Carmen Posadas - La cinta roja

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Según me contaba Tallien, tras la última «limpieza» y una vez que la cabeza de Danton y los demás indulgentes se hubieran convertido en pasto de los gusanos, la Convención era ahora un inmenso cadáver que callaba y asentía sin rechistar a todas las propuestas del Comité de Salvación Pública, desde donde reinaba «él», ése cuyo nombre jamás se mencionaba.

Mientras tanto, en las calles, el espectáculo diario de los guillotinamientos, a los que asistía el pueblo como quien va al circo, se complementaba irónicamente con el de los teatros. Éstos continuaban funcionando, pero los empresarios no se arriesgaban con obras no ya de tinte contrarrevolucionario, sino siquiera con las clásicas o cómicas. Los títulos que se exhibían tenían, por tanto, el mismo color rojo sangre de todo el resto de la ciudad. Así, cuando los buenos ciudadanos de París se cansaban de ver la muerte en directo, podían solazarse con obras como La guillotina del amor , Los crímenes del feudalismo o La toma de Toulon por los patriotas . También la Louisette se había vuelto aún más teatral si cabe. Ahora salía de tournée para que los ciudadanos y ciudadanas de los distintos barrios de París tuvieran ocasión de disfrutar de sus actuaciones en directo. Y mientras presenciaban la ceremonia de la muerte, unos comían, otros bebían y las mujeres, como ya es célebre, tricotaban. La Louisette , de la plaza de Gréve, donde estuvo primero, pasó a la del Carrousel, luego a la plaza de la Revolución, después a la de la Bastilla y por último a la del Trône Renversé. Las carretas llenas de condenados traqueteaban todos los días rumbo a una plaza u otra, pero ya nadie se asomaba a verlas pasar porque también este desfile terminó por convertirse en un espectáculo tan repetido que producía hastío. Para tener una idea de cuán habitual se estaba volviendo la ceremonia de las decapitaciones, baste decir que pocos meses más tarde de la fecha en la que ahora nos encontramos, de un promedio de cinco ejecuciones diarias en el mes de Prairial, es decir, a principios de junio, se pasaría a veintiséis cabezas diarias a finales de ese mismo mes; se puede decir que durante el reinado del Terror trescientos mil sospechosos fueron arrestados; diecisiete mil oficialmente ejecutados y muchos murieron en prisión sin juicio.

Sin embargo, como a todo se acostumbra el ser humano, incluso a convivir con lo monstruoso, en la ciudad existían ciertas tendencias y actitudes que se pusieron de moda porque, en la desgracia, eran muchos los que recurrían al humor o a la frivolidad e incluso al esperpento para sobrevivir. Así, surgió de pronto una especial atracción dionisíaca y a la vez morbosa por las diversiones o el placer. Entre los condenados que iban a morir al día siguiente, y como ya he contado al principio de este relato, se estilaba planear y ensayar todos los detalles previos al momento en que iban a rodar sus cabezas. Unos preparaban pequeños textos para leer ante el patíbulo, otros decidían cortarse el pelo en un estilo al que llamaban «guadaña», y todos–o casi todos–gustaban de ensayar la coreografía de reverencias que iban a dedicar al público reunido ante el patíbulo. No sólo había ensayos teatrales y peinados para éste, sino también representaciones amorosas en todas sus vertientes. Lo que quiero decir es que en las cárceles todos se entregaban con fervor a Eros.

Sin medida, sin freno, sin distinción de edad, de clase o de sexo, se amaba y se copulaba con no importaba quién, porque era menester celebrar así hasta el último minuto de vida.

Pero no sólo los condenados copulaban sin freno; también en las calles los viejos, los jóvenes, e incluso los más tiernos adolescentes lo hacían sin importarles dónde ni con quién. On doit se hâter de aimer , tenemos que apresurarnos a amar, era la consigna que corría de boca en boca, porque había que darse prisa, apurar la vida a sorbos, sentir, vibrar, soñar, reír, amar, sí, mañana bien podía ser el último día de nuestras vidas.

