Louis de Bernières - La mandolina del capitán Corelli

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La mandolina del capitán Corelli: краткое содержание, описание и аннотация

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En plena Segunda Guerra Mundial, la llegada de los italianos trastoca la apacible vida de un remoto pueblo de la es la griega de Cefalonia. Pero aún más la de Pelagia -hija del médico- a causa del oficial italiano, el capitán Corelli, que va a alojarse en su casa. Surgirá el amor. Y también una tragedia que muy pronto interrumpirá la guerra de mentirijillas y la velada confraternización entre italianos y griegos.
Louis de Bernières ha conseguido un bello canto al amor y una afirmación de la vida y todo lo verdaderamente humano que tenemos los hombres y las mujeres. La ternura lírica y la sutil ironía con que está narrado nos envuelve desde la primera página.
Desde el momento de su primera publicación en 1994, La mandolina del capitán Corelli ha sido un éxito continuo con casi dos millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.
Ahora se ha convertido en una inolvidable película protagonizada por Penélope Cruz y Nicholas Cage.

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Pelagia sonrió:

– O sea que a los gatos les gusta la mandolina.

– Es un hecho poco conocido -dijo él con tono confidencial-. Claro que a los gatos les gusta todo lo que tenga tesitura de soprano. Si es de contralto ya no les gusta, así que cuando oyen tocar una guitarra o una viola salen corriendo con la cola levantada. Pero la mandolina sí les gusta.

– Así que los gatos y los vecinos se alegraron del cambio, ¿no?

Él asintió alegremente con la cabeza y continuó:

– Y otra cosa. La gente no sabe que muchos grandes autores han escrito obras para mandolina. No sólo Vivaldi y Hummel, sino también Beethoven.

– Beethoven también -repitió Pelagia. Era uno de aquellos míticos, misteriosos e imponentes nombres que implicaban el súmmum en cuanto a realización humana, un nombre que de hecho no le decía absolutamente nada, puesto que ella nunca había oído, que supiera, nada de Beethoven. Únicamente sabía que era el nombre de un genio omnipotente.

– Cuando termine la guerra -dijo Corelli-, pienso convertirme en concertista profesional, y algún día voy a escribir un estupendo concierto en tres movimientos para mandolina y orquesta de cámara.

– Entonces será rico y famoso, ¿verdad? -bromeó ella.

– Pobre pero feliz. Tendría que buscarme un empleo complementario. ¿Cuál es su sueño? Dijo que quería ser médico.

Pelagia se encogió de hombros, forzando en sus labios una expresión resignada y escéptica.

– No lo sé -dijo al fin-. Bueno, sé que quiero hacer algo, pero no qué. A las mujeres no las dejan ser médicos, ¿verdad?

– Pero puede tener bambinos. Todos deberíamos tener bambinos. Yo pienso tener treinta o cuarenta.

– Pobre de su mujer -repuso Pelagia.

– No tengo mujer, así que los adoptaré.

– Si trabajara de maestro podría estar con niños de día y tener tiempo para tocar por la noche. ¿Por qué no toca algo?

– Dios mío, siempre que me piden que toque me olvido de las piezas que sé, y no me queda más remedio que poner la partitura delante. Es una lata. Ya sé, le tocaré una polca. Es de Persichini. -Cogió la mandolina y tocó dos notas. Se detuvo para hacer una aclaración-: Se me resbala. Es lo que pasa con estas napolitanas que tienen la parte de atrás redondeada. Siempre pienso que debería buscarme una portuguesa, son planas por detrás, pero ¿dónde encuentras una en tiempos de guerra?

Acompañó esta retórica pregunta repitiendo las dos notas de antes, en ritardando, luego tocó cuatro acordes de corchea, a continuación un compás que desbarató toda expectativa al introducir una pausa y un par de semicorcheas, y brevemente se lanzó a una cascada de semicorcheas que dejaron boquiabierta a Pelagia. Ella nunca había oído semejante virtuosismo, y tampoco había conocido una composición musical tan llena de sorpresas. Había vertiginosos trémolos al principio de cada compás, y lugares en que la música vacilaba sin llegar a perder el tempo, o mantenía la misma velocidad pese a parecer que la doblaba o la reducía a la mitad. Lo mejor eran los momentos en que una nota sobreaguda apenas verosímil descendía a un ritmo estimulante por toda la escala e iba a parar a una resonante nota grave que, sin haber tenido apenas tiempo de vibrar, daba paso a una agradable alternancia de graves y agudos. Sintió deseos de bailar o de hacer alguna tontería.

