice que tal vez nos toque a nosotros crear a nuestro propio mesías.

Salvarnos a nosotros mismos.

Otras cincuenta calorías entran en su boca.

Ella me da la espalda, frunciendo la piel arrugada de alrededor de los ojos. Con la lengua se empuja el pudín hacia el interior de las mejillas. Le sale pudín de chocolate por las comisuras de la boca. Y dice:

– ¿De qué demonios hablas?

Y yo le digo:

– Sé que soy Jesucristo.

Ella abre mucho los ojos y yo le meto más pudín en la boca.

– Sé que viniste de Italia embarazada del sagrado prepucio.

Más pudín a su boca.

– Sé que escribiste todo esto en italiano para que yo no pudiera leerlo.

Y le digo:

– Ahora conozco mi verdadera naturaleza. Sé que soy una persona llena de amor.

Más pudín a su boca.

– Y sé que puedo salvarte -le digo.

Mi madre se me queda mirando. Con los ojos llenos de una comprensión y una piedad sin límites, me dice:

– ¿Pero de qué cojones estás hablando?

Y me dice:

– Te robé de un carrito de bebé en Waterloo, Iowa. Te quería salvar de la vida que te esperaba.

Porque tener hijos es el opio del pueblo.

Véase también: Denny con su carrito de bebé cargado de arenisca robada.

Ella dice:

– Te rapté.

La pobre mujer demente y delirante no sabe lo que dice.

Le meto otras cincuenta calorías.

– No pasa nada -le digo-. La doctora Marshall ha leído tu diario y me ha contado la verdad.

Le meto más pudín marrón.

Ella abre la boca para hablar y yo le meto más pudín.

Los ojos se le salen de las órbitas y le empiezan a caer lágrimas por la cara.

– No pasa nada. Te perdono -le digo-. Te quiero y he venido a salvarte.

Le acerco otra cucharada a la boca y le digo:

– Tú solamente tienes que tragarte esto.

Su pecho sufre una sacudida y le salen burbujas marrones de pudín por la nariz. Pone los ojos en blanco. La piel se le está poniendo azul. Su pecho sufre otra sacudida.

Y yo digo:

– ¿Mamá?

Le tiemblan los brazos y las manos, y la cabeza se le hunde más en la almohada. Las sacudidas continúan y el bocado de pasta marrón desaparece en su garganta.

La cara y las manos se le ponen más azules. Los ojos se le ponen en blanco. Todo huele a chocolate.

Pulso el botón de llamada a la enfermera.

Le digo:

– Tranquilízate.

Le digo:

– Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento…

Agita los brazos, los sacude y se agarra la garganta con las manos. Este debe de ser el aspecto que tengo yo cuando me asfixio en público.

La doctora Marshall aparece al otro lado de la cama y le inclina la cabeza a mi madre con una mano. Con la otra mano empieza a sacarle pudín de la boca. Me pregunta:

– ¿Qué ha pasado?

Yo estaba intentando salvarla. Ella deliraba. No se acordaba de que yo era el mesías. He venido a salvarla.

Paige se inclina y sopla en la boca de mi madre. Se vuelve a poner de pie. Sopla otra vez en la boca de mi madre y cada vez que se incorpora de nuevo tiene más pudín de chocolate por la cara. Más chocolate. Solamente huele a chocolate.

Sosteniendo todavía el envase de pudín con una mano y la cucharilla con la otra, le digo:

– No pasa nada. Yo lo arreglo. Como hice con Lázaro -le digo-. Ya lo he hecho antes.

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