Carmen Posadas - La cinta roja
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Sin embargo, no soy mujer que se dé fácilmente por vencida y, cuando las armas femeninas fracasan, no me duelen prendas en empuñar las masculinas. Con ello no me refiero a las que hieren y cortan, éstas nunca resultan del todo eficaces en nuestras manos; hablo de las relacionadas con el dinero, unas armas a las que las mujeres lamentablemente no siempre tenemos acceso, pero cuando es el caso de que las poseemos, sin duda hacemos excelente uso de ellas.
Así, un par de semanas más tarde, y aún haciendo esfuerzos (y maldita la gracia que me hacía) para congraciarme con mi joven espía, le envié la siguiente nota:
Al ciudadano Marco Antonio Jullien de la ciudadana Teresa Cabarrús:
Me complace poder informaros de que, con la ayuda de mi tío Dominique, me dispongo a abrir un almacén de producción de salitre. Hago votos por que este deseo mío sea bien recibido por alguien que conoce lo imprescindible que ese ingrediente es para la fabricación de pólvora. Como bien sabéis, ésta es una industria declarada de utilidad pública debido a la gran necesidad que Francia tiene de ella para luchar contra el enemigo extranjero que amenaza nuestra gloriosa Revolución. ¡Viva nuestra República! ¡Vivan todos los valientes soldados que en el frente dan sus vidas por nuestra gloriosa patria!
Fracasé por segunda vez. Ni me contestó.
Entonces decidí olvidarme de aquel insolente y envié a la Convención de París algo que demostraba mi fervor revolucionario: un tratado en el que reclamaba para las mujeres un puesto de honor junto a los más desprotegidos de la República: los enfermos, los heridos de guerra.
De nada me valió tampoco. Días más tarde, uno de mis espías vino a secretearme el contenido de una carta que Jullien había dirigido a Robespierre. Según mi informante, en ella se jactaba de cómo había logrado «resistir a los avances eróticos de la ciudadana Cabarrús, a sus melindres de mujer mundana, a sus tontunas indescriptibles». Mi mano temblaba de ira al leer todo esto en el informe de mi asalariado. Pero aún faltaba lo peor. Antes de despedirse aquel jovencito se jactaba en su carta al Incorruptible de «cómo he logrado esquivar las burdas maniobras de una vieja y curtida dama experta en seducciones».
¡Burdas maniobras de vieja! Eso sí que me dolió. ¿Quién y qué se había creído aquel estúpido muchacho apenas un año menor que yo? Desde luego esta «vieja experta en seducciones» aún no había acabado del todo con él. «Espera y verás, Marco Antonio–me dije-, ya veremos quién gana al final, tú no tienes ni idea de quién es esta Cleopatra».
***
Ya tenía yo planeada mi próxima jugada en el tablero de estrategia militar en que se había convertido mi pulso con Marc–Antoine Jullien cuando Frenelle me hizo entrega de un abultado sobre dirigido a mí con la inconfundible caligrafía de Tallien. Inquieta por su grosor procedí a abrirlo y su contenido me heló la sangre.
Amor mío:
Todo está irremediablemente perdido. Si una vez nos atrevimos a soñar con que el Terror que asola Francia fuera a remitir, los últimos acontecimientos vividos en París hacen que yo pierda toda esperanza. Desde hace unas semanas, la Louisette siega cabezas tanto del ala izquierda de la Convención como de la derecha, las de los extremistas y después las de los moderados. Como bien sabes, vida mía, no hace mucho, el antes incendiario Danton decidió ponerse al frente de los denominados «indulgentes» dentro de la Cámara para frenar el horror que estamos viviendo. Esto creó infinitas tensiones entre él y Robespierre, porque los dantonistas cada vez se mostraban más osados en sus críticas a la política de sangre y fuego que propugna el Incorruptible. Así lo proclamó Camille Desmoulins, fiel compañero de Danton, con su elocuencia habitual cuando se interrogó en público diciendo: «¿Queremos acaso eliminar a todos nuestros enemigos por medio de la guillotina? Esto sería sin duda la mayor de las locuras, porque, ¿puede guillotinarse a un individuo sin crear con ello diez nuevos enemigos entre sus amigos y parientes? ¿De veras pensamos que son las mujeres, los ancianos y los débiles los que nos amenazan? De nuestros enemigos no quedan ya sino los débiles y los enfermos».
