Carmen Posadas - La cinta roja

Здесь есть возможность читать онлайн «Carmen Posadas - La cinta roja» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La cinta roja: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La cinta roja»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

La cinta roja — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La cinta roja», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Sin embargo, y como se verá, llegar hasta allí iba a requerir de arrojo y no poca astucia, eso por no mencionar mis dotes teatrales. Afortunadamente, para entonces me había convertido ya en una actriz consumada capaz de encarnar cualquier papel: antaño el de dama mundana, después el de amante de un revolucionario y represor, a continuación y con gran placer el de Nuestra Señora del Buen Socorro, combinado éste con el de la diosa Razón. Y ahora, dadas las circunstancias, tocaba convertirme en… voleuse .

Voleuse ? ¿Nada menos que en una vulgar ladrona, madame? — se escandalizó Frenelle cuando le expliqué mis planes.

— Sí, querida, y no hace falta que te repita por enésima vez que no me llames madame. Ya sé, Frenelle, que tienes la irritante costumbre de recurrir al tratamiento cuando desapruebas lo que digo, pero esta vez es más necesario que nunca que te apliques en domeñar tu lengua. Si se te escapa un «madame» durante este viaje será el fin de ambas.

— En efecto, madame–subrayó Frenelle con retintín-, bien podría ser nuestro fin, sobre todo cuando os empeñáis en que viajemos solas. ¿No podría al menos acompañarnos Bidos como tan sensatamente sugirió vuestro tío? Él ya tiene una edad, es cierto, pero al menos es una protección masculina. Dos mujeres solas por los caminos de Francia son poco más que dos mujeres muertas, o violadas en el mejor de los casos.

— Prefiero que Bidos vaya por delante y prepare la casa para cuando nosotras lleguemos. Además, él ya no es ningún niño, de modo que de poco nos servirá su ayuda si, como tú dices, pretenden violarnos o acabar con nosotras. En cambio, yo tengo la mejor protección contra ambas cosas.

— Sí–respondió Frenelle en tono sarcástico-, supongo que os referís a vuestro aspecto físico. Me permito recordaros que vuestra belleza de Cleopatra no pudo mucho contra el último Marco Antonio.

Esta mención al imberbe Jullien me dolió, pero la pasé por alto, no había tiempo para largas discusiones con Frenelle. Intenté explicarle en cambio que, si bien había palabras como «madame» que podían ser muy peligrosas durante nuestro viaje, había en cambio otras que podían servirnos de protección.

— Como la palabra voleuse , que has mencionado hace un rato y que tanto te desagrada, Frenelle, o la palabra «fantasma». ¿No conoces acaso esa vieja estrategia que dice que la mejor manera de derrotar al enemigo es hacerlo con sus propias armas? Tú déjame hacer a mí y verás como el sábado a más tardar estamos en nuestra querida Fontenay–aux–Roses tomando una taza de chocolate.

Frenelle adoraba el chocolate, un manjar tan caro como delicioso que se había puesto de moda en tiempo de los reyes y al que se atribuían todo tipo de virtudes, desde las afrodisíacas a las alucinógenas. Podría parecer que encontrar chocolate en aquellos tiempos inciertos fuera más difícil que dar con una aguja en un pajar, pero no era así. Durante toda la Revolución, yo seguí disfrutando de él, sobre todo en Burdeos, que al ser puerto de mar lo recibía de contrabando y desde allí se distribuía a toda Francia.

— ¿A qué te refieres con eso de que al enemigo hay que derrotarlo con sus propias armas? — preguntó Frenelle, tuteándome ya por fin e incluso obviando por una vez el suculento tema del chocolate.

— Te lo iré explicando poco a poco para que no te escandalices demasiado. Tú, de momento, ocúpate de pedirle a esa amiga tuya, Nini…

— ¿Nini la Pelirroja?

— Sí, querida, la que «trabaja» cerca del parque. Dile que nos venda sus enaguas, sus corpiños más indecentes y dos pares de sus medias rojas. Y por favor, conmínala a que no diga una sola palabra a nadie. A cambio, puedes asegurarle que le pagaremos bien. Yo me ocupo del resto.

