Carmen Posadas - La cinta roja
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Sin embargo, si hubo una celebración en concreto en la que los nuevos modos y modas se pusieron de manifiesto de forma más que evidente, ésta fue la muy célebre fiesta de la Federación Nacional convocada para conmemorar el primer aniversario de la toma de la Bastilla.
— No puedes faltar de ninguna manera, Thérésia–me había dicho unas semanas antes de la fecha Alex Lameth mientras intentaba convencerme de que lo acompañara al Champ de Mars, enclave en el que iba a tener lugar la celebración-. ¡Tienes que ver lo que es aquello! Desde hace días la ciudad entera colabora con los preparativos. Se está construyendo un inmenso anfiteatro, todo muy natural y muy sensible. Lo preside un gran montículo de tierra y césped en el que hombres, mujeres y niños trabajan codo con codo para demostrar su afecto y alegría por tan gran ceremonia de fraternidad nacional. ¡Pero si hasta se ha podido ver por allí al Rey! Imagínate a Su Majestad con una pala en la mano (un poco a desgana, todo hay que decirlo, nunca aprenderá este Luis a ser un buen ciudadano), pero destripando terrones como los demás.
— ¿Destripando terrones con una pala? — pregunté verdaderamente sorprendida. Desde la caída de la Bastilla, yo me había sumado de modo entusiasta a la efervescencia y el optimismo reinantes. Acudía todas las semanas a las reuniones del Club de 1789 y colaboraba con otras iniciativas de carácter ciudadano, pero de pronto, por alguna razón que sólo acierto a llamar intuitiva, aquella imagen tan «fraternal» del Rey cavando no acababa de tranquilizarme-. ¿Y qué más se está preparando para tan importante día? — pregunté sin hacer mucho caso a mi intuición y con mi mejor sonrisa.
— Es increíble–respondió Lameth con ojos chispeantes-. Lo nunca visto. La ciudad entera trabaja día y noche: nobles, pescaderas, tenderos, curas, estudiantes, prestamistas, actores, prostitutas, banqueros… El que no tira de la carretilla maneja el pico o la pala o acarrea sacos de arena. Allí estamos todos, Thérésia, los La Fayette, los Mirabeau, los Saint–Fargeau, ¡sólo faltas tú!
Confieso que no fui a los preparativos–la albañilería y la horticultura, aunque sean patrióticas, nunca fueron lo mío-, pero desde luego sí estuve en la fiesta. Y acudí vestida «a la ciudadana», con la amplia falda a la moda y plumas blancas y azules adornando mi sombrero. La ocasión sin duda lo valía. Allí estaba tout Paris , como hubiera dicho madame Boisgeloup, desde el aprendiz más humilde hasta el más noble caballero. Me agradó comprobar además, al echar un vistazo al palco real situado a mi izquierda, que la Reina había elegido para la ceremonia un atavío casi idéntico al mío. Su traje era de un, quizá, demasiado aristocrático color burdeos, pero las plumas de su cabeza, en cambio, eran tricolores y tan revolucionarias como las mías.
El día había amanecido gris y amenazaba lluvia, pero nada pareció deslucir el gran acontecimiento, al menos al principio. Trescientas mil personas (quinientas mil según otros cálculos más optimistas) se dieron cita en el Champ de Mars, que lucía espléndido después de tantos preparativos. Reparé en que la mayoría de los presentes llevaba el llamado gorro frigio, que, según me explicó alegremente Blondinet, comenzaba a hacerse muy popular porque estaba inspirado en los bonetes que usaran antaño los esclavos romanos que lograban alcanzar su libertad. Vale la pena señalar además que dieciocho mil guardias nacionales, con mi amigo La Fayette al frente, tomaron parte en un gran desfile patriótico que dio paso más tarde a la celebración de una misa. Arriba, en el altar, tan bizarro como siempre y arrastrando con gran majestad su pierna tullida, pude ver a Talleyrand presto a oficiar misa acompañado en esta ocasión por sesenta capellanes, todos ellos sacerdotes constitucionales, naturalmente. El gesto de elevar los brazos durante la consagración me permitió percatarme por primera vez de que, en efecto, tal como se contaba por ahí, el jurado obispo de Autun no lucía bajo la casulla el alba blanca, como es habitual, sino una tricolor a juego con las escarapelas que campeaban en los sombreros o en las solapas de todos los presentes.
Fue más o menos hacia la comunión cuando empezaron a caer las primeras gotas. Algunos criados de la familia real intentaron entonces desplegar sus paraguas para proteger a los reyes, pero la muchedumbre protestó airadamente: «¡Nada de paraguas! ¡Queremos verles la cara!».
