Array Array - La guerra del fin del mundo
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Cuando llega a la depresión del terreno donde están los prisioneros, divisa, fumando, mirándolo venir, al Alférez Maranháo, rodeado de un grupo de soldados con esos pantalones bombachos que usan los regimientos gauchos. El Alférez tiene un físico nada imponente, una cara que no delata ese instinto cuchillero al que da rienda suelta en las noches: bajito, delgado, de piel clara, pelos rubios, bigotitos bien recortados y unos ojos azulinos que, de entrada, parecen angelicales. Mientras va hacia él, sin apurarse, sin que una contracción o sombra indique en su cara de rasgos indios pronunciados qué pretende hacer —algo que ni siquiera él sabe — el Coronel Geraldo Macedo comprueba que los gauchos que rodean al Alférez son ocho, que ninguno carga fusil —los tienen alineados en dos pirámides, junto a una barraca — y sí, en cambio, cuchillos a la cintura, igual que Maranháo, quien, además, lleva cartuchera y pistola. El Coronel atraviesa la superficie apretada, aplastada, de espectros femeninos. En cuclillas, tumbadas, sentadas, reclinadas unas contra otras igual que los fusiles de los soldados, la vida parece refugiada únicamente en los ojos que lo miran pasar, de las mujeres prisioneras. Tienen niños en brazos, faldas, atados a la espalda o tendidos a su lado en el suelo. Cuando está a un par de metros, el Alférez Maranháo arroja el cigarrillo y se pone en posición de firmes. —Dos cosas, Alférez —dice el Coronel Macedo, tan cerca de él que el aire de sus palabras debe soplarle al sureño en la cara como un vientecito tibio—. La primera: averigüe entre las prisioneras dónde murió Joáo Abade, o, si no murió, qué ha sido de él. —Ya han sido interrogadas, Excelencia —dice el Alférez Maranháo, con docilidad—. Por un teniente de su Batallón. Y luego por tres policías, a los que tuve que reprender por insolentes. Supongo que le han informado. Ninguna sabe nada de Joáo Abade. —Probemos de nuevo, a ver si tenemos más suerte —dice con el mismo tono Geraldo Macedo: neutro, impersonal, contenido, sin rastro de animosidad—. Quiero que las interrogue en persona.
Sus ojitos pequeños, oscuros, con patas de gallo en las esquinas, no se apartan de los ojos claros, sorprendidos, desconfiados, del joven oficial; no estañean, no se mueven a derecha ni a izquierda. El Coronel Macedo sabe, porque se lo dicen sus oídos o su intuición, que los ocho soldados de su derecha, se han puesto rígidos y que los ojos de todas las mujeres están letárgicamente posados en él.
—Voy a interrogarlas, entonces —dice, después de un momento de vacilación, el oficial. Mientras el Alférez, con una lentitud que traduce su desconcierto por la «ten que no alcanza a saber si le ha sido dada porque el Coronel quiere hacer una última intentona para averiguar la suerte del bandido, o con la intención de hacerle sentir su autoridad, recorre el mar de harapos que se abre y se cierra a su paso, preguntando por Joáo Abade, Geraldo Macedo no se vuelve ni una vez a mirar a los soldados gauchos. Ostensiblemente les da la espalda y, con las manos en la cintura, el quepis tirado para atrás, en una postura que es la suya pero también la típica de cualquier vaquero del sertón, sigue el recorrido del Alférez entre las prisioneras. A lo lejos, detrás de las elevaciones de terreno, todavía se escuchan explosiones. Ninguna voz responde a las preguntas del Alférez; cuando éste se detiene frente a una prisionera y, mirándola a los ojos, la interroga, ella se limita a mover la cabeza. Concentrado en lo que ha venido a hacer, toda su atención en los ruidos que vienen de donde están los ocho soldados, el Coronel Macedo tiene tiempo de pensar que es extraño que en una muchedumbre de mujeres reine semejante silencio, que es raro que tantos niños no lloren de sed, de hambre o de miedo, y se le ocurre que muchos de los diminutos esqueletos están ya muertos.
