Carmen Posadas - La cinta roja

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Mientras elegía para la noche uno de mis más bellos vestidos de muselina blanca, comencé de nuevo a llorar en silencio. ¿Qué sería ahora de mi padre y de mi familia? ¿Qué sería también de mí lejos de ellos, sin dinero y en tiempos de tantas mudanzas? La suave caricia de la tela me hizo pensar entonces en la gran ironía de ciertas cosas. Muselina era el tejido que María Antonieta, siguiendo una moda importada de las Antillas francesas, había introducido en todas las cortes de Europa. La que nos hacía parecer bellas, despreocupadas, naturales. Y dicha tela, o lo que es igual, su importación para que todas estuviéramos así de bellas y naturales, era también la causante de la ruina de mi padre, según rezaba la carta del señor Moratín. ¿Podría yo mantener en secreto mi desgracia? ¿Lograría evitar que la noticia de la encarcelación llegara a oídos de mi marido? Por un momento esa idea me llenó de esperanza, pero inmediatamente tuve que rechazarla. Jean–Jacques tenía buenos contactos con la embajada de Francia en Madrid, por lo que la noticia, si no le había llegado ya, no tardaría en arribar y mi silencio no haría más que empeorar las cosas.

— ¿Estáis bien, madame? — Frenelle, mi criada, me miraba con preocupación.

Yo, hasta entonces, nunca había sido partidaria de compartir mis secretos con nadie, ni siquiera con mi buena Frenelle. Las dos teníamos aproximadamente la misma edad y, gracias a ese extraño fenómeno que se produce a menudo entre dos personas que conviven de forma estrecha, nos parecíamos mucho físicamente, lo que iba a serme de gran utilidad corriendo el tiempo. Más que criada y señora éramos cómplices en muchas cosas. Sin embargo, una esposa infiel (Dios mío, qué peligrosa sonaba ahora esa expresión que antes fuera tan frívolamente deliciosa), una esposa infiel, digo, si es inteligente, aprende pronto que es preferible mantener a sus criados más próximos en la mayor ignorancia. Si son leales, no podrán dar información por mucho que se les conmine, y si son infieles, su ignorancia los convertirá sin duda en los mejores y más convincentes testigos de nuestra inocencia.

— No es nada, Frenelle–le dije-. Acércame ese camafeo que tú sabes, creo que hoy voy a necesitar llevarlo cerca de mi corazón.

Habían pasado casi cuatro años desde la partida de mi amor Jean–Alex Laborde para América, pero aun así yo seguía pensando en él. El tiempo es un gran escultor, dicen, y yo por mi parte había descubierto cuánta verdad hay en esa afirmación por el modo en que había cincelado y engrandecido la figura de mi querido Laborde. Por eso recurría a su silhouette en forma de camafeo cada vez que necesitaba sentirme amparada o debía acometer una empresa difícil. Esa noche lo abroché por tanto en el interior de mi corpiño mientras terminaba de vestirme con la ayuda de Frenelle y a continuación me detuve para comprobar el resultado en el espejo. Estaba muy bella, para qué negarlo, pues la muselina es una tela que favorece especialmente a las que, como yo, tenemos curvas. Comprobé también que mis ojos no delataban demasiado mi preocupación y por fin, apretando contra mi pecho la imagen de Jean–Alex, me dispuse a bajar la escalera.

Mi hija María Luisa, que tanto me ayuda (y apremia) con la redacción de estas memorias, apareció el otro día con un recorte tomado de una vieja revista en la que un testigo de la época narra la escena que se desarrolló al entrar yo en la sala en la que estaban reunidos nuestros invitados. Es curiosa la diferencia entre cómo se cuentan las cosas y cómo las vive uno. Rara vez coinciden ambos relatos, pero a mí me encanta cuando tengo la posibilidad de ver una misma situación desde dos puntos de vista. Por eso creo que es interesante que transcriba lo que ese testigo narró y que luego explique cuáles fueron mis razones para actuar de tal modo.

