Carmen Posadas - La cinta roja
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El marqués de Sade sonríe. Su abnegada esposa, que lo visita cada semana desde que lo encerraron allí años atrás (por petición de la propia familia, dicho sea de paso, cansada de aguantar sus excentricidades malvadas), está muy asustada con lo que ve y oye en las calles. Así se lo dice a su marido: «Por todos lados se oyen gritos de furia y amenazas de llevar a los enemigos de la libertad á la lanterne ». El marqués lleva cinco años en la Bastilla gracias a sus conocidas andanzas y crímenes nefandos, pero conoce bien el significado de esa expresión. La oye gritar a menudo a través de la ventana antes de que la masa se enardezca del todo y acabe colgando a algún desgraciado de una lanterne ; es decir, de una farola. También sabe que hay rumores de que esa prisión en la que él está encerrado será el próximo objetivo de los revoltosos, porque se la considera un símbolo del despotismo del régimen, un signo del oprobio realista.
Desde luego, no es agradable ser un prisionero, pero Sade no puede decir que haya estado precisamente incómodo en su involuntaria residencia. El gobernador de la Bastilla, el señor de Launay, tiene asignadas unas cantidades bastante holgadas para el cuidado de cada prisionero: quince libras por día para los de alto rango, nueve para los burgueses, tres para los del pueblo llano, y nada menos que diecinueve libras para «los hombres de letras», como es el divino marqués. Aun descontando lo que el gobernador sisa aquí y allá, las cantidades son considerablemente más altas que las que recibe gran parte de la población de Francia, ahora en situación de mera subsistencia.
Tampoco se puede decir que el acomodo en la tan denostada Bastilla sea malo. Sade se ha traído consigo todo un ajuar para sentirse casi como en su propia casa: un escritorio, un tapiz con que alegrar las oscuras paredes, un armario de dos puertas, un tocador con sus aparejos de aseo, un vestuario completo, incluido un frac y una bata de pelo de camello; también una selección de sombreros, su propio colchón, varias almohadas de plumas y tres fragancias: agua de rosas, agua de azahar y eau de Cologne con las que rociarse él y con las que perfumar la multitud de velas y lámparas de aceite que alumbran la estancia. La luz es importante porque Sade cuenta en su celda con una vasta biblioteca de ciento treinta y tres volúmenes. Luego están, también para su solaz, las partidas de cartas que se organizan entre presos y sus carceleros, así como los concursos de billar que duran hasta altas horas de la madrugada. El famoso marqués tiene derecho, además, a tomar el aire desde las almenas de la torre todos los días (aunque es preciso señalar que un mes antes de los acontecimientos que narraré a continuación se le había castigado sin paseos. ¿La razón? Su desagradable costumbre de gritar procacidades y palabrotas a los viandantes, amén de tirarles piedras o el contenido de su orinal).
Sí, a grandes rasgos, así era por dentro la vida en aquel baluarte de las peores injusticias del Ancien Régime , ese símbolo de la opresión despótica que fue tomado el 14 de julio de 1789 por el pueblo de París.
Mucho se ha especulado sobre las razones por las que se eligió la Bastilla como objetivo. Unos dicen que fue porque se pensaba encontrar allí un polvorín, otros porque se había corrido la voz de que, tras sus muros, malvivían miles de prisioneros encerrados por diversas injusticias. Hay que decir que a esta impresión contribuyó bastante el divino marqués en sus últimos días de estancia entre aquellas paredes: enterado por su esposa de que el ambiente en las calles era altamente inflamable, Donatien Alphonse dedicó los días finales de su cautiverio a soliviantar a las masas desde su ventana. Puesto que le habían prohibido sus salutíferos paseos por las murallas, con la pericia artesanal que se desarrolla en las cárceles se confeccionó un amplificador de voz o trompeta. Lo hizo utilizando un viejo orinal al que añadió un tubo. A intervalos regulares, como quien da un parte de guerra, el divino marqués se dedicaba a «informar» a los viandantes de lo que ocurría dentro de aquellas murallas. A ratos gritaba que «el gobernador planeaba masacrar a todos los prisioneros»; a otros que «en ese mismísimo instante estaban siendo degollados cuarenta inocentes», que «el pueblo debería liberarlos antes de que fuera demasiado tarde» y cosas por el estilo.
