Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Los animales de la carpa de las fieras no se muestran menos felices de vernos: los monos chillan y se balancean en las barras de sus jaulas, dedicándonos sonrisas dentudas. Los carnívoros pasean. Los herbívoros alargan las cabezas gruñendo, gimiendo y hasta bramando agitados.

Abro la puerta del orangután y dejo en el suelo un recipiente de frutas, verduras y nueces. Cuando la cierro, saca su largo brazo entre los barrotes y señala una naranja de otro recipiente.

– ¿Eso? ¿Quieres eso?

Sigue señalándola mientras me mira fijamente. Sus rasgos son cóncavos, su cara como un ancho plato ribeteado de pelo rojo. Es la cosa más chocante y hermosa que he visto en mi vida.

– Toma -le digo dándole la naranja-. Puedes comértela.

La agarra y la deja en el suelo. Luego vuelve a alargar la mano. Tras algunos segundos de absoluta incomprensión, le ofrezco la mía. La envuelve con sus largos dedos y después la suelta. Se sienta sobre sus posaderas y pela la naranja.

Me quedo mirando asombrado. Me estaba dando las gracias.

– Bueno, pues ya está -dice August cuando salimos de la carpa. Me pone una mano encima del hombro-. Acompáñame a tomar un trago, muchacho. Hay limonada en la tienda de Marlena, y no es el zumo de calcetín que dan en el puesto de bebidas. Le pondremos una gotita de whisky, ¿eh, eh?

– Voy dentro de un momento -digo-. Tengo que echar un vistazo a los otros animales.

Debido a la peculiar situación de los animales de carga de los Hermanos Fox -cuyo número no deja de descender en toda la tarde-, yo me he ocupado de que se les diera agua y comida. Pero todavía no he visto cómo se encuentran los exóticos y los de pista.

– No -dice August con firmeza-. Ven conmigo ahora mismo.

Le miro, sorprendido por su tono.

– Vale. Está bien -digo-. ¿Sabes si se les ha dado agua y comida?

– Ya se les dará. Más tarde.

– ¿Cómo? -pregunto.

– Ya se les dará agua y comida. Más tarde.

– August, hace casi cuarenta grados. No podemos dejarles sin agua por lo menos.

– Podemos y lo haremos. Así es como Tío Al hace negocios. El alcalde y él van a jugar al farol un rato, entonces el alcalde se dará cuenta de que no sabe qué hacer con las jirafas, las cebras y los leones, bajará los precios y entonces, y sólo entonces, entraremos en escena.

– Lo siento, pero no puedo hacer eso -digo dándome la vuelta para irme.

Su mano se cierra alrededor de mi brazo. Se pone delante de mí y se me acerca hasta que su cara está a escasos centímetros de la mía. Me pasa un dedo por la mejilla.

– Claro que puedes. Se les va a cuidar. Pero no ahora mismo. Así es como funcionan las cosas.

– Es una gilipollez.

– Tío Al ha convertido en un arte su manera de construir su circo. Somos lo que somos gracias a eso. ¿Quién demonios sabe lo que hay en esa carpa? Si es algo que no le interesa, vale. ¿A quién le importa? Pero si es algo que desea y tú le chafas la negociación y tiene que pagar más por tu culpa, puedes estar seguro de que Al te va a chafar a ti. ¿Lo has entendido? -habla con los dientes apretados-. ¿Lo… has… entendido? -repite, haciendo una pausa después de cada palabra.

Le miro a los ojos, que no parpadean.

– Perfectamente -digo.

– Bien -dice. Retira el dedo de mi cara y retrocede un paso-. Bien -dice otra vez asintiendo con la cabeza y permitiendo que se le relaje la cara. Suelta una carcajada forzada-. Te diré una cosa: ese whisky nos va a venir muy bien.

– Creo que voy a pasar.

Me mira un instante y se encoge de hombros.

– Como quieras -dice.

Me siento a cierta distancia de la carpa en la que se alojan los animales abandonados y la contemplo con creciente consternación. Una inesperada ráfaga de viento ahueca una de las paredes laterales. No corre ni la más leve brisa. Nunca he sido más consciente del calor que cae sobre mi cabeza y de la sequedad de mi garganta. Me quito el sombrero y me paso un brazo mugriento por la frente.

