Carmen Posadas - La cinta roja

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Ah! ça ira, ça ira, ça ira!

En dépit des aristocrates et de la pluie,

ah! ça ira, ça ira, ça ira!

Nous nous mouillerons, mais ça finira.

Aquella noche al llegar a casa abracé a Devin de Fontenay, mi marido, como no lo había hecho desde los primeros días de nuestro noviazgo.

— ¿Estás bien, Thérésia? — me preguntó con la frialdad que acompañaba siempre nuestras conversaciones, pero también con no poca extrañeza.

— Abrázame–le dije-. Abrázame fuerte, te lo ruego.

Él me miró con esos ojos suyos azules y helados en los que no brillaba hacia mí más afecto que el que se le tiene a un objeto propio y muy bello pero que ya no despierta emoción alguna.

— He intentado decírtelo muchas veces, pero tú preferías aceptar la visión ingenua de esos pisaverdes que te rodean y que se dicen tan «avanzados». De esos aprendices de brujo que coquetean con la libertad hasta que ésta se desata y lo arrasa todo. Lo que está ocurriendo en París… — dijo. Y a continuación dio rienda suelta a toda una serie de temores propios de la clase que él representaba, la de quien ha sido consejero real y, a pesar de un cierto coqueteo con los jacobinos, tiembla al oír hablar de patriotas y de escarapelas tricolores y de explosiones de júbilo. Habló de lo que estaba pasando en la calle. De la peligrosa contradicción que existía entre un pueblo que por mucha fiesta y mucha algarabía que hubiera, lo cierto es que no tenía pan que dar a sus hijos cuando llegaba a casa cansado de cantar Ça ira . También de lo fácil que era para las clases acomodadas dejarse engañar por las situaciones de euforia y del peligro de coquetear con las pasiones más sensibles del ser humano. Nuestra conversación de aquella noche fue paradigmática de lo que nos ocurría a todos por aquellos tiempos. Nos debatíamos entre la esperanza y la desazón, la euforia y el temor, mientras que el pueblo lo hacía entre la quimera y la desconfianza, la ilusión y el hambre. Un día todos pensábamos que, en efecto, Ça ira ; es decir, que todo iría bien. Al siguiente no podíamos por menos que temer que la ilusión y el deseo de cambio de todos los franceses hubiera despertado a un monstruo cuya cara nadie conocía aún. ¿Sería verdad aquello que decía el señor Moratín de que el camino del infierno está siempre empedrado de buenas intenciones? ¿Y qué habría sido, por cierto, de mi buen amigo, el de los amores tristes, el de los buenos consejos?

Frente al optimismo desbordado de mis dos amantes y el pesimismo agorero de mi marido, yo echaba en falta el punto de vista ponderado y sensato de aquel viejo camarada que siempre acertaba en sus diagnósticos.

MALAS NOTICIAS DE MADRID

Ocasión tendría yo en los próximos días de recordar aún más al señor Moratín. Un par de semanas después de la gran fiesta de la Federación Nacional, dos cartas llegaron de Madrid. Una era de mi madre, la otra precisamente de don Leandro. El contenido de ambas era similar y, en una entre lágrimas y en la otra entre sabias reflexiones, se me comunicaba que mi padre había sido detenido y encarcelado. La primera que abrí fue la de Moratín; suerte que así lo hiciera, puesto que era mucho más clara que la de mi madre, trufada, como era habitual en ella, de quejas y sollozos.

La misiva de don Leandro rezaba así:

Querida niña:

El 25 de los corrientes el ministro Lerena ha ordenado la encarcelación del director del Banco de San Carlos y de la Compañía Real de Filipinas, vuestro padre. El ministro Lerena, viejo enemigo suyo, ha adoptado una disposición por la que consiguió acabar con la prosperidad de los dos establecimientos que él, vuestro padre, logró fundar.

La jugada maestra del ministro ha sido pasar una real pragmática que permite la importación de muselinas a España. Para justificar tal medida, hasta ahora prohibida, se expone que, en el estado actual de la economía, no es posible proporcionar surtido de muselinas suficiente por medio de las fábricas nacionales ni tampoco con las que se importasen de Filipinas. Tal aserto es completamente falso, puesto que los almacenes de la compañía de vuestro padre contienen cantidades de muselinas que bastarían para el consumo de cuatro o cinco años. Pero, al levantar la prohibición, la competencia que tuvo que aguantar la Compañía de Filipinas ha arruinado a la misma y, además, está causando al Banco de San Carlos pérdidas considerables, puesto que vuestro padre, para aliviar la situación y seguro de que sus importantes amigos cercanos al Rey intercederían en su favor, consideró oportuno trasvasar momentáneamente dinero del Banco a la Compañía.