En tal estado de excitación y demencia se encontraba el literato, que el gobernador, apenas unos días antes de la toma de la Bastilla, decidió trasladarlo al manicomio de Charenton, donde, según parece, siguió chillando y protestando contra «la indignidad que significaba haber sido encerrado allí junto a tanto lunático y epiléptico».
***
Si los embustes que Sade gritaba con ayuda de su trompeta–orinal días antes de la toma de la Bastilla contribuyeron decididamente a incrementar la furia popular, yo no lo sé. Lo que sí sé es que la mañana del 14 de julio Bernard–René Jourdan, marqués de Launay, gobernador de la Bastilla, tenía serias razones para estar inquieto. Se pensaba que aquél era el último bastión de la autoridad real que quedaba en París. Y es que, según las noticias que recibía el gobernador, por un lado, el barón de Besenval, responsable del mando militar realista de París, acababa de evacuar prácticamente todo el centro de la ciudad y, por otro, el comandante de Les Invalides había enviado a Launay para que guardara en la Bastilla doscientos cincuenta barriles de pólvora por considerar esa fortaleza «el lugar más seguro».
Este hecho resultaría decisivo. Apenas unas cuantas horas después de que un número indeterminado de civiles, incluidos mujeres y niños, junto con no pocos militares desertores de la Guardia Francesa, comenzaran a reunirse ante las murallas de la prisión, la cabeza ensangrentada de Launay era paseada en una pica por las calles de París entre gritos de júbilo y cantos populares.
Antes de esto, la gente había procedido a liberar a todos los prisioneros que encontraron dentro de la Bastilla. Y «todos» resultaron ser sólo siete. De ellos, uno era un conde encarcelado como Sade a petición de su propia familia por sus actos libertinos; cuatro eran falsificadores, y los dos restantes perturbados mentales: he ahí lo que los ciudadanos de París encontraron realmente tras las murallas de aquel terrible bastión del despotismo real. Aun así, este pequeño detalle de la falta de prisioneros no opacó en absoluto la alegría popular, y lo que faltaba de veracidad lo puso la imaginación: ya que apenas había presos y no se encontraron tampoco las esperadas salas de suplicio ni implemento alguno que pareciera de tortura, los libertadores de la Bastilla procedieron a pasear como «instrumentos de castigo» la rueda dentada de una prensa de aceite y una herrumbrada armadura del siglo XII que adornaba las escaleras.
***
Por otro lado, como ya he apuntado en un capítulo anterior, la noche del 14 de julio, y ajeno a la trascendencia de todo lo que acababa de ocurrir, el buen rey Luis en su diario privado y como comentario del día escribió sólo una palabra: rien . Y yo, por mi parte, en mi casa de Fontenay–aux–Roses, a escasas leguas de París, me fui a dormir muy enfadada con mis dos amigos, Félix y Alex, por haber arruinado mi merienda campestre. Era el inicio de la Revolución francesa, pero (casi) nadie se dio cuenta. Y es que entre los revoltosos que tomaron la Bastilla no estaban, desde luego, los nobles que habían decidido afiliarse al Tercer Estado, ni por supuesto Alexandre Lameth ni Félix Lepeletier. Tampoco ninguno de mis dos amigos estaría entre aquellos que ahorcaron a Foullon de Doué, controlador general de finanzas, colgándolo de la lanterne los días siguientes, y sin embargo, lo cierto es que, sin saberlo, tanto Blondinet como Alex, como todos los demás reformistas, acababan de firmar un invisible pacto con los revoltosos. Más tarde se diría que un solo vistazo a la actitud de ese nuevo aliado debería haber bastado a los seguidores de La Fayette, a mis amigos y al resto de los reformistas para darse cuenta de que aquella masa enardecida era algo más que un simple ariete que utilizar a conveniencia contra el poder real y que, tarde o temprano, acabarían reclamando los derechos que creían haber adquirido con su lucha callejera. Sin embargo, en ese momento, los reformistas no veían nada de todo esto y se consideraban vencedores de jornada tan singular.
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