Entre los faros y yo se interponen los contornos de un millar de personas sin cara. Toda esas personas que pensaban que me querían. Que pensaban que me habían devuelto la vida. La leyenda de sus vidas, evaporada. Luego una mano levanta una piedra y yo cierro los ojos.
Las venas del cuello se me hinchan de no respirar. La cara se me ruboriza y me empieza a arder.
Algo golpea a mis pies. Una piedra. Luego otra. Y una docena más. Un centenar de golpes. Caen las piedras y el suelo tiembla. Las piedras se amontonan a mi alrededor y todo el mundo grita.
Es el martirio de san Yo.
Con los ojos cerrados e inundados de lágrimas, veo la luz de los faros roja a través de mis párpados, de mi carne y de mi sangre. De mis lágrimas.
Más golpes en el suelo. El suelo tiembla y la gente grita con dificultad. Más temblores y estruendo. Más palabrotas. Y luego todo queda en silencio.
Le digo a Denny:
– Tío.
Sin abrir los ojos, me sorbo la nariz y digo:
– Dime qué está pasando.
Y algo blando de algodón y no muy limpio se cierra en torno a mi nariz y me dice:
– Suénate, tío.
Y luego todo el mundo se ha ido. Casi todo el mundo.
El castillo de Denny. Los muros han quedado tumbados, las piedras abatidas y desperdigadas pese a lo bien colocadas que estaban. Las columnas derrocadas. Las columnatas. Los pedestales volcados. Las estatuas hechas pedazos. Piedras rotas y argamasa, los escombros llenan los patios y las fuentes. Incluso los árboles han quedado astillados y abatidos bajo la lluvia de piedras. Las escaleras destruidas no llevan a ninguna parte.
Beth está sentada en una piedra, mirando una estatua rota que Denny hizo de ella. No de su aspecto real, sino de cómo él la veía. Tan hermosa como él creía. Perfecta. Y ahora destruida.
Pregunto si ha habido un terremoto.
Y Denny dice:
– Te acercas, pero este ha sido otra clase de acto divino.
No queda una piedra encima de otra.
Denny olisquea y dice:
– Hueles a mierda, tío.
Se supone que no puedo salir de la ciudad hasta nuevo aviso, le digo. Me lo ha dicho la policía.
Solamente queda una silueta recortándose contra los faros. Un único contorno negro y encorvado hasta que los faros se desvían y el coche aparcado se marcha.
A la luz de la luna Denny, Beth y yo miramos para ver quién hay ahí.
Es Paige Marshall. Con la bata blanca de laboratorio sucia y remangada. Con la pulsera de plástico en la muñeca. Tiene los zapatos náuticos mojados y embarrados.
Denny avanza un paso y dice:
– Lo sentimos, pero ha habido un terrible malentendido.
Y yo le digo, no, tranquilo. No es lo que crees.
Paige se acerca y dice:
– Bueno, he venido. -Tiene el peinado negro deshecho, su moño en forma de cerebro negro. Con los ojos hinchados e inyectados en sangre, se sorbe la nariz, se encoge de hombros y dice-: Supongo que eso quiere decir que estoy loca.
Todos miramos las piedras desperdigadas, simples piedras, pedazos marrones de nada en especial.
Tengo una pernera de los pantalones sucia de mierda y pegada a la pierna. Y digo:
– Bueno -digo-. Supongo que no voy a salvar a nadie.
– Sí, bueno. -Paige levanta la mano y dice-: ¿Crees que me puedes quitar esta pulsera?
Le digo que sí. Que lo podemos intentar.
Denny está pateando las piedras caídas, haciéndolas girar con el pie hasta que se agacha para recoger una. Beth va a ayudarlo.
Paige y yo nos quedamos mirándonos, viéndonos tal como somos de verdad. Por primera vez. Podemos pasarnos la vida dejando que el mundo nos diga quiénes somos. Si estamos locos o cuerdos. Si somos santos o adictos al sexo. Héroes o víctimas. Dejando que la Historia nos diga si somos buenos o malos.
Dejando que nuestro pasado decida nuestro futuro.
O podemos decidir por nosotros mismos.
Y tal vez nuestro trabajo sea inventar algo mejor.
En los árboles se oye cantar a una paloma torcaz. Debe de ser medianoche.
Y Denny dice:
– Eh, nos iría bien un poco de ayuda.
Paige se acerca y yo también. Los cuatro intentamos meter los dedos por debajo de la piedra. En la oscuridad, la piedra está fría y dura y cuesta una eternidad levantarla, y los cuatro juntos nos dejamos la piel solamente para colocar una piedra encima de otra.
– ¿Conoces a aquella chica de la antigua Grecia? -dice Paige.
¿La que dibujó la silueta de su amante perdido? Le digo que sí.
Y ella dice:
– ¿Sabías que más tarde se olvidó de él e inventó el papel pintado?
Es grotesco, pero aquí estamos, los pioneros, los zumbados de nuestra época, intentando construir nuestra realidad alternativa. Construir un mundo a partir de piedras y caos.
No tengo ni idea de cómo saldrá.
Incluso después de tanto ajetreo, hemos terminado en mitad de la noche en medio de ninguna parte.
Y tal vez la cuestión no sea saber.
El sitio donde estamos ahora, unas ruinas a oscuras, y lo que construimos, podrían ser cualquier cosa.
***
[1]«Ring a ring of roses / A pocket full of posies» (‘Un círculo de rosas / y ramilletes en el bolsillo’) es el principio de la canción con que los niños ingleses acompañan el juego tradicional del corro. (N. del T.)