Carmen Posadas - La cinta roja

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Así fue cómo activos por un valor de cuatrocientos millones de libras fueron incautados y puestos a disposición del Estado el 2 de noviembre. Una verdadera jugada maestra y–como decía el elegante obispo de Autun–muy sencilla de llevar a cabo. Sin embargo, y lamentablemente, tal como habría de ocurrir con la también esperanzadora supresión de los derechos feudales, la venta de las propiedades eclesiásticas no favoreció a los pobres, sino que vino únicamente a reforzar la preponderancia de las clases ya pudientes.

Febrero del año 1790, por su parte, vería además la abolición de todas las órdenes religiosas y la reorganización del resto del clero, que, a partir del mes de julio, pasaba a regirse a través de un nuevo sistema: obispos y párrocos debían ser elegidos como otros funcionarios públicos. De este modo, la Iglesia de Francia, la fille aînée de l'Église , se convirtió de la noche a la mañana en Iglesia nacional, desligándose de la autoridad del Papa. Todos los curas, a partir de ese momento, debían jurar lealtad a la llamada Constitución Civil del Clero, pero, a pesar de que la medida fue bien recibida en principio, sólo siete obispos, entre los que naturalmente se encontraba Talleyrand, se prestaron a dicho juramento. Nacían así dos tipos de curas: los constitucionales por un lado, y los refractarios o no jurados, que deseaban permanecer fieles a Roma, por otro. Lamentablemente, Francia, a pesar de los vientos revolucionarios, seguía siendo muy católica y muchos no entendieron la medida de Talleyrand, quien, dicho sea de paso, continuaba oficiando misa y bendiciendo a los fieles, pero ataviado ahora con albas tricolores blancas, rojas y azules confeccionadas, por cierto, en uno de los talleres de sastrería más selectos de todo París.

Han pasado desde este hecho que narro muchos años y, visto con la perspectiva que dan el tiempo y la vejez, puedo afirmar que tal vez fuera generosa e incluso cristiana en el más liberal sentido de la palabra su idea de incautar los bienes de la Iglesia y convertir a los sacerdotes en funcionarios, pero, como se verá más adelante, ambas decisiones tendrían graves consecuencias sociales en la Francia revolucionaria.

LE CIEL EST ARISTOCRATIQUE

Muchos autores, tan sesudos ellos, desdeñan hablar en sus libros de modas, peinados u otras fruslerías que consideran frívolas o demasiado «mujeriles». Yo, por mi parte, siempre he reivindicado la frivolidad, que me parece el mejor antídoto contra los rigores y desdichas de este valle de lágrimas; y, en cuanto a lo mujeril, qué quieren que les diga, soy mujer y me encanta serlo. Por eso, si unas páginas más atrás, al hablar de la toma de la Bastilla lo hice valiéndome del orinal del marqués de Sade, ahora, para narrar los muy serios acontecimientos posteriores a la toma de la prisión me dispongo a disertar sobre pelucas y libreas. Y es que, como se verá muy pronto, ambas prendas simbolizaban algo muy denostado y también contrario a los nuevos e imperantes aires de renovación; representaban los modos y modas del Ancien Régime , cuya ostentación e hipocresía decadente todo el mundo estaba de acuerdo en enterrar.

Como ya he señalado al principio de estas memorias, aun antes de los estallidos que habrían de cambiar Francia ya los fabricantes de pelucas se habían quejado al Rey de su situación: «Algunos caballeros, sire, empiezan a ir ahora con la cabeza descubierta y ello es un signo de indecoro manifiesto y una afrenta a Su Majestad», escribieron en una carta conjunta enviada a Luis XVI. Y en efecto lo era, puesto que el buen rey Luis siguió usando peluca y empolvando su cabeza hasta poco antes de que ésta rodara bajo la cuchilla de la Louisette . Por eso, y en contraste, en la Francia revolucionaria todos (excepto, curiosamente, el señor Robespierre, que siguió empolvando su cabellera hasta el día en que subió al patíbulo) comenzaron, de un día para otro, a ir con la cabeza descubierta. Y es que si, por un lado, prescindir de la peluca significaba una ruptura con el pasado y con la monarquía, por otro simbolizaba algo igualmente deseable: los aires de fraternidad y el deseo de asemejarse (aunque sólo fuera en la estética) al pueblo llano.