«De repente se abre la puerta y la dueña de casa, madame de Fontenay, aparece precipitada y convulsa. Lleva el bellísimo pelo oscuro suelto sobre los hombros y éste le llega hasta la cintura, como si fuera una salvaje y muy hermosa amazona. El traje de muselina blanca que viste se abre brevemente para dejar entrever el nacimiento de sus jóvenes senos, redondos, perfectos. En la sala se detienen las conversaciones, cesa la música y todos la miran sorprendidos. Teresa mira a su alrededor y, al descubrir entre los invitados a La Fayette, inmediatamente va hacia él.

— Ciudadano general… — le dice tendiendo hacia él sus manos en un claro gesto de súplica mientras las lágrimas corren por sus mejillas de virgen dolorosa-. Ciudadano general, ¡prestadme cien mil de vuestros guardias nacionales para ir a liberar a mi padre, preso en España!

A continuación, Teresa, y ante la severa mirada de su marido, no tarda en desgranar su historia y todo el mundo queda estupefacto. ¿Cómo es posible?, se escandalizan los presentes. ¿Preso don Francisco Cabarrús? ¿El director del Banco de San Carlos y de la Compañía Real de Filipinas? ¿El riquísimo banquero cuya fortuna es la envidia de toda España? ¿Qué oscuros intereses, qué intrigas palaciegas han podido causar tan gran injusticia? Ahora, varios caballeros y no pocas damas se dan en consolar a la bella mientras que el marqués de Fontenay, al que la noticia ha tomado por sorpresa, se afana en leer la misiva que su esposa le extiende. En esa carta llegada desde Madrid se da noticia de cómo el excelente súbdito francés que tanto ha hecho por mejorar el esclerótico sistema financiero español ha dado con sus huesos en la cárcel.

Se escandaliza aún más la concurrencia con dichos detalles. Alguien muy principal comenta indignado cómo un atropello de tal naturaleza sólo podría acaecer en un lugar retrógrado y absolutista como es España, donde no ha llegado aún y posiblemente nunca llegue la luz del progreso. Una dama se vuelve entonces hacia La Fayette e invocando la procedencia francesa de Francisco Cabarrús conmina al héroe a que preste oídos a lo que Teresa, en un arrebato de hija desesperada y valiente, acaba de solicitarle.

— ¡Invasión! — grita y su voz es coreada por varios-. ¡Que nuestros bravos guardias nacionales marchen sobre Madrid para dar una lección a esos ignorantes españoles!

Se hace un nuevo silencio expectante. La bella Teresa está aún más bella si cabe reclinada su cabeza sobre suaves almohadones mientras espera la reacción del héroe. Pero La Fayette, que tiene la prudencia de los que ya están en el poder, calma a los exaltados con frases apaciguadoras mientras prodiga a la dueña de casa las más tiernas palabras.

— Sabed, señora–dice-, que nuestro corazón y nuestro aliento son vuestros para siempre. Y, tras estrechar la mano de Fontenay, se despide de todos prometiendo «seguir de cerca los acontecimientos».

***

Todo lo narrado aquí es verdad punto por punto, así tuvo lugar la escena. Y digo bien «escena», puesto que, en el gran tinglado de la farsa que era el París de entonces, yo, a mis dieciséis años, acababa de ofrecer al público una de las primeras representaciones teatrales de las que más tarde sería maestra: «¡Ciudadano general, prestadme cien mil de vuestros guardias nacionales para ir a liberar a mi padre, preso en España!». Aún hoy sonrío al recordar mis palabras. Con ellas y con el espectáculo de mis cabellos al viento y de mis ojos arrasados en llanto presentaba yo una romántica estampa, sin duda muy del gusto de la época. Como ya he dicho, no soy amiga del llanto y lo prodigo poco, pero siempre he sabido fingirlo muy bellamente. Además, tengo observado que las lágrimas de las mujeres que son de natural risueño, como yo, resultan mucho más conmovedoras que las de las damas lloronas. Así se lo intenté explicar en varias ocasiones a mi gran amiga Josefina de Beauharnais durante nuestros años de intimidad, pero la futura emperatriz de Francia nunca siguió mi consejo. En cualquier caso, tampoco le fue nada mal con sus llantos, sollozos e hipidos, hay que reconocerlo. Su entregado esposo, Napoleón Bonaparte, siempre consideró aquellos melindres trés sensibles, trés romantiques .

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