Me volví para mirar a los soberanos. El Rey estaba serio, con una gran escarapela tricolor posada en su sombrero como una incongruencia. Su cara era la de alguien que no sabe bien qué hacer o a quién mirar. Su ojos iban del pueblo llano engalanado a los ci–devant nobles (o, lo que es lo mismo, «los ex nobles»), que vestían de negro y parecían una procesión funeraria. Por fin, algo distrajo la atención del Rey y también la de todos los presentes.
Era La Fayette en su caballo blanco que se acercaba caracoleando hasta llegar al estrado. El llamado héroe del Nuevo Mundo no miró al Rey, tampoco a ninguno de nosotros; estaba demasiado inmerso en la representación de su papel de gran figura aclamada por la multitud. Descabalgó, subió las escaleras del escenario bellamente construido días atrás por los ciudadanos, incluido el Rey, y se dispuso a jurar fidelidad a la Nación, y a la Ley; juramento que fue coreado con júbilo por todos los presentes. Empezaba ahora a arreciar la lluvia, pero a nadie pareció importarle. En ese momento, La Fayette se acercó al Rey para ofrecerle que jurara también. Luis XVI miró primero al cielo y luego a María Antonieta, que tenía una gélida sonrisa en sus labios. Todos lo vimos vacilar e incluso llevarse la mano a la escarapela tricolor, como si aquello le estorbara o le ahogase. Por fin logró trocar el gesto en una especie de saludo tímido a la concurrencia y la muchedumbre prorrumpió en aplausos. Extendió entonces la mano. «Yo juro…», dijo, y a continuación sus palabras quedaron silenciadas por un gran trueno seguido de varios relámpagos.
Ahora sí que llovía a mares. Las bellas terrazas de tierra, tan naturales y bucólicas, empezaron a deshacerse como azucarillos en el agua. Las plumas de mi tocado hacía rato que se habían desmayado sobre mi cabeza, la gente corría en desbandada buscando cobijo y hasta Talleyrand, con sus albas tricolores, intentaba sin mucho éxito mantener cierta compostura, si no eclesiástica, al menos revolucionaria, a la hora de sortear los charcos.
Entonces fue cuando una voz a mi derecha dijo algo que me hizo girarme. Se trataba de un anciano caballero con peluca y librea, debía de tener lo menos setenta años y se resguardaba del viento y la lluvia con un gran paraguas verde, el denostado color de los nobles. «¿Ve usted, madame? — dijo señalando las nubes con un gesto burlón y sabio-. On dirait que le ciel est aristocratique ».
Cuando por fin Alex, Félix y yo pudimos llegar, calados hasta los huesos, a nuestro carruaje y ya estábamos a buen recaudo, intenté comentar con ellos lo que había dicho el anciano. «¡En verdad se diría que el cielo es aristocrático!», dije, pero ninguno de los dos pareció ver gracia alguna en aquella ironía. Tanto Alex como Blondinet, con sus bellos rizos rubios chorreando agua, se robaban la palabra para admirarse de lo magnífico que estaba el Champ de Mars a pesar del diluvio, de la majestuosa entrada de La Fayette en su caballo blanco y de lo vistosa que había resultado la misa de Talleyrand, concelebrada con tantos sacerdotes jurados. Yo asentía a todo con la cabeza, pero lo cierto es que la forma en que aquel alarde de triunfo revolucionario había sido disuelto por una tormenta no podía por menos que hacerme cavilar. Mis amigos parisinos decían siempre que yo tenía algo de gitana y de adivina, que mi sangre española me permitía anticipar cosas que otros no veían. Los franceses siempre exageran el exotismo de los extranjeros: haber nacido en Carabanchel no aporta, desde luego, tantos poderes enigmáticos como nacer en el Sacromonte, que yo sepa, pero aun así debo decir que una cierta inquietud se había despertado en mi interior. Miré por la ventanilla intentando distraerme. Remontábamos ahora lentamente la Rue Saint–Honoré con nuestro carruaje rodeado de patriotas de toda edad y condición que, llenos de alegría, celebraban su nacimiento civil. Los gritos eran de júbilo, de entusiasmo en el futuro, de amor a la naturaleza y, sin embargo, entre sus voces fueron colándose poco a poco otras que coreaban una canción que nació esa misma tarde y que estaba destinada a ser, junto a La Marsellesa, un himno de la Revolución. Su nombre es Ça ira y dice así:
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