UN MISTERIOSO PERSONAJE

Antes de que todo lo que he descrito llegara a su máxima expresión, hacia el mes de mayo me encontraba yo una mañana especialmente bella en mi jardín de Fontenay–aux–Roses. Las libélulas volaban perezosas alrededor en un pequeño estanque que había al fondo de la propiedad junto al que me gustaba sentarme para observar cómo grandes peces de colores lo circunvalaban hasta asomar entre los nenúfares. En días tan hermosos, casi lograba convencerme de que todo lo que contaban no era más que un mal sueño del que despertaría pronto. Y cuando esto ocurriera, la vida volvería a ser como había sido antes, o lo que es lo mismo, tal como era en ese mágico momento, con las libélulas reflejándose en la espejada superficie del estanque.

— Madame–me dijo entonces Bidos rompiendo el encantamiento-, han traído un mensaje para vos, pero no han querido esperar respuesta. — Y sin más preámbulos me tendió un papel doblado en cuatro sin lacre y ni siquiera sobre. En Burdeos yo había recibido con frecuencia mensajes así. Solía tratarse bien de advertencias de futuras detenciones, bien de súplicas para que yo ayudara a tal o cual persona. Muchos de ellos, además de venir sin sello, carecían incluso de remitente, porque muy pocos eran los que se atrevían a comprometer su firma en según qué cartas. Desdoblé el pliego y vi que la misiva al menos iba firmada, aunque el nombre que figuraba al pie me era del todo desconocido. Rezaba así:

Nuestros caminos se cruzaron en Madrid y vuelven a cruzarse aquí, en Francia. Y ahora es mi doloroso deber advertirte, ciudadana, de que el Comité de Salvación Pública pronto tomará la determinación de arrestarte. Aquí tienes, sin embargo, un amigo en quien puedes confiar. No estás segura en esa casa, convendría mucho más que te perdieras en París; yo puedo preparar los detalles y también el acomodo. Acepta esta amistad que te brindo. Pronto recibirás noticias mías.

Firmado: TASCHÉREAU

Fue así como entró en mi vida uno de los personajes más enigmáticos y ambiguos que he conocido nunca. Taschéreau. ¿Taschéreau? ¿Había yo oído alguna vez ese nombre? Su caligrafía parecía revelar la personalidad de alguien minucioso, taimado, alguien que, si hacemos caso al diminuto tamaño de las letras que formaban su nota, gustaba pasar inadvertido y actuar en la sombra, pero por más que lo intenté no logré recordar de quién podía tratarse. El enigma no se desveló hasta la mañana siguiente, cuando, sin avisar, se presentó en casa dicho señor, y debo decir que su persona se correspondía punto por punto con lo que yo había imaginado analizando su caligrafía.

Taschéreau era un hombre de mediana edad, aspecto de pájaro y ojos muy separados y penetrantes, como los de un aguilucho. Vestía levita oscura, lo que aumentaba su aspecto avícola, y en su boca de labios muy finos flotaba una perenne sonrisa.

— Veo que el tiempo se ha ocupado de convertiros en lo que siempre supuse era la más bella de las promesas–dijo a modo de halagador saludo mientras se inclinaba para besar mi mano de una manera muy poco revolucionaria.

— Me disgusta tener que reconocer que no recuerdo… — comencé diciendo, pero él me interrumpió con un vaivén de la mano.

— El sol no tiene por qué recordar aquello que alumbra; en cambio, un simple mortal como yo recuerda perfectamente una estrella, aunque en aquel entonces fuera tan sólo una niña chiquita y muy linda.

Estas últimas palabras las pronunció Taschéreau en un español tan correcto que primero me sobresaltó y luego me hizo sonreír. Entonces me dijo que hasta hacía unos años había vivido fuera de Francia, en concreto en Madrid, como empleado de la Embajada francesa en aquella ciudad. Allí había tenido la fortuna de conocer no sólo a toda mi familia, incluida yo, sino también al señor Moratín, del que era buen amigo y, según él, compañero en no pocas conspiraciones.

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