Carmen Posadas - La cinta roja
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Por su parte, el Rey, tras la toma de la Bastilla, se vio obligado a colocar a Bailly, el cabecilla del juramento del juego de Pelota, en el cargo de alcalde, y a La Fayette en el de comandante de la Guardia Nacional, un cuerpo que, a partir de ese momento, pasó por cierto a vestir los nuevos colores del pueblo: rojo, blanco y azul. De ahí en adelante, tanto Luis XVI como su familia tuvieron que aceptar además el uso de la escarapela tricolor, símbolo de los nuevos tiempos. El Rey se vio conminado a lucirla en su sombrero en los actos públicos, y María Antonieta, por su parte, en el tocado o en el pecho. Acababa de nacer así una nueva era para Francia y, al menos en apariencia, todo el mundo le daba la bienvenida. Eran días de gran júbilo.
DANZANDO AL BORDE DEL PRECIPICIO
La toma de la Bastilla no impidió, desde luego, que la buena sociedad continuara con sus fiestas. Es cierto que en ellas se hablaba ahora menos de amor y más de fraternidad, menos de placer y más de igualdad, menos de liberalidad y más de libertad, pero aparte de estos detalles, apenas se notaron cambios. Mi marido, Jean Devin de Fontenay, por ejemplo, continuó con su rutina de jugar a las cartas, y yo con la mía de brillar en los salones. Y es que por aquel entonces mis fiestas comenzaron a hacerse famosas en París. No sólo por las personas que a ellas acudían, sino sobre todo por mis cuidadas mises en scéne . La expresión puede ahora parecer frívola y baladí, pero desde luego en aquella época era algo de suma importancia puesto que la Revolución francesa fue, además de todo lo que ya sabemos de ella, un movimiento en el que la estética, la escenificación y, desde luego, la teatralidad jugaban un papel sumamente relevante. Así, hay que decir que, desde los primeros días de su triunfo, se comenzó a cultivar todo lo que tuviera un aire clásico que recordara a la antigua Roma, espejo en el que se miraban los revolucionarios. Entre los oradores en la Asamblea Constituyente, por ejemplo, se estilaba imitar a los tribunos romanos y declamar imitando sus poses, sus expresiones. Incluso muchos de ellos, como Mirabeau, comenzaron a recibir lecciones de actores famosos para dominar mejor la escena. Todos querían emular aquellos viejos y gloriosos tiempos pretéritos que se consideraban el cénit de la civilización y del progreso. Los escultores, por su parte, y también los pintores, como Jacques–Louis David, procuraban imitar la composición y los temas clásicos, como en aquel famoso cuadro, El juramento de los Horacios , que se convirtió en todo un símbolo de los atributos de la nueva era.
Yo, por mi parte, no tardé nada en sumarme a tan bella corriente estética y decidí hacerlo a mi modo. Por eso, a partir del verano de 1789, los invitados a Fontenay–aux–Roses eran recibidos a la entrada de la casa por hermosas muchachas que les entregaban dos rosas rojas (el color de moda) en recuerdo del nombre de la propiedad, y también en recuerdo de la forma en que en Roma se recibía a los vencedores.
Mi marido, que pertenecía aún al Consejo del Rey, aunque éste ya no se reunía, observaba con cierta inquietud las nuevas tendencias estéticas, y no digamos las reformistas. No obstante, como nada hacía presagiar lo que se avecinaba, por esas mismas fechas pidió (y le fue concedido) el título de marqués. Cuando pienso que dicho título–tan deseado por él y también, por qué no decirlo, por mí–nos llegó el mismo año de la toma de la Bastilla, no puedo menos que sonreír, pero era un síntoma más de lo que estaba pasando en Francia. Por un lado, los primeros émigrés o nobles atemorizados por los recientes sucesos comenzaban a huir hacia la frontera y aconsejaban al Rey hacer otro tanto y, por otro, a Fontenay, un típico representante de la adinerada nobleza de segunda fila, se le otorgaba un marquesado.