También la librea, prenda por excelencia de la clase alta, fue arrinconada por aquel entonces y debido a las mismas razones. La palabra librea en sí ya es reveladora: viene de livrée , es decir, «cosa librada o entregada al criado». Y es interesante señalar que estas casacas confeccionadas en seda o terciopelo eran usadas por los caballeros, pero también por los criados, hasta el estallido de la Revolución. A partir de ese momento, los caballeros la sustituyeron por otras chaquetas más simples y de tela oscura, como las que usaba el Tercer Estado. Prendas negras o gris oscuro que se acompañaban de calzón del mismo color y medias negras, lo que confería a sus portadores un severo (y en mi opinión inquietante) aspecto de aves de mal agüero. Tal indumentaria se completaba además con el uso en la mano derecha de un bastón que el caballero solía descargar en no pocas ocasiones, y «fraternalmente», sobre las costillas del obtuso criado para hacerle comprender que ahora era un ciudadano libre por lo que no debía seguir llevando la tan denostada y abolida librea.

Todos estos modos y modas masculinas se veían ahora pasear por el París posterior a la toma de la Bastilla unidos a la costumbre de las damas de imitar a las pescaderas no sólo en su forma de hablar, que se llamaba poissard , sino también en su atuendo. Rojo, azul y blanco eran los colores de todas las temporadas, invierno y verano, otoño y primavera, mientras que los vestidos se inspiraban en las anchas y burdas faldas de las mujeres del pueblo. El cabello masculino también seguía la moda de los que a partir de ese momento comenzaron a llamarse sans–culottes . Éstos llevaban el pelo largo hasta los hombros y gran bigote. En cuanto a la expresión sans–culotte , se refiere al hecho de que los hombres del pueblo no usaban pantalones a la rodilla, sino largos hasta los tobillos, atuendo que solía completarse con una chaqueta corta o carmagnole , gorro frigio rojo y zuecos. En cuanto a las tejedoras o tricoteuses , que tan famosas se habrían de hacer en la Revolución, creo que también merecen unas líneas. Desde el principio del nuevo régimen, las sesiones de la Asamblea de Representantes debían ser públicas y, para asegurarse la presencia del pueblo, la Convención pagaba cincuenta sueldos por día a las mujeres para que asistieran a dichas reuniones. Por decreto, a estas mujeres se las autorizaba a tejer durante las sesiones, y de ahí su nombre. Más tarde se harían tristemente famosas porque se les pagaría por insultar a los reos que eran conducidos a la guillotina. También ellas adoptaron muy pronto su particular atuendo revolucionario compuesto de gorro frigio y banda tricolor sobre sus vestidos de tela basta, que algunas damas imitaban en telas finas para «contribuir» así al espíritu igualitario de la época.

Coincidieron todas estas nuevas formas de vestir con otros hechos interesantes que iban a cambiar la forma de relacionarse las personas. Por aquel entonces, además de suprimirse todos los títulos nobiliarios (incluido, huelga decir, nuestro recién adquirido marquesado de Fontenay), desterrados quedaron también los decadentes «madame» y «monsieur». La costumbre era dirigirse los unos a los otros con un simple «ciudadana X» o «ciudadano Z», lo que facilitaba mucho la tan deseada confraternización. Incluso se erradicó el usted. A partir de ese momento todos comenzamos a tutearnos familiarmente para que nuestras vidas respiraran égalité y también fraternité . De este modo, por la calle la gente se saludaba sin conocerse, todos reíamos y, al menos en apariencia, Francia entera era una fiesta.

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