— Miedo me das, Teresa…

— Babette–respondí-, a partir de ahora me llamo Babette Cinco Leguas y tú, Madelon, por ejemplo.

— ¿Y a qué viene eso de las cinco leguas?

— No tardarás en saberlo, ma chére…

***

Salimos de Burdeos no de noche sino a plena luz del día para no despertar sospechas, tal como si fuéramos a dar un paseo a caballo. Los amables ciudadanos que se asomaban a sus ventanas para saludar o agradecer mi ayuda en favor de alguno de sus allegados se habrían sorprendido enormemente de saber que, bajo nuestros capotes de paseo, llevábamos alegres corpiños más propios de una ramera que de Nuestra Señora del Buen Socorro, enaguas de colores como las que usan las zíngaras, medias rojas y también cascabeles en los zapatos y esclavas en los tobillos. Sí, con estas únicas armas emprendimos Frenelle y yo un viaje que iba a durar tres días con sus noches. Sobre lo que aconteció durante el camino, mi hija María Luisa insiste en que corra eso que los castizos llaman un tupido velo, o mejor aún, que mienta. «Por tu bien, mamá, y por el de todos nosotros, tus hijos, sáltate esta parte, te lo suplico. Además, ¿qué aporta a tu historia lo que pudo suceder en la ruta? Nada en absoluto, se trata sólo de una escena de tránsito y sin consecuencias para lo que se narra más adelante. ¿A quién puede importarle el uso que Frenelle y tú hicisteis durante esos tres días de, cómo decirlo, de vuestras enaguas, esclavas o corpiños?».

Comprendo lo que dice mi pequeña María Luisa. A ella, como a todas las muchachas de esta época tan pacífica y por tanto pacata y puritana que le ha tocado vivir, le avergüenzan ciertas escenas de las que llaman «de cama». Más aún si éstas no tienen lugar entre mullidos colchones, sino en lugares mucho más incómodos y miserables como pajares o cunetas y tienen a su madre como protagonista. Está bien, hija mía, procuraré ahorrarte ciertas circunstancias. Pero lo que no me resigno a omitir es de qué modo surgió el apodo de Babette Cinco Leguas y cómo hice uso de ese nombre; creo que tu puritana censura no se verá agraviada por esta curiosa historia.

Corría por aquel entonces la leyenda de que había habido una ladrona gitana de nombre Babette que, junto con su hermana gemela, murió una noche de luna a manos de los forajidos. Se decía que aquellas dos muchachas habían perecido a cinco leguas de distancia de su campamento, pero que antes de expirar alcanzaron a echar una maldición a sus asesinos. Por lo visto, desde ese día y siempre según la leyenda, las dos mujeres salían al paso de los sans–culottes , ladrones o viajeros para pedir su protección durante cinco leguas, exactamente cinco. La historia tenía todo el aspecto de ser falsa. Con la cantidad de muertes y violaciones que se producían en los caminos de Francia, lo más normal era que la ruta estuviese infestada de fantasmas y almas en pena como la tal Babette Cinco Leguas, pero aun así no era cuestión de desaprovechar aquella leyenda llena de posibilidades. He aquí como Frenelle y yo nos valimos de aquellos fantasmas para caminar a salvo muchas más leguas que cinco.

Después de viajar un largo trecho sin contratiempos, llegó el momento de atravesar una región especialmente peligrosa. Era una noche de luna clara y Frenelle y yo viajábamos envueltas en nuestros capotes. Así pudimos ver cómo en un recodo del camino, y apenas disimulados entre los arbustos, acechaban dos hombres que no tardaron en salirnos al paso deteniendo nuestras cabalgaduras.

— Déjame hablar a mí y no digas ni una palabra–le susurré a Frenelle mientras se acercaban, y ella se envolvió aún más en su capote de viaje. Temblaba.

— ¿Quién va? — dijo uno de ellos. Y pude ver que se trataba de un hombre alto y malencarado con una cicatriz que le atravesaba el rostro. Me apresté a responderle y alzando la voz declaré:

— Somos las sin nombre.

El tipo aquel lanzó un juramento al tiempo que decía:

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La cinta roja»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La cinta roja» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «La cinta roja»

Обсуждение, отзывы о книге «La cinta roja» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.