Carmen Posadas - La cinta roja
Здесь есть возможность читать онлайн «Carmen Posadas - La cinta roja» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La cinta roja
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La cinta roja: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La cinta roja»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La cinta roja — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La cinta roja», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
— Todas inofensivas–se apresuró a aclarar observándome con sus ojos de ave-. Inofensivas pero muy hábiles. Más tarde, a mi regreso a París, tuve la fortuna de situarme en esferas muy cercanas a la Convención. Por eso, al llegar a mis oídos lo que se prepara contra vos, me he apresurado a escribiros. No hay tiempo que perder. Debéis huir, Teresa.
— ¿Huir? — repetí yo intentando ganar tiempo para observar al señor Taschéreau y cavilar a qué podía deberse tan extraño discurso y su interés por mí-. Es evidente, ciudadano, que nadie está a salvo en estos tiempos inciertos, pero yo ni siquiera sé adónde dirigirme. Hace muy poco que he llegado de Burdeos y mucho me temo que, si en efecto está a punto de aprobarse una orden de detención contra mí, esta vez no lograré llegar muy lejos. ¿Adónde podría ir? Y, decidme, ¿cómo habéis sabido vos de dicha orden contra mi persona?
Taschéreau me miró una vez más con sus ojos rapaces y no contestó a la segunda pregunta. En cambio, sí lo hizo a la primera y en términos que no dejaron de sorprenderme y, a la vez, alarmarme.
— Más que huir, yo os recomendaría todo lo contrario: meteros en la mismísima boca del lobo–dijo sonriendo. Y al notar mi extrañeza explicó-: He estado siguiendo vuestros movimientos desde hace mucho tiempo y me atrevo a decir que sois una mujer valiente. De no ser así ni me interesaríais ni tampoco me atrevería a proponeros algo como lo que explicaré a continuación. Decidme: ¿dónde menos espera un zorro que se oculte su presa?
— Lo ignoro, ciudadano.
— Pues delante de sus propias narices, o más osadamente aún: dentro de su madriguera, la del zorro, me refiero. En cuanto a vuestra pregunta anterior de por qué sé que muy pronto seréis detenida os contestaré: porque yo mismo pertenezco al Comité de Salvación Pública, pero estoy cansado de sus excesos. Y ahora que he sido completamente sincero con vos, decidme: ¿confiáis en mí?
¿Qué razón tenía yo para hacerlo? Ninguna en absoluto, menos aún después de confesarme que él mismo pertenecía al más temido comité de Francia. No recordaba siquiera haber visto antes a aquel hombre de aspecto rapaz, ni en París ni mucho menos en Madrid cuando era niña. Tampoco sabía si lo que afirmaba era verdad o por el contrario una trampa, y mucho menos había tenido tiempo de consultar con Tallien la existencia de aquel extraño y nuevo protector. Aun así, decidí seguir mi instinto. Éste me avisa de cuándo puedo confiar en un hombre, y suele ser en dos casos. En primer lugar, cuando muestra un interés sentimental por mí (y cuando esto ocurre es menester jugar bien las cartas para manejar dicho interés sin que se quiebre y también sin que se vea colmado antes de tiempo). Y en el segundo, cuando soy para ese hombre una pieza útil en un más grande y complejo tablero de ajedrez que nada tiene que ver conmigo. Por alguna razón, mi instinto me decía que el interés de Taschéreau por mi persona obedecía a una mezcla de ambos casos.
— Confío plenamente en vos, ciudadano–dije entreverando el viejo tratamiento aristocrático con el revolucionario apelativo de ciudadano. A él se le iluminaron sus ojos de pájaro mientras decía:
— Preparad entonces vuestro equipaje sin tardanza, muy pronto comenzará el baile.
