Array Array - La guerra del fin del mundo
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—Por allá, por allá, a Niño Jesús, a San Eloy, a San Pedro. Esas barreras aguantan. Escapa, anda allá.
Lo suelta y se pierde en el entrevero de las Iglesias y el Santuario. El León de Natuba, sin la mano que lo tenía suspendido, se desbarata por el suelo. Pero permanece allí sólo un instante, mientras recompone esos huesos que parecen haberse descolocado en la carrera. Es como si el empujón que le ha dado el jefe de la Guardia Católica hubiera activado un secreto motor, pues el León de Natuba echa de nuevo a trotar, por entre los escombros y las basuras de lo que fue Campo Grande, la única que por su anchura y alineación merecía el nombre de calle y que es ahora, como las otras, un campo erupcionado de huecos, derrumbes y cadáveres. No ve nada de eso que deja atrás, que va sorteando, pegado al suelo, no siente las raspaduras, golpes, aguijones de los pedruscos y vidrios, pues todo en él está absorbido en el empeño de llegar adonde le han dicho, el callejón del Niño Jesús, el de San Eloy y San Pedro Mártir, esa viborilla que zigzaguea hasta la Madre Iglesia. Allá estará a salvo, allá, durará, durará. Pero al doblar en la tercera esquina de Campo Grande, por lo que era Niño Jesús y es ahora un túnel atestado, oye ráfagas de fusilería y ve llamaradas rojizas, amarillentas, espirales grisáceas elevándose hacia el cielo. Queda acuclillado contra una carretilla volcada y una valla de estacas que es todo lo que sobrevive de esa vivienda, dudando. ¿Tiene sentido ir al encuentro de esas llamas, de esas balas? ¿No es preferible regresar? Calle arriba, donde se cruzan Niño Jesús y la Madre Iglesia, divisa siluetas, grupos, en un ir y venir sin prisas, parsimonioso. Ahí está, pues, la barrera. Mejor llegar allá, mejor morir donde haya otras personas.
Pero no está tan solo como cree, pues, a medida que trepa la cuesta del Niño Jesús, a brincos, su nombre sale de la tierra, voceado, gritado, a derecha y a izquierda: «¡León! ¡León! ¡Ven aquí! ¡Cúbrete, León! ¡Escóndete, León!». ¿Dónde, dónde? No ve a nadie y sigue avanzando sobre montones de tierra, ruinas, desechos y cadáveres, algunos desventrados, con las vísceras esparcidas y pedazos de carne arrancados por la metralla hace ya muchas horas, acaso días, a juzgar por esa pestilencia que lo rodea y que, junto con la humareda que le sale al encuentro, lo hace lagrimear y lo sofoca. Y, de pronto, ahí están los soldados. Seis, tres de ellos con antorchas que van mojando en una lata que lleva otro y que debe contener kerosene, pues luego de mojarlas las encienden y las avientan a las viviendas, al mismo tiempo que los demás disparan a quemarropa sus fusiles contra esas mismas casas. Está a menos de diez pasos de ellos, en el lugar donde ha quedado paralizado al verlos, y los mira aturdido, medio cegado, cuando estalla el tiroteo en todo su rededor. Se aplasta contra el suelo, pero sin cerrar esos ojos que, fascinados, ven desmoronarse, torcerse, rugir, soltar los fusiles, a los soldados alcanzados por la balacera. ¿De dónde, de dónde? Uno de los ateos rueda cogiéndose la
cara hasta él. Lo ve quedarse quieto con la lengua fuera de la boca. ¿De dónde los han tiroteado, dónde están los yagunzos? Permanece al acecho, atento a los caídos, sus ojos saltando de uno a otro, esperando que uno de los cadáveres se incorpore y venga a rematarlo.
Pero lo que ve es algo pegado a tierra, rampante, rápido, salido como una lombriz de una vivienda y cuando piensa «¡un párvulo!» ya el chiquillo no es uno sino tres, los otros llegados también reptando. Los tres escarban y tironean a los muertos. No los están desnudando, como el León de Natuba cree al principio: les arrebataban las bolas de proyectiles y las cantimploras. Y uno de los «párvulos» se demora todavía en clavarle al soldado más próximo —que él creía cadáver y por lo visto es moribundo — una faca grande como un brazo, con la que lo ve izarse haciendo fuerza.