Cuando la bandera naranja y azul se iza sobre la cantina anunciando la cena, un puñado de nuevos empleados del circo de los Hermanos Benzini se suman a la fila, reconocibles por los tickets rojos que llevan en la mano. El hombre gordo ha tenido suerte, lo mismo que la mujer barbuda y un grupo de enanos. Tío Al sólo se ha quedado con artistas, aunque un pobre desgraciado se ha encontrado nuevamente despedido en cuestión de minutos cuando August le ha pillado mirando a Marlena con una excesiva admiración al salir del vagón de dirección.

Otros cuantos intentan meterse en la fila, pero ninguno consigue burlar a Ezra. Su único trabajo consiste en conocer a todos los trabajadores del circo, y Dios sabe que se le da muy bien. Cuando señala con el pulgar a uno de ellos, Blackie interviene para hacerse cargo. Uno o dos de los rechazados logran trincar un puñado de comida antes de salir de la cantina volando por los aires.

Hombres sombríos y silenciosos recorren el perímetro con ojos de hambre. Cuando Marlena se retira del mostrador de la comida, uno de los hombres se dirige a ella. Es alto y flaco, con las mejillas marcadas por profundas arrugas. En otras circunstancias, probablemente sería guapo.

– Señora… Oiga, señora. ¿Puede darme un poco? ¿Un trozo de pan nada más?

Marlena se para y le observa. Su expresión es vacía, su mirada desesperada. Ella mira su plato.

– Venga, señora. Tenga corazón. No he comido desde hace dos días -se pasa la lengua por los labios agrietados.

– Sigue adelante -le dice August a Marlena tomándola del codo y llevándola con firmeza hacia la mesa del centro de la carpa. No es nuestra mesa habitual, pero he notado que la gente no suele discutir con August. Marlena se sienta en silencio, mirando de vez en cuando al hombre de fuera.

– Oh, no hay nada que hacer -dice ella tirando los cubiertos sobre la mesa-. No puedo comer con esa pobre gente ahí fuera -se levanta y coge su plato.

– ¿Adónde vas? -le pregunta August secamente.

Marlena le devuelve la mirada.

– ¿Cómo voy a sentarme aquí y comer cuando ellos no han probado bocado en dos días?

– Ni se te ocurra darle eso -dice August-. Y ahora siéntate.

Los ocupantes de algunas otras mesas se vuelven a mirarnos. August les sonríe con nerviosismo y se inclina hacia Marlena.

– Cariño -le dice atropelladamente-, sé que esto es muy duro para ti. Pero si le das la comida a ese hombre, le animarás a seguir merodeando, y luego ¿qué? Tío Al ya ha escogido a los trabajadores. Éste no ha sido uno de ellos. Tiene que seguir su camino y ya está, y cuanto antes mejor. Es por su bien. Ésa es la verdadera generosidad.

Marlena contrae los ojos. Deja el plato en la mesa, pincha una chuleta de cerdo con el tenedor y la pone encima de una rebanada de pan. Le quita el pan a August, lo pone encima de la chuleta y sale como una exhalación.

– ¿Adónde crees que vas? -grita August.

Ella va directa hasta el hombre flaco, le agarra una mano y le planta el bocadillo en ella. Luego se marcha entre los aplausos dispersos y los silbidos del lado de los trabajadores.

August tiembla de rabia, una vena palpita en su sien. Al cabo de unos instantes se levanta y coge su plato. Tira su contenido en el cubo de la basura y se va.

Yo miro mi plato. Está repleto de chuletas de cerdo, verduras y puré de patatas. He trabajado como una mula todo el día, pero no puedo probar bocado.

A pesar de que son casi las siete de la tarde, el sol está todavía alto y el aire es cálido. El terreno es muy diferente al que hemos dejado en el noroeste. Aquí es llano y seco como un hueso. La explanada está cubierta de hierba, pero es marrón y está pisoteada, quebradiza como la paja. En los límites, cerca de las vías, han crecido largos hierbajos -plantas resistentes con tallos finos, hojas pequeñas y flores compactas- concebidos para no perder más energía que la necesaria para alzar sus brotes al cielo.

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