John Katzenbach - Juegos De Ingenio

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En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.

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El señor Mitchell, su marido, del que estaba separada, se puso en contacto conmigo dos semanas antes de su muerte. Curiosamente, me dijo que había presentido su muerte y que por eso quería asegurarse de disponer de forma adecuada de sus escasos bienes. Preparé un testamento para él. Legó una colección sustanciosa de libros a una biblioteca local, y los beneficios de la venta del resto de sus posesiones se donaron a la asociación de música de cámara de una iglesia local. Tenía algunas inversiones, así como unos ahorros modestos.

Me avisó de que tal vez llegaría un día en que usted buscase información sobre su muerte, y me indicó que revelara lo que sabía sobre su fallecimiento y que hiciese una declaración adicional.

Esto es lo que he averiguado respecto a su muerte: fue repentina. Murió al colisionar su coche con otro vehículo a altas horas de la noche. Ambos circulaban a gran velocidad, y chocaron de frente. Fue necesario consultar la ficha dental para identificar a las víctimas. La policía de la pequeña población de Maryland donde se produjo el suceso concluyó, basándose en los testimonios de supervivientes, que su marido interpuso su vehículo en la trayectoria del tractor remolque que circulaba en la dirección contraria. El caso se clasificó como el de un conductor suicida.

El cuerpo del señor Mitchell se incineró posteriormente, y las cenizas se enterraron en el cementerio de Woodlawn. No había tomado disposiciones previas sobre una lápida, sólo respecto a unos servicios funerarios mínimos. Hasta donde tengo conocimiento, nadie asistió al entierro. El había dejado claro que no le quedaban parientes vivos ni amigos de verdad.

Durante nuestras breves conversaciones, nunca mencionó que tuviera hijos ni dio a entender en modo alguno que deseara dejarles algo.

La declaración que me pidió que tuviese lