Carmen Posadas - La cinta roja
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— ¿Y qué queréis decir con eso? Hablad, porque vuestra vida nada vale, a menos que tengáis algo que nos merezca la pena.
Yo entonces descubrí mi cara, que resplandecía muy blanca a la luz de la luna, y lo miré sonriente al tiempo que hacía brillar y tintinear las pulseras que adornaban mis muñecas.
— Cinco leguas–dije-. Tu vida por cinco leguas.
Vi entonces cómo aquel hombre palidecía y se echaba hacia atrás. Su compañero, en cambio, que era más joven y burdo, no se amilanó. Fue hacia mí haciendo ademán de desmontarme de mi cabalgadura. Casi lo había conseguido cuando de un puñetazo lo derribaron y rodó al suelo. Era su compañero, el de la cicatriz, quien así procedió, y cuando el agredido ya se disponía a ir hacia él desnudando la hoja de su cuchillo, el primero alzó su mano al tiempo que decía:
— Desgraciado, ¿no te das cuenta? Es ella, Babette.
Nunca un nombre sonó tan dulce a mis oídos: Babette. Y ni siquiera había hecho falta que yo lo pronunciase en ningún momento para que el fulano de la cicatriz temblara de pies a cabeza. Su compañero, para quien sin duda el nombre no significaba nada, intentó replicar, pero era evidente que, de los dos, el de la marca en la cara era el jefe. Por si podía servir de algo, en ese momento yo abrí mi capote y permití que la luna descubriera el resto de mi atuendo de zíngara: la camisa muy blanca y vaporosa abierta hasta el pecho, el corpiño lleno de cintas, las esclavas de mis tobillos, las enaguas de colores, las medias rojas…
Ignoro si aquella cicatriz que el hombre tenía en la cara estaba relacionada de algún modo trágico con la tal Babette y hubiera sido una torpeza por mi parte preguntárselo. Lo que sí sé es que esa noche Frenelle y yo viajamos no cinco, sino muchas leguas más escoltadas por dos forajidos. Por fin, cuando vi que las luces del alba podían quebrar el hechizo, miré al hombre y, señalando un bosquecillo próximo, dije con mi mejor voz de ultratumba: «Babette ha llegado a su casa». Nos despedimos y ésa fue la última vez que los vi, a él y a su camarada. Ahora que soy vieja puedo decir que nunca en toda mi vida he viajado en tan silente, segura y respetuosa compañía, de modo que Dios (o la diosa Razón) bendiga a la tal Babette dondequiera que esté. Yo no creo en los fantasmas, pero desde aquel viaje les estoy enormemente agradecida.
Por desgracia, no todas las compañías indeseadas que encontramos en nuestro camino eran tan crédulas como aquellos dos ladrones. Otros tipos con los que tropezamos después se mostraron más difíciles de contentar hasta que esta «fantasma» servidora de todos ustedes no tuvo más remedio que mostrarse más carnal y hacerles comprender que tanto Frenelle como yo estábamos dispuestas a compartir con ellos una jarra de mal vino e incluso su jergón de paja si era menester. Ésta es, naturalmente, la parte del viaje que mi hija María Luisa desea que omita. ¿Te escandalizas, pequeña mía? ¿Te produce rubor y pena imaginar a la muy respetable marquesa de Fontenay, más tarde madame Thermidor y luego princesa de Caraman–Chimay como una vulgar ramera? He aquí sin duda la mayor dificultad con la que se encuentra un cronista cuando habla de tiempos duros o simplemente pretéritos. Quien lee, juzga siempre desde la atalaya de su cómoda vida presente, tan ordenada, tan entre algodones. Aquellos eran tiempos rudos, María Luisa, y las cosas que ocurrían eran igualmente rudas. Tanto como favores y besos vendidos por un mendrugo de pan o por un salvoconducto. Tanto como tres noches en pajares y cunetas abrazadas Frenelle y yo a cuerpos empapados en alcohol y llenos de piojos. Tanto como bailar desnudas para agradar a un posadero. Tanto como… Rellene el amable lector los puntos suspensivos con su imaginación. Nada de lo que alcance a elucubrar será tan sórdido como lo que vivimos mi amiga y yo en aquel viaje.
DE NUEVO EN CASA
Fontenay–aux–Roses estaba más hermosa que nunca. O tal vez fueran los ojos de quien mucho ha tenido que penar para llegar allí los que la embellecían. Sea por la razón que fuere, aquella casa en la que durante mi matrimonio yo había sido (casi) feliz se me antojó el paraíso. La temprana primavera de 1794 estallaba en cada macizo de hortensias, en cada parterre de rosas, en cada brote de hiedra tierna, mientras que la casa, a pesar de haber estado cerrada durante tanto tiempo, conservaba intacto ese encanto que la había hecho célebre entre mis antiguos amigos. A medida que Frenelle y yo nos acercábamos al edificio principal por el camino lleno de maleza, no podía evitar el recuerdo de aquellas ya lejanas meriendas sobre la hierba, los helados de leche fresca, las conversaciones indolentes, los amores despreocupados. Sí, todos los fantasmas de pasadas glorias estaban allí, muy vívidos, saludando a aquella Babette vestida de zíngara con el cuerpo y el alma magullados pero feliz por estar de nuevo en el jardín del Edén del que un día fuera expulsada.
Después de abrazarnos con Bidos, que también había llegado sano y salvo, lo primero que hicimos tras desembarazarnos de nuestros capotes de viaje fue recorrer una a una las estancias, abrir las ventanas, dejar que la luz y la vida volvieran a iluminar aquellas habitaciones dormidas, riendo como dos niñas. Al cabo de unos minutos, me volví alegremente hacia Bidos para preguntarle qué noticias había de Tallien, y aunque me respondió que ninguna, yo no estaba dispuesta a que nada me robara el delicioso placer de despertar a Fontenay–aux–Roses, que, al conjuro de nuestras risas y como esas casas encantadas de los cuentos, poco a poco empezaba a desperezarse, a volver a la vida. Fue sólo varias horas más tarde, después de darme un buen baño y comer algo, cuando volví a pensar en Tallien y decidí enviarle unas líneas. No tener noticias suyas era sin duda un mal presagio, pero no permití que ninguno de mis temores se trasluciera en aquella corta misiva. En ella le decía escuetamente y con el aire más despreocupado y ligero posible que estaba ya en Fontenay, que había llegado sin demasiados contratiempos y que esperaba su visita.
Tallien acudió no a la mañana siguiente, como yo había previsto, dada su devoción por mí, sino dos días más tarde, y en cuanto lo vi me di cuenta de que algo en él había cambiado. Me abrazó con gran ternura, es cierto, y me cubrió de besos y de bellas palabras como era habitual. También el timbre de su voz mantenía ese mínimo temblor reverente que no podía controlar al hablar conmigo, y sus manos al rozarme eran tan trémulas y devotas como siempre lo habían sido. Sin embargo, a la extraña turbación que le causaba mi presencia había que añadir ahora algunos nuevos desasosiegos. Se le veía encogido, amedrentado. Aquel arrojo que le llevaba a desafiar a la autoridad para complacerme y que yo llegué a confundir con gallardía había desaparecido por completo. En su lugar encontré a un hombre vacilante, desconfiado, que parecía mirar con recelo hacia un lado y otro, y esta nueva actitud dominaba todos sus actos. Yo quería, por ejemplo, que nos sentáramos a departir en la biblioteca ante un gran ventanal desde el que podía verse el jardín lleno de flores, pero él insistió en hacerlo en un sitio más recogido. «Uno más seguro», dijo, y luego, como quien teme que las paredes oigan, en voz tan pausada como baja fue contándome detalles de todo lo que había pasado en París en las últimas semanas.
Habló de sus esfuerzos como presidente de la Convención por defender la vida de los indulgentes y en especial la de Danton. «No sabes en lo que se ha convertido la Asamblea, Thérésia. Cualquier cosa que uno diga se estrella irremediablemente con dos inexpugnables muros. Primero, contra la oratoria de Robespierre, que exhibe siempre, tras sus palabras, la amenaza de la guillotina. Y segundo, contra el miedo pánico que le profesan todos los diputados y que les obliga a apoyar sin reservas cualquier consigna que él dicte, cualquier disparate con tal de conservar la cabeza sobre los hombros».
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