***
La metáfora del baile es sin duda muy apropiada para describir lo que comenzó a continuación. Siguiendo las disposiciones de Taschéreau, Frenelle y yo nos embarcamos en un extraño periplo que habría de llevarnos durante varios días de una casa a otra, cambiando de escondrijo prácticamente cada veinticuatro horas. Primero nos alojamos en una casa de huéspedes; más tarde con un notario de nombre Gilbert en la Rue Saint–Honoré hasta recalar, por fin, en el número 6 de la Rue de l'Union con un tal Desmousseaux, amigo de Taschéreau, que por una increíble casualidad vivía de alquiler en una casa que pertenecía nada menos que a Duplay, el mismísimo casero de Robespierre. Además, y siempre siguiendo esa política de esconderme debajo de las mismas narices del Incorruptible que Taschéreau consideraba la más segura para no ser encontrada, mi nuevo protector me llevó un día a almorzar nada menos que a Meot. Era éste un pequeño restaurante situado en el lugar más conspicuo del Palais Royal, y al llegar allí me esperaba la gran sorpresa de comprobar que Taschéreau había invitado también a Tallien. Que dos de las personas más buscadas de Francia quedaran para comer en sitio tan visible era una osadía sin límites que a mí me divertía enormemente. Sin embargo, Tallien no era en absoluto partidario de ese tipo de riesgos y aquél no fue, desde luego, uno de nuestros encuentros más felices. «Tarde o temprano, las extravagancias se pagan–dijo en nuestra despedida-. Más temprano que tarde, amor mío», y nos dijimos adiós con tristeza bajo la siempre atenta mirada de Taschéreau.
Tal era el estado de cosas cuando el 22 de mayo de 1794 y redactado por Robespierre en persona el Comité de Seguridad recibió la siguiente orden de arresto:
Se decreta que la llamada Cabarrús, hija de un banquero español y esposa de un llamado Fontenay ex consejero del Parlamento, sea puesta bajo arresto e incomunicada además con los sellos puestos sobre sus papeles. El ciudadano Boulanger será el encargado de la ejecución de dicha orden.
París, el 3 de Prairial, año II de la República. Firmado:
ROBESPIERRE, BILLAUD–VARENNE, B. BARÉRE, COLLOT D'HERBOIS.
Como bien puede verse, la orden estaba firmada no sólo por Robespierre, sino también por los hombres más relevantes del momento, como si mi detención fuera de extrema importancia. En cuanto Taschéreau tuvo conocimiento de ella, se apresuró a avisarme. Entonces comenzó para mí otro baile aún más trepidante que el anterior. Tratando de huir de mis perseguidores y en un vano intento de despistarlos, Bidos, Frenelle y yo nos separamos. Di instrucciones al primero de que corriera a alertar a Tallien del peligro y a Frenelle de permanecer en Fontenay–aux–Roses, mientras que yo decidía dirigir mis pasos hacia Versalles y esperar allí noticias de Taschéreau. O mejor aún, de Tallien, porque a pesar de nuestras recientes discrepancias estaba segura de que haría lo imposible por salvarme, como siempre había hecho.
Esta certidumbre, sin embargo, no acababa de tranquilizarme. Si bien sabía de lo que era capaz de hacer Tallien por mí, también «él», el dueño de la mejor red de espías de toda Francia, conocía sobradamente los sentimientos de Tallien y era seguro que pretendía de alguna manera usarme en su contra. Sí, ahora por fin me daba cuenta de cuál era la jugada de Robespierre. Desde su regreso de Burdeos, Tallien se había ido convirtiendo poco a poco en una pieza demasiado «visible» en la Convención, y por tanto era menester reservarse un as en la manga con el que ganarle la partida. Como un tahúr, o mejor aún, como un gato que juguetea con los ratones antes de asestar su zarpazo, Robespierre había sabido esperar el momento adecuado para caer sobre nosotros, y sin duda éste era el que consideraba más propicio. De tanto observar a mi ex marido Devin de Fontenay en sus interminables veladas ante los tapetes de juego, yo sabía que hay políticos–o lo que es lo mismo, tahúres–a los que les gusta echar sobre la mesa sus triunfos al inicio de la partida para demostrar cuáles son sus poderes. Otros, en cambio, prefieren guardar ciertos naipes en la manga para usarlos en el momento que ellos elijan. Era evidente que Robespierre, en el enrevesado equilibrio de poder en el que estaba inmerso, me consideraba un naipe muy eficaz para usar justo ahora. Y la elección de mi persona como naipe no era en absoluto casual, puesto que él, que se llamaba virtuoso y apenas se le conocían afectos, sabía mejor que nadie que un hombre enamorado como Tallien es un hombre vulnerable.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La cinta roja»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La cinta roja» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La cinta roja» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.