A partir de ese momento, vida mía, Desmoulins propugnó la creación de un Comité de Clemencia para que revisara cada causa. Naturalmente, él y Danton sabían que esto era tanto como cuestionar la labor del Comité de Salvación Pública y por tanto a Robespierre, pero aun así Camille alzó su voz para concluir su discurso y, parafraseando a Mirabeau, sentenció que en una revolución hay que tener mucho cuidado porque «la libertad es una puta que gusta ser poseída sobre un lecho de cadáveres».
Aunque este discurso era un reto directo a la autoridad de Robespierre, puedo decir que durante un tiempo el Incorruptible pareció inclinarse a favor de los indulgentes. Sin embargo, las cosas cambian demasiado veloces en París, y los últimos días han sido testigos de los siguientes y contradictorios acontecimientos mientras la Louisette funcionaba a todas horas segando cabezas. Primero le tocó entregar la suya a Hébert, el editor del extremista y repugnante periodicucho Le Pére Duchesne . Cuentan que grandes y bullangueras multitudes se dieron cita ante la guillotina para ver cómo moría un ser cuyas venenosas insidias habían logrado llevar a la cuchilla a tantos infelices. «Murió como un cobarde, sin pelotas», es el comentario más extendido que circula por ahí.
Tallien, en su carta, continuaba relatando lo ocurrido poco después y cómo los acontecimientos comenzaron a sucederse en un vertiginoso baile funerario. Contaba que, apenas una semana más tarde de que Hébert fuera guillotinado, Danton, junto con Desmoulins, Hérault de Séchelles y otros muchos fieles fueron arrestados. Y es que la muerte del extremista Hébert no había hecho más que acelerar también la caída de moderados dantonistas, ahora llamados indulgentes. Durante mucho tiempo Robespierre y Danton se habían respetado y a la vez temido, pero era Robespierre quien regía los destinos de Francia y controlaba el ejército, la policía, la justicia, los comités, la Convención y a los jacobinos. Danton, por su parte, era el tribuno más elocuente, el hombre que mayor respeto inspiraba en la Convención; sin embargo, harto de ver cómo la sangre corría libremente por toda Francia, se había atrevido a mostrarse indulgente, es decir, débil… En su carta, Tallien contaba además con lujo de detalles cómo después de su detención, juicio y condena, Danton había muerto de la manera más digna y revolucionaria. Antes de subir al patíbulo intentó abrazar a su amigo Hérault de Séchelles, antiguo miembro del Parlamento monárquico más tarde convertido en regicida jacobino y ahora en indulgente. El verdugo Sansón los separó de forma ruda y Danton rió diciendo: «Qué importa, nada evitará que nuestras cabezas se junten dentro del cesto en unos minutos».
Mientras tanto, su inseparable amigo Desmoulins se vino abajo y lloró como un niño. Pero su pena no era por abandonar este mundo sino por tener que separarse de su amada esposa Lucille. Así, en un bello gesto que me hizo llorar al leer el relato de Tallien, Camille se despidió de ella diciendo: «Veo mis brazos alrededor de tu cuerpo, mis atadas manos abrazándote, mi cercenada cabeza sobre tu regazo y de este modo moriré».
Desde que lo conocí en el Palais Royal, yo había hecho votos para que nuestros caminos se cruzaran alguna vez, pero no fue así. «Quién sabe–me dije con amargura-, si las cosas siguen así en Francia, tal vez nuestras cabezas un día se encuentren, metafóricamente hablando, también en el mismo cesto».
«En cuanto a Danton–continuaba diciendo Tallien en su carta-, sus últimas palabras se han hecho ya famosas. De pie sobre el cadalso, con la camisa abierta y salpicada con la sangre de sus mejores amigos, se volvió al verdugo para decirle con una sonrisa: «No te olvides de enseñar mi cabeza a la gente, Sansón; vale la pena»».
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