«León, León». Es otro «párvulo», haciéndole señas de que lo siga. El León de Natuba lo ve perderse por la puerta semiabierta de una de las viviendas, en tanto que los otros se alejan en direcciones contrarias, jalando su botín, y sólo entonces le obedece su cuerpecillo petrificado por el pánico y puede arrastrarse hasta allí. Unas manos enérgicas lo reciben en el umbral. Se siente alzado, pasado a otras manos, bajado, y oye a una mujer: «Pásenle la cantimplora». Se la ponen en las manos sangrantes, y se la lleva a la boca. Bebe un largo trago, cerrando los ojos, agradecido, conmovido por esa sensación de milagro que es el líquido humedeciendo esas entrañas que parecen brasas. Mientras responde a las seis o siete personas armadas que están en el pozo abierto en el interior de la vivienda —caras tiznadas, sudorosas, algunas vendadas, irreconocibles — y les cuenta, jadeando, lo que ha podido ver en la explanada de las Iglesias y mientras venía hacia aquí, se da cuenta que el pozo es un túnel. Entre sus piernas se materializa un «párvulo», diciendo: «Más perros con fuego, Salustiano». Quienes lo estaban escuchando se agitan, lo hacen a un lado, y en ese momento se da cuenta que dos de ellos son mujeres. También tienen fusiles, también apuntan con un ojo cerrado hacia la calle. A través de las estacas, como una imagen recurrente, el León de Natuba ve perfilarse otra vez siluetas de soldados con antorchas encendidas que arrojan a las casas. «¡Fuego!», grita un yagunzo y la habitación se llena de humo. El León oye la explosión, oye otras explosiones próximas. Cuando se despeja un poco de humo, dos «párvulos» saltan del pozo y reptan a la calle en busca de las municiones y cantimploras. —Los dejamos acercarse y los fusilamos, así no escapan —dice uno de los yagunzos, mientras limpia su fusil.
—Prendieron tu casa, Salustiano —dice una mujer. —Y la de Joáo Abade —añade éste.
Son las del frente; se han inflamado juntas y, bajo el crujido de las llamas, se percibe agitación, voces, gritos que llegan hasta ellos con gruesas bocanadas de humo que apenas dejan respirar.
—Quieren achicharrarnos, León —dice tranquilamente otro de los yagungos del pozo—. Todos los masones entran con antorchas.
El humo es tan denso que el León de Natuba comienza a toser, a la vez que esa mente activa, creativa, funcionante, recuerda algo que el Consejero dijo alguna vez, que él escribió y que debe de estar también carbonizándose en los cuadernos del Santuario: «Habrá tres fuegos. Los tres primeros los apagaré y el cuarto se lo ofreceré al Buen Jesús». Dice fuerte, ahogándose: «¿Es éste el cuarto fuego, es éste el último fuego?». Alguien pregunta, con timidez: «¿Y el Consejero, León?». Lo está esperando, desde que entró a la vivienda sabía que alguno se atrevería a preguntárselo. Ve, entre las lenguas humosas, siete, ocho caras graves y esperanzadas. —Subió —tose el León de Natuba—. Se lo llevaron los ángeles.
Otro acceso le cierra los ojos y lo dobla en dos. En la desesperación que es la falta de aire, sentir que los pulmones se anchan, sufren, sin recibir lo que ansían, piensa que ahora sí es el final, que sin duda no subirá al cielo pues ni siquiera en este instante consigue creer en el cielo, y oye entre sueños que los yagunzos tosen, discuten y al final deciden que no pueden seguir aquí pues el fuego va a extenderse hasta esta casa. «León, nos vamos», oye, «Agáchate, León», y él, que no puede abrir los ojos, estira las manos y siente que lo cogen, tiran de él y lo arrastran. ¿Cuánto dura ese desplazamiento a ciegas, ahogándose, golpeándose contra paredes, palos, gentes que le obstruyen el paso y lo tienen rebotando, a un lado, a otro lado, hacia adelante, por el estrecho, curvo pasadizo de tierra en el que, de tanto en tanto, lo ayudan a encaramarse por un pozo excavado en el interior de una vivienda para luego volver a sepultarlo en la tierra y a arrastrarlo? Quizá minutos, quizá horas, pero a lo largo de todo el trayecto su inteligencia no deja un segundo de pasar revista a mil cosas, de resucitar mil imágenes, concentrada en sí misma, ordenando a su cuerpecillo que resista, que dure por lo menos hasta la salida del túnel y asombrándose de que su cuerpo le obedezca y no se deshaga en pedazos como le parece que va a ocurrir a cada instante.
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