—Ya ve, es en vano —dice el Alférez Maranháo, deteniéndose frente a él —. Ninguna sabe nada, como le previne.
—Lástima —reflexiona el Coronel Macedo—. Me voy a ir de acá sin saber qué fue de Joáo Abade.
Sigue en el mismo sitio, dando siempre la espalda a los ocho soldados, mirando fijamente los ojos claros y la cara blancuzca del Alférez, cuyo nerviosismo se va reflejando en su expresión.
—En qué otra cosa puedo servirlo —musita, por fin.
—¿Usted es de muy lejos de aquí, no es cierto? —dice el Coronel Macedo—. Entonces, seguramente no sabe cuál es para los sertaneros la peor ofensa.
El Alférez Maranháo está muy serio, con el ceño fruncido, y el Coronel se da cuenta que no puede esperar más, pues aquél terminará sacando su arma. Con un movimiento fulminante, imprevisible, fuertísimo, golpea esa cara blanca con la mano abierta. El golpe derriba al Alférez, quien no alcanza a ponerse de pie y permanece a cuatro patas mirando al Coronel Macedo, que ha dado un paso para ponerse junto a él, y le advierte: —Si se levanta, está muerto. Y si trata de coger su revólver, por supuesto. Lo mira fríamente a los ojos y tampoco ahora ha cambiado el tono de voz. Ve la duda en la cara enrojecida del Alférez, a sus pies, y ya sabe que el sureño no se levantará ni intentará sacar el revólver. Él no ha sacado el suyo, por lo demás, se ha limitado a llevar la mano derecha a la cintura, a ponerla a milímetros de la cartuchera. Pero, en realidad, está pendiente de lo que pasa a su espalda, adivinando lo que piensan, sienten, los ocho soldados al ver a su jefe en ese trance. Pero unos segundos después está seguro que tampoco harán nada, que también ellos han perdido la partida.
—Ponerle la mano a un hombre en la cara, así como se la he puesto —dice, mientras se abre la bragueta, velozmente se saca el sexo y ve salir el chorrito de orina transparente que salpica el fundillo del Alférez Maranháo—. Pero todavía peor que eso es mearle encima.
Mientras se guarda el sexo y se abotona la bragueta, los oídos siempre atentos a lo que ocurre a su espalda, ve que el Alférez se ha puesto a temblar, igual que un hombre con tercianas, ve que se le saltan las lágrimas y que no sabe qué hacer con su cuerpo, con su alma.
—A mí no me importa que me digan Cazabandidos, porque lo he sido —dice, por fin, viendo enderezarse al Alférez, viéndolo llorar, temblar, sabiendo cuánto lo odia y que tampoco ahora sacará la pistola—. Pero a mis hombres no les gusta que los llamen traidores a la República, pues es falso. Son tan republicanos y patriotas como el que más.
Acaricia con la lengua su diente de oro, muy de prisa.
—Le quedan tres cosas por hacer, Alférez —dice, por último—. Presentar una queja al Comando, acusándome de abuso de autoridad. Puede que me degraden y hasta echen del servicio. No me importaría tanto, pues mientras haya bandidos siempre podré ganarme la vida cazándolos. La segunda, es venir a pedirme explicaciones para que usted y yo arreglemos esto en privado, quitándonos los galones, a revólver o a faca o con el arma de su preferencia. Y, la tercera, tratar de matarme por la espalda. A ver por cuál se decide.
Se lleva la mano al quepis y hace un simulacro de saludo. Esa última ojeada, le hace saber que su víctima elegirá la primera, tal vez la segunda, pero no la tercera opción, por lo menos no en este momento. Se aleja, sin dignarse mirar a los ocho soldados gauchos, que aún no se han movido. Cuando está saliendo de entre los esqueletos andrajosos para enrumbar a su campamento, dos garfios flacos se prenden de su bota. Es una viejecita sin pelos, menuda como una niña, que lo mira a través de sus légañas: —¿Quieres saber de Joáo Abade? —balbucea su boca sin dientes. —Quiero —asiente el Coronel Macedo—. ¿Lo viste morir? La viejecita niega y hace chasquear la lengua, como si chupara algo. —¿Se escapó entonces?
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