Poco habríamos de disfrutar de tan antirrevolucionario título, pero, mientras, lo cierto es que yo me dediqué a presumir de él casi tanto como mi esposo. Con dieciséis años todo lo que adorna es bienvenido; además, tener un título entonces no era obstáculo para ser considerado al mismo tiempo reformista. Al contrario, cada vez era mayor el número de nobles que, como ya habían hecho mis amigos Lameth y Lepeletier, se unían al Tercer Estado para apoyar la creación de una futura monarquía constitucional con mi viejo conocido el señor Mirabeau como paladín.
***
Sin embargo, antes de hablar de este gran hombre y de sus frecuentes visitas a Fontenay–aux–Roses, me gustaría consignar un hecho importante en mi vida: el nacimiento de mi hijo Théodore, dos meses antes de la toma de la Bastilla. Por aquel entonces, los pasquines que se dedicaban a vilipendiar a María Antonieta se ocupaban también con frecuencia de mi humilde persona, y uno de ellos se hizo eco de dos rumores que corrían por ahí. Uno de ellos afirmaba que Fontenay no podía ser el padre de la criatura; el otro, que yo no prestaba atención alguna al recién nacido.
A esto he de decir que el primero de los rumores es completamente falso; el segundo, en cambio, me temo que es cierto. En cuanto a la primera acusación diré que ahora que han pasado casi cincuenta años y que vivimos tiempos más avanzados, la gente se sorprende cuando se le cuenta que las mujeres de finales del siglo XVIII no teníamos demasiada dificultad en evitar embarazos no deseados. Existían, naturalmente y tal como han existido siempre, hombres, y sobre todo mujeres, hábiles en practicar lo que antaño se llamaba «una limpieza». Me refiero a parteros y comadronas que lograban pingües beneficios extra librando a las poco precavidas muchachas de aquello que les resultaba un estorbo. Pero existían, además, métodos muy eficaces para evitar llegar a tan penosa situación. A precio más que razonable se vendían en las boticas del Palais Royal, por ejemplo, distintos preparados tanto preventivos como abortivos. Eran estos últimos unos bebedizos repugnantes que debían ser ingeridos no más tarde de veinticuatro horas después de l'act d'amour provocando una colosal turbulencia interior; pero de su eficacia no puedo dar fe porque tuve la fortuna de no necesitar de ellos. De los primeros en cambio sí puedo hablar, y antes que nada he de decir que su composición y forma de aplicarse eran temas habituales de conversación entre nosotras, las damas, cuando los caballeros estaban ausentes.
Bien conocidas por sus beneficiosos efectos eran, por ejemplo, las irrigaciones (siempre antes de l'act passionnel, naturellement ) a base de vinagre de sidra o de jerez. Algunas damas aconsejaban el uso de preparados de limón mezclado con telaraña, o–más inmundamente aún–los de limón y vinagre mezclados con excremento de paloma, que tenían fama de ser infalibles. Yo, por mi parte, prefería el uso del vinagre de mi patria, pero debo decir que tuve suerte de contar con una protección adicional, proporcionada por mis partenaires , puesto que, tanto Félix Lepeletier como Lameth, eran fieles admiradores de ese famoso libertino conocido como Giacomo Casanova y utilizaban su «método». Y es que por aquel entonces se hablaba mucho de cierto artilugio usado por tan gran conquistador de damas y que había sido pergeñado por un higienista inglés de nombre Mr. Condom. Lo cierto es que yo, la primera vez que tuve que vérmelas cara a cara con aquel «método», no pude evitar un estremecimiento. Y es que éste consistía en que, en plena euforia, mi buen Blondinet o mi bello Alex debían detener l'act passionnel para colocarse una funda o vaina.
El espectáculo en sí era ya muy poco galante por lo difícil que resultaba ajustar a su membre viril aquel artilugio semitransparente, de textura gomosa y del color de la orina. Pero lo peor fue cuando me enteré por Blondinet de que dicha vaina estaba confeccionada con tripa de gato. « Vraiment ! — le dije a Alex la segunda vez que intentó calzarse aquello mientras yo miraba al techo y contaba ovejitas-. ¡No me caen muy simpáticos ni tu ídolo el señor Casanova ni ese inglés, mister Condom! ¡ C'est dégueulasse vuestro método!». Sí, en verdad era bastante repugnante aquello, sin embargo, Alex, que siempre estaba en competición con Blondinet para ser quien más me complaciera en todos los terrenos, me maravilló un día con una mejora sustancial en materia de vainas.
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