Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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– No es ninguna tontería, señor Jankowski -dice acercándose a la ventana para abrir las persianas-. No lo es en absoluto. Nunca lo había pensado y le doy las gracias por haberme abierto los ojos.

¿Se está burlando de mí? Entorno los ojos para examinar su rostro en busca de alguna señal.

– Bien, ¿y tengo razón al pensar que prefiere tomar el desayuno en su habitación?

No contesto, porque todavía no estoy muy seguro de si me está tomando el pelo. Sí lo estoy de que, a estas alturas, han anotado esa preferencia en mi ficha, pero me hacen la misma pregunta todas las mañanas. Por supuesto, preferiría tomar el desayuno en el comedor. Desayunar en la habitación hace que me sienta como un inválido. Pero al desayuno le sigue el cambio matinal de pañales y el hedor de las heces llena el corredor y me produce arcadas. Hasta una o dos horas después de que hayan limpiado, alimentado y aparcado a todos los incapacitados fuera de sus habitaciones no es seguro sacar la cabeza.

– Bueno, señor Jankowski, si espera que la gente haga las cosas como usted quiere, va a tener que dar algunas pistas de cómo es eso.

– Sí. Por favor. Lo tomaré aquí -digo.

– Muy bien. ¿Quiere darse la ducha antes o después de desayunar?

– ¿Qué le hace pensar que necesito una ducha? -digo con tono ofendido, a pesar de que no estoy muy seguro de no necesitarla.

– Porque hoy es el día que vienen a visitarle sus familiares -dice desplegando otra vez su enorme sonrisa-. Y porque he pensado que le gustaría estar fresco y arreglado para su salida de esta tarde.

¿Mi salida? ¡Ah, sí! El circo. Tengo que decir que despertar dos días seguidos con la perspectiva de ir al circo ha sido muy agradable.

– Creo que me la daré después del desayuno, si no le importa -digo con amabilidad.

Una de las mayores indignidades de ser mayor es que la gente se empeña en ayudarte a hacer cosas como bañarte o ir al lavabo.

La verdad es que no necesito ayuda para ninguna de las dos, pero también les da tanto miedo que resbale y me rompa la cadera otra vez que me acompañan tanto si quiero como si no. Siempre insisto en entrar al baño yo solo, pero siempre viene alguien conmigo, por si acaso, y, por alguna extraña razón, siempre es una mujer. A quien le haya tocado le digo que se dé la vuelta mientras me bajo los pantalones y me siento, y luego le pido que salga hasta que haya terminado.

Bañarse es todavía más bochornoso, porque me tengo que desnudar hasta quedarme como vine al mundo delante de una enfermera. Y claro, hay cosas que nunca mueren, o sea que, a pesar de tener más de noventa años, el tallo se me levanta de vez en cuando. No puedo evitarlo. Ellas siempre hacen como que no se dan cuenta. Supongo que están adiestradas para eso, aunque hacer como que no se dan cuenta es todavía peor que darse cuenta. Significa que no me consideran más que un viejo inofensivo pertrechado de un pene inofensivo que todavía se pone tieso en alguna ocasión. Aunque si alguna de ellas se lo tomara en serio e intentara hacer algo al respecto, probablemente me moriría de la impresión.

Rosemary me ayuda a entrar en la cabina de la ducha.

– Eso es, y ahora sujétese bien a esa barra de allí…

– Lo sé, lo sé. Ya me he dado otras duchas -digo agarrándome a la barra y sentándome con cuidado en la silla de baño. Rosemary desliza la alcachofa de la ducha por la guía para que pueda alcanzarla.

– ¿Qué tal está de temperatura, señor Jankowski? -pregunta poniendo la mano debajo del chorro y manteniendo la mirada discretamente retirada.

– Bien. Dame el champú y sal fuera, ¿quieres?

– Vaya, señor Jankowski, hoy sí que está de mal humor, ¿eh? -abre el bote de champú y vierte unas gotas en la palma de mi mano. No necesito más. Sólo me quedan una docena de pelos más o menos.

– Déme una voz si necesita algo -dice corriendo la cortina-. Estoy aquí al lado.

