Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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La grava cruje detrás de mí y August aparece junto a mi hombro.

– Ése es nuestro Al -dice-. Es capaz de olfatear una autoridad municipal a un kilómetro de distancia. Fíjate… Tendrá al alcalde comiendo de su mano antes del mediodía -me da una palmada en el hombro-. Vamos.

– ¿Adónde? -pregunto.

– Al pueblo, a desayunar -dice él-. Dudo que haya comida por aquí. Probablemente no la habrá hasta mañana.

– Dios… ¿En serio?

– Bueno, lo intentaremos, pero no le hemos dado mucho tiempo al oteador para llegar aquí, ¿verdad?

– ¿Y qué va a ser de ellos?

– ¿De quiénes?

Señalo al difunto circo.

– ¿Ésos? Cuando empiecen a tener hambre en serio, se marcharán. Es lo mejor para todos, la verdad.

– ¿Y nuestros chicos?

– Ah, ellos. Sobrevivirán hasta que se presente algo. No te preocupes. Al no dejará que se mueran.

Nos detenemos en un restaurante no lejos de la calle principal. Tiene mesas a lo largo de una de las paredes y una barra revestida de chapa con taburetes rojos en la otra. Un puñado de hombres se encuentran sentados a la barra, fumando y charlando con la chica que la atiende.

Le abro la puerta a Marlena, que se dirige directamente a una de las mesas y se sienta pegada a la pared. August se acomoda enfrente de ella, así que yo acabo sentado a su lado. Ella cruza los brazos y se queda mirando a la pared.

– Buenos días. ¿Qué puedo traeros, muchachos? -dice la chica sin moverse de detrás de la barra.

– El desayuno completo -dice August-. Estoy muerto de hambre.

– ¿Cómo quiere los huevos?

– Poco hechos.

– ¿Señora?

– Café nada más -dice Marlena cruzando una pierna sobre la otra y balanceando el pie. El movimiento es frenético, casi agresivo. No mira a la camarera. Ni a August. Ni a mí, ahora que lo pienso.

– ¿Señor? -pregunta la chica.

– Lo mismo que él -contesto-. Gracias.

August se apoya en el respaldo del asiento y saca un paquete de Camel. Le da un golpe en el fondo. Un cigarrillo traza un arco en el aire. Él lo atrapa con los labios y se recuesta con los ojos brillantes y las manos abiertas en un gesto de triunfo.

Marlena se vuelve a mirarle. Aplaude muy despacio, intencionadamente, con un gesto pétreo.

– Venga, cariño, no seas terca -le dice August-. Sabes que nos habíamos quedado sin carne.

– Perdón -dice ella mientras se desliza hacia mí. Me levanto para dejarla pasar. Se dirige a la puerta con un repiqueteo de tacones y las caderas oscilando bajo el vestido rojo de vuelo.

– Mujeres -dice August mientras enciende el cigarrillo, que protege ahuecando la mano. Luego cierra el encendedor-. Oh, perdona. ¿Quieres uno?

– No, gracias. No fumo.

– ¿No? -susurra mientras da una profunda calada-. Deberías empezar. Es bueno para la salud -vuelve a guardarse la cajetilla en el bolsillo y reclama la atención de la chica de la barra chasqueando los dedos. Ésta se encuentra junto a la plancha con una espátula en la mano-. Dese un poco de prisa, ¿quiere? No tenemos todo el día.

Ella se queda paralizada, con la espátula en el aire. Dos de los hombres que se sientan a la barra se vuelven lentamente y nos miran con los ojos desencajados.

– Eh, August -digo.

– ¿Qué? -parece genuinamente sorprendido.

– Lo estoy haciendo lo más rápido que puedo -dice la camarera con frialdad.

– Muy bien. Eso es lo único que pido -dice August. Se inclina hacia mí y continúa en voz baja-: ¿Qué te decía? Mujeres. Debe de haber luna llena o algo así.

Cuando regreso a la explanada ya se han erigido unas cuantas carpas de los Hermanos Benzini: la tienda de las fieras, los establos y la cantina. La bandera ondea al viento y el aroma agrio de la grasa impregna el aire.

– Ni te molestes -dice uno de los hombres que salen de ella-. No hay más que masa frita y achicoria para bajarla.

– Gracias -digo-. Te agradezco el aviso.

El hombre escupe y se aleja.

Los empleados de los Hermanos Fox que aún están por allí hacen cola delante del vagón de dirección. Una desesperada postración los rodea. Algunos sonríen y bromean, pero su risa tiene un tono demasiado agudo. Otros tienen la mirada perdida, los brazos cruzados. Otros pasean y mueven nerviosamente las manos con la cabeza inclinada. Uno por uno van pasando al interior para entrevistarse con Tío Al.

La mayoría salen derrotados. Algunos se secan los ojos y conversan en voz baja con los primeros de la fila. Otros miran estoicamente al frente antes de ponerse en marcha en dirección al pueblo.

Dos enanos entran juntos. Salen unos minutos más tarde con las caras largas, deteniéndose a charlar con un pequeño grupo de hombres. Luego empiezan a andar por las vías, uno al lado del otro, con las cabezas altas y sendas fundas de almohada llenas con sus cosas echadas sobre los hombros.

Busco entre los asistentes al famoso monstruo. Hay algunas curiosidades: enanos, liliputienses y gigantes, una mujer barbuda (Al ya tiene una, o sea que lo más probable es que no tenga suerte), un hombre inmensamente gordo (que podría tener suerte si a Al se le ocurre formar una pareja) y un surtido de gente y perros con un aire de tristeza generalizado. Pero no veo a ningún hombre con un niño saliéndole del pecho.

Cuando Tío Al ha acabado de hacer su selección, nuestros hombres desmontan el resto de las carpas del circo, salvo los establos y la carpa de las fieras. Los trabajadores de los Hermanos Fox que quedan, que ya no pertenecen a ninguna plantilla, observan sentados, fumando y escupiendo tabaco de mascar entre los altos matorrales de zanahoria silvestre y cardos.

Al descubrir que las autoridades todavía no han hecho el recuento de los animales del circo de los Hermanos Fox, Tío Al hace que trasladen un puñado de caballos sin registrar de una tienda a otra. Asimilación, por llamarlo de algún modo. Y Tío Al no es el único al que se le ha ocurrido esa idea: un grupo de granjeros deambula por los lindes de la explanada provistos de arreos.

– ¿Van a llevárselos así, sin más? -le pregunto a Pete.

– Probablemente -contesta-. No me preocupa lo más mínimo mientras no toquen a los nuestros. Pero ten los ojos abiertos. Tendrán que pasar uno o dos días antes de que todos sepamos de quién es cada cosa, y no quiero que desaparezca nada nuestro.

Los animales de tiro han hecho jornada doble, y los enormes caballos echan espuma y resoplan con fuerza. Convenzo a uno de los funcionarios de que abra una toma de agua para darles de beber, pero siguen sin tener ni heno ni avena.

August regresa cuando estamos rellenando el último abrevadero.

– ¿Qué demonios estáis haciendo? Los caballos llevan tres días en el tren… Sacadlos al pavimento y dadles una paliza para que no se vuelvan flojos.

– Y una mierda una paliza -contesta Pete-. Mira alrededor. ¿Qué crees que han estado haciendo las últimas cuatro horas?

– ¿Has utilizado a nuestros animales?

– ¿Y qué demonios querías que hiciera?

– ¡Tenías que haber usado sus animales de carga! -¡No conozco a sus putos animales de carga, joder! -grita Pete-. ¡Y qué sentido tiene usar sus animales de carga si luego vamos a tener que darles una paliza a los nuestros para mantenerlos en forma!

August abre la boca; luego la cierra y se larga.

Al poco rato, varios camiones se concentran en la explanada. Uno tras otro van arrimándose a la cantina y descargan cantidades increíbles de comida. El personal de cocina se pone a trabajar y, al poco rato, la caldera está funcionando y el aroma a buena comida, a comida de verdad, invade toda la explanada.

La comida y la paja de los animales llegan poco después, en carromatos en vez de camiones. Cuando llevamos el heno en carretillas a la tienda de los establos, los caballos piafan, se revuelven y estiran los cuellos para robar bocados antes siquiera de que toque el suelo.

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