Siguió contemplando maravillada cómo los dedos de la mano izquierda reptaban como una poderosa y amenazante araña arriba y abajo del mástil. Vio cómo los tendones se movían bajo la piel, y luego vio sucederse en el rostro de Corelli una sinfonía de expresiones: seriedad, furia, alguna que otra sonrisa, un aire severo o dictatorial que se volvía persuasivo o dulce. Totalmente pasmada, de pronto comprendió que la música tenía algo que jamás le había sido revelado: no era la simple producción de un sonido agradable; era para quienes la entendían, una odisea emocional e intelectual. Observó la cara del capitán y se olvidó de seguir prestando atención a las notas; quería compartir aquel viaje. Se inclinó hacia adelante y juntó las manos en actitud de oración.

Él repitió la primera parte y concluyó súbitamente con un sonoro acorde que inmediatamente amortiguó dejando a Pelagia privada de algo.

– Ya está -dijo él, enjugándose la frente con la manga.

Pelagia estaba excitada, sentía ganas de saltar y hacer una pirueta. En cambio, dijo:

– Lo que no entiendo es cómo un artista como usted se rebaja a ser soldado.

– No se haga ideas absurdas de los soldados -dijo él, ceñudo-. Todo soldado tiene una madre, sabe, y la mayoría de nosotros acaba siendo granjero o pescador, como todo el mundo.

– Quiero decir que para usted es una pérdida de tiempo, nada más.

– Pues claro que es una pérdida de tiempo. -Se levantó y consultó su reloj-. Carlo ya debería haber llegado. Voy a guardar a Antonia. -La miró, enarcando una ceja-. A propósito, signorina, no he podido evitar ver que lleva una Derringer en el bolsillo.

Pelagia se quedó helada. Pero el capitán prosiguió:

– Entiendo que quiera usted llevar un arma, y de hecho yo no se la he visto. Pero dése cuenta de lo que podría pasar si la ve otra persona. Sobre todo un alemán. Procure ser más discreta.

Ella le miró implorándole con los ojos y él sonrió, le tocó un hombro, se dio unos toquecitos con el índice a un lado de la nariz y guiñó un ojo.

Cuando él se hubo ido, a Pelagia se le ocurrió que a esas alturas podrían haber envenenado al capitán un centenar de veces si hubieran querido. Podrían haber extraído acónito, podrían haber conseguido cicuta, o provocarle un paro cardíaco con digital, y las autoridades jamás habrían sabido la causa de su muerte. Deslizó la mano en el bolsillo del delantal y pasó el dedo por el gatillo con ese movimiento familiar que había ensayado tanto. Sopesó el arma. Estaba bien que el capitán le hubiera hecho saber que respetaba su necesidad de protegerse, de sentirse segura y provocadora por el hecho de poseer un arma de fuego. Además, nadie envenena a un músico, ni siquiera si es italiano; habría sido tan abominable como manchar de excrementos la tumba de un sacerdote.

Esa noche fue el propio doctor quien exigió un concierto. Pelagia y él ocuparon posiciones en el patio mientras el capitán desplegaba sobre la mesa una hoja de papel pautado. La iluminaron e impidieron fuera llevada por la brisa colocando un farol sobre el borde superior. Con toda solemnidad el capitán se sentó y empezó a tocar el golpeador con el plectro.

El doctor enarcó las cejas, perplejo. Aquellos golpecitos no parecían terminar nunca. Puede que el capitán estuviera buscando el ritmo adecuado, puede que se tratara de una de aquellas piezas minimalistas de las que había oído hablar, todo a base de graznidos y chirridos sin ninguna melodía, o puede que fuera la introducción. Miró a Pelagia, que captó su mirada y levantó las manos en señal de no entender nada. Los golpecitos siguieron. El doctor escudriñó la cara del capitán, que parecía totalmente absorto. En situaciones artísticas impenetrables como aquélla, al doctor empezaba a picarle inevitablemente el trasero. Se rebulló en su silla y acabó perdiendo la paciencia:

– Oiga, joven, ¿qué diablos está haciendo? Por lo que me había dicho mi hija, yo esperaba una cosa muy distinta.

– Maldita sea -exclamó el capitán, aniquilada totalmente su concentración-. Estaba a punto de empezar.

– Hombre, ya era hora. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿No será una tontería moderna titulada «Dos botas, una zanahoria y una ramera muerta»?

Corelli se sintió ofendido y habló con tono altivo y desdeñoso:

– Estoy interpretando un concierto para mandolina de Hummel. Los primeros cuarenta y cinco compases y medio son para la orquesta, allegro moderato e grazioso. Han de imaginarse la orquesta. Ahora tendré que empezar desde arriba.

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