– Brrrrmf-digo.

Una vez que se ha ido disfruto bastante de la ducha. Saco la alcachofa de su horquilla y me paso el chorro pegado al cuerpo, recorriendo los hombros y la espalda, y por encima de todos los miembros escuálidos. Incluso echo la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y dejo que el chorro me dé en la cara. Imagino que es una tormenta tropical; sacudo la cabeza y gozo con ella. Y también disfruto de la sensación allí abajo, esa arrugada serpiente rosa que engendró cinco hijos hace tanto tiempo.

A veces, cuando estoy en la cama, cierro los ojos y recuerdo el aspecto -y, sobre todo, el tacto- del cuerpo desnudo de una mujer. Por lo general es el de mi mujer, pero no siempre. Le fui totalmente fiel. Ni una sola vez en más de sesenta años eché una cana al aire, salvo en mi imaginación, y tengo la sensación de que no le habría importado. Era una mujer extraordinariamente comprensiva.

Dios santo, ¡cómo echo de menos a aquella mujer! Y no sólo porque si estuviera viva yo no estaría aquí, aunque ésa sea una verdad como un castillo. Por muy decrépitos que hubiéramos estado, habríamos cuidado el uno del otro, como hicimos siempre. Pero cuando ella se fue no pude hacer nada con los chicos. La primera vez que me caí lo arreglaron todo antes de que pudiera decir «garrapiñadas».

Pero papá, dijeron, te has roto la cadera, como si yo no me hubiera dado cuenta. Me resistí todo lo que pude. Les amenacé con dejarles sin un centavo, hasta que caí en la cuenta de que ya controlaban todo mi dinero. Ellos no me lo recordaron, me dejaron que protestara como un viejo chocho hasta que me di cuenta yo solo, y eso me puso todavía más furioso, porque si me hubieran tenido el mínimo respeto, al menos se habrían asegurado de que fuera consciente de ello. Me sentí como un bebé al que se le deja que tenga una rabieta hasta que se canse.

A medida que me quedaba más y más claro el alcance de mi indefensión, fui cambiando de postura.

Tenéis razón, concedí. Supongo que me vendría bien contar con ayuda. Alguien que viniera durante el día no estaría mal, para que me ayude con la limpieza y la cocina. ¿No? Bueno, ¿y una persona interna? Ya sé que he tenido las cosas un poco abandonadas desde que murió vuestra madre… Pero creía que habíais dicho… Vale, entonces uno de vosotros puede venirse a vivir conmigo…

Pero no lo entiendo… Bueno, Simón, tu casa es bastante grande. Seguro que puedo…

No hubo nada que hacer.

Recuerdo cuando salí de mi casa por última vez, arropado como un gato que va al veterinario. Mientras se alejaba el coche tenía los ojos tan empañados de lágrimas que no pude mirar atrás.

No es un asilo, me dijeron. Es una residencia asistida, una cosa moderna, ¿sabes? Sólo te dan ayuda para las cosas que necesites, y cuando te hagas mayor…

Siempre se cortaban ahí, como si así pudieran evitar que yo siguiera el razonamiento hasta su conclusión lógica.

Durante mucho tiempo me sentí traicionado porque ninguno de mis cinco hijos hubiera querido que viviera con ellos. Ya no. Ahora que he tenido tiempo de darle vueltas, me doy cuenta de que ya tienen bastantes problemas sin necesidad de añadirme a la lista.

Simón tiene unos setenta años y ha tenido al menos un ataque al corazón. Ruth tiene diabetes y Peter problemas con la próstata. La mujer de Joseph huyó con un camarero del hotel cuando estuvieron en Grecia, y aunque el cáncer de mama de Dinah parece haber remitido, gracias a Dios, ahora tiene a su nieta viviendo con ella y está intentando que la chica vuelva al buen camino después de dos hijos ilegítimos y un arresto por robar en una tienda.

Y ésas son sólo las cosas que yo sé. Hay otras muchas que no mencionan porque no quieren inquietarme. He oído por casualidad algunas, pero cuando les pregunto se cierran en banda. No hay que preocupar al abuelo, ya sabes.

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