Triunfa así el espíritu vengativo de los enemigos de vuestro padre a pesar de que, como ha señalado en una amable carta el conde de Floridablanca, buen amigo suyo, «Cabarrús ha sufrido una anulación sin límites y la inquina de un partido contrario y formidable que ha trabajado y trabaja por destruirle y destruir todos sus proyectos». Sea como fuere, querida niña, y a pesar de sus buenas palabras, nada ha hecho el conde hasta el momento por evitar la caída de vuestro progenitor, que se encuentra ahora prisionero en el castillo de Batres acusado «de realizar extracciones ilícitas de plata y ser el responsable de las dificultades del Banco de resultas de sus malversaciones».

La carta continuaba relatando cómo mi madre y mis hermanos iban a ser prontamente desterrados a Valencia, desde donde pensaban escribir al Rey suplicando que les fuera permitido trasladarse a Bayona para allí, cerca de la familia de mi padre, poder seguir viviendo con «una cierta economía por haber sido desposeídos de todos sus bienes».

Se me nublaron de pronto los ojos. Yo sabía que los negocios de mi padre habían bordeado siempre el abismo, la ilegalidad, tal como ocurre con todos los emprendedores osados. También tenía alguna noticia (o, dicho con más exactitud, alguna sospecha) de sus otras actividades secretas, aunque desconocía de qué índole podían ser. Como, por ejemplo, las tan misteriosas que los trajeron, a Moratín y a él, a París poco antes de mi boda. No obstante, de ahí a pensar que llegaría un día en que tuviera que enfrentarse a la cárcel, el oprobio y la ruina mediaba un mundo. Y sin embargo ese día había llegado, era evidente que se trataba del fin de sus sueños y también de los de toda mi familia.

Estuve llorando a solas hasta que me dormí. No deseaba compartir con nadie mi pena. Ni con mis amantes, que pensaban que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, ni por supuesto con mi marido, que no veía más que oscuros nubarrones por todas partes. Temía además que Fontenay, al saber de la suerte de mi familia, recordara de pronto cierta cláusula de nuestro muy «romántico» contrato matrimonial. Por él, mi padre se había comprometido a abonarle, además de la cantidad inicial de cuatrocientas mil libras, otras cien mil pagaderas en diez años sin intereses. Ahora que la ruina hacía imposible tales pagos, ¿qué impedía, me preguntaba yo, a Jean–Jacques volverse contra mí? No había amor entre nosotros, sólo conveniencia, y el yugo matrimonial lo llevábamos cada uno repartiendo su peso con terceras personas (con cuartas en mi caso). La infidelidad y el adulterio, lo sabía yo muy bien, son un delicioso juego al que sólo pueden jugar las mujeres adineradas. A mis escasos diecisiete años aún sin cumplir, el cínico mundo de los adultos me había enseñado esta lección: una dama rica que tiene amantes es una gran dama, una mujer pobre que los tiene no es más que una furcia.

***

Al día siguiente, cuando ya había llorado todo lo que podía llorar, tuve que enfrentarme a mi vida de siempre. Tal vez en las calles y en la campiña francesas se pasara hambre y estrechez, pero en los salones elegantes de París, los aprendices de brujo, tal como los llamaba mi marido, seguían reuniéndose y discutiendo los asuntos de alta política que tanto entusiasmaban a todos con el ánimo de arreglar el mundo y salvar a Francia. Y mis salones tenían que abrirse aquella tarde como cualquier jueves para recibir a lo mejor de cada casa: a los jacobinos, por ejemplo, a quienes todos consideraban los más osados y exaltados y cuyo nombre provenía del convento ahora vacío en el que solían reunirse. También a los amigos de Mirabeau, que, de momento, apoyaban incondicionalmente al Rey. A los de La Fayette, los más optimistas. Igualmente a los que más tarde se conocería como girondinos, reflexivos y ponderados; en definitiva, a todos los padres de esta nueva patria que tantos padres tenía. Debía yo poner por tanto al mal tiempo buena cara y evitar que se notaran mis tribulaciones, mi noche sin dormir, mis muchas lágrimas; tenía, a toda costa, que disimular, fingir y, sobre todo, sonreír, siempre sonreír.

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