Array Array - La guerra del fin del mundo
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—El General prometió que no quedaría piedra sobre piedra —dice el Teniente Soares—. Ha dado orden de que dinamiten las paredes que no se han desmoronado. —Vaya desperdicio —murmura el Coronel. Tiene la boca entreabierta bajo el pañuelo y, como cada vez que reflexiona, está lamiéndose su diente de oro. Mira con pesadumbre la extensión de escombros, pestilencia y carroña. Termina por encogerse de hombros—. Bueno, nos iremos sin saber si murió o escapó.
Siempre tapándose las narices, él y su adjunto emprenden el regreso al campamento. Poco después, a sus espaldas, comienzan las explosiones.
—¿Puedo hacerle una pregunta, Excelencia? —dice el Teniente Soares, gangoso bajo el pañuelo. El Coronel Macedo asiente—. ¿Por qué le importa tanto el cadáver de Joáo Abade?
—Es una vieja historia —gruñe el Coronel. También su voz suena gangosa. Sus ojitos oscuros buscan, aquí y allá—. Una historia que yo comencé, parece. Eso dicen, al menos. Porque yo maté al padre de Joáo Abade, hace lo menos treinta años. Era un coitero de Antonio Silvino, en Custodia. Dicen que se hizo cangaceiro para vengar al padre. Y después, bueno… —Se vuelve a mirar a su adjunto y se siente, de pronto, viejo—. ¿Cuántos años tienes? —Veintidós, Excelencia.
—Con razón no sabes quién era Joáo Abade —gruñe el Coronel Macedo. —El jefe militar de Canudos, un gran desalmado —replica el Teniente Soares. —Un gran desalmado —asiente el Coronel Macedo—. El más feroz de Bahía. El que siempre se me escapó. Lo perseguí diez años. Varias veces estuve a punto de ponerle la mano encima. Siempre se me escurría. Decían que había hecho pacto. Lo llamaban Satán, en ese tiempo.
—Ahora entiendo por qué quiere encontrarlo —sonreía el Teniente Soares—. Para ver si esta vez no se le escapó.
—En realidad, no sé por qué —gruñe el Coronel Macedo, encogiéndose de hombros—. Porque me recuerda la juventud, tal vez. Cazar bandidos era mejor que este aburrimiento.
Hay un rosario de explosiones y el Coronel Macedo puede ver que, desde las faldas y cumbres de los cerros, millares de personas contemplan cómo vuelan por los aires las últimas paredes de Canudos. No es un espectáculo que le interese y no se molesta en mirar; sigue caminando hacia el acantonamiento del Batallón de Voluntarios Bahianos, al pie de la Favela, inmediatamente detrás de las trincheras del Vassa Barris.
—La verdad, hay cosas que no entran en la cabeza, aunque uno la tenga grande —dice, escupiendo el mal sabor que le ha dejado la frustrada exploración—. Primero, mandar contar casas que ya no son casas sino ruinas. Y ahora, mandar dinamitar piedras y adobes. ¿Tú entiendes para qué estuvo contando las casas esa Comisión del Coronel Dantas Barreto?
Se habían pasado toda la mañana, entre las miasmas humeantes, y establecido que hubo cinco mil doscientas casas en Canudos.
—Se les ha armado un embrollo y no les sale la cuenta —se burla el Teniente Soares—. Calcularon cinco personas por casa. O sea, unos treinta mil yagunzos. Pero la Comisión del Coronel Dantas Barreto encontró apenas seiscientos cuarenta y siete cadáveres.
—Porque sólo contó cadáveres enteros —gruñe el Coronel Macedo—. Se olvidó de los pedazos, de los huesos, y así es como quedó la mayoría. Cada loco con su lema. En el campamento, espera al Coronel Geraldo Macedo un drama, uno más de los que han jalonado la estancia de los policías bahianos en el cerco de Canudos. Los oficiales tratan de calmar a los hombres ordenándoles que se dispersen y que dejen de hablar del asunto. Han puesto guardias en todo el perímetro del acantonamiento, temiendo una estampida de los policías bahianos para ir a dar su merecido a quienes los han provocado. Por la cólera empozada en los ojos y los rictus de sus hombres, el Coronel Macedo comprende que el incidente ha sido de los graves. Pero, antes de escuchar ninguna explicación, recrimina a sus oficiales:
— ¡O sea que mis órdenes no se obedecen! ¡O sea que, en lugar de buscar al bandido, permiten que la gente se ponga a pelear! ¿No he dicho que eviten las peleas? Pero sus órdenes se han respetado a la letra. Patrullas de policías bahianos han estado recorriendo Canudos hasta que el comando las hizo retirar, para que entraran en acción los zapadores. El incidente ha surgido, justamente, con una de esas patrullas que buscaban el cadáver de Joáo Abade, tres bahianos que, siguiendo la barrera del cementerio y las Iglesias, fueron hasta esa depresión que debió ser alguna vez un arroyo o brazo de río y que es uno de los puntos donde se hallan concentrados los prisioneros, esos pocos centenares de personas que son ahora casi exclusivamente niños y mujeres, porque los hombres que había entre ellos ya fueron pasados a faca por la cuadrilla del Alférez Maranháo, de quien se dice que se ha ofrecido como voluntario para esa misión porque los yagunzos emboscaron hace unos meses a su compañía, dejándolo con ocho hombres válidos de cincuenta que eran. Los policías bahianos se acercaron a preguntar a los prisioneros si sabían algo de Joáo Abade y en eso uno de ellos reconoció, en una prisionera, a una pariente del pueblo de Mirangaba. Al verlo abrazar a una yagunza, el Alférez Maranháo comenzó a insultarlo y a decir, señalándolo, que ahí estaba la prueba de cómo los policías del Cazabandidos, pese a llevar uniforme republicano, eran traidores de alma. Y cuando el policía trató de protestar, el Alférez, en un arrebato de cólera, lo tumbó al suelo de un puñetazo. Él y sus dos compañeros fueron corridos por los gauchos de la cuadrilla, que desde lejos los llamaban «¡yagunzos!». Han vuelto al campamento temblando de cólera, y alborotado a sus compañeros que, desde hace una hora, murmuran y quieren ir a tomarse el desquite de esos insultos. Era lo que el Coronel Geraldo Macedo esperaba: un incidente, igual a veinte o treinta otros, ocurridos por lo mismo y casi con las mismas palabras.
Pero, esta vez, a diferencia de todas las otras veces, en que calma a sus hombres y, a lo más, presenta una queja al General Barboza, jefe de la Primera Columna a la que está adscrito el Batallón de Voluntarios de la Policía Bahiana, o al propio Comandante de las
Fuerzas Expedicionarias, General Artur Osear, si considera el asunto muy serio, Geraldo Macedo siente un burbujeo curioso, sintomático, uno de aquellos pálpitos a los que debe la vida y los galones.
—Ese Maranháo no es un tipo que merezca respeto —comenta, lamiéndose con rapidez el diente de oro—. Pasarse las noches despescuezando prisioneros no se puede decir que sea oficio de soldado, sino más bien de carnicero. ¿No les parece?
Sus oficiales quedan quietos, se miran entre ellos y, mientras habla y se lame el diente dorado, el Coronel Macedo nota la sorpresa, la curiosidad, la satisfacción en las caras del Capitán Souza, del Capitán Jerónimo, del Capitán Tejada y del Teniente Soares. —Así que no creo que un carnicero gaucho se pueda dar el lujo de maltratar a mis hombres, ni de llamarnos traidores a la República —añade—. Su obligación es respetarnos. ¿No es verdad?
Sus oficiales no se mueven. Sabe que hay en ellos sentimientos encontrados, alegría por lo que sus palabras dejan suponer y cierta inquietud.
—Espérenme aquí, nadie dé un paso fuera del campamento —dice, echándose a andar. Y como sus subordinados protestan al mismo tiempo y exigen acompañarlo, los contiene secamente —: Es una orden. Voy a arreglar este problema solo.
No sabe qué va a hacer, cuando sale del campamento, seguido, apoyado, admirado por los trescientos hombres, cuyas miradas siente a la espalda como una presión cálida; pero va a hacer algo, porque ha sentido rabia. No es un hombre rabioso, no lo fue ni siquiera de joven, a esa edad en que todos son rabiosos, y más bien ha tenido fama de no inmutarse sino en raras ocasiones. La frialdad le ha salvado la vida muchas veces. Pero ahora tiene rabia, un cosquilleo en el vientre que es como el chasquido de la mecha que antecede al estallido de una carga de pólvora. ¿Tiene rabia porque ese cortador de pescuezos lo llamó Cazabandidos y traidores a la República a los voluntarios bahianos, por que abusó de sus policías? Ésa es la gota que colma el vaso. Camina despacio, mirando los cascajos la tierra agrietada, sordo a las explosiones que demuelen Canudos, ciego a las sombras de los urubús que trazan círculos sobre su cabeza y, entretanto, sus manos, en un movimiento autónomo, veloz y eficiente como en sus buenos tiempos, pues los años han ajado algo su piel y encorvado un poco su espalda, pero no embotado sus reflejos ni la agilidad de sus dedos, saca el revólver de la cartuchera, lo abre, verifica si hay seis proyectiles en los seis orificios del tambor, y lo vuelve a su funda. La gota que colma el vaso. Porque ésta, que iba a ser la mejor experiencia de su vida, la coronación de esa arriesgada carrera hacia la respetabilidad, ha resultado, más bien, una serie de desilusiones y disgustos. En vez de ser reconocido y bien tratado, como jefe de un Batallón que representa a Bahía en esta guerra, ha sido discriminado, humillado y ofendido, en su persona y en sus hombres y ni siquiera le han dado la oportunidad de mostrar lo que vale. Su única proeza ha sido hasta ahora demostrar paciencia. Un fracaso esta campaña, al menos para él. Ni se da cuenta de los soldados que se cruzan en su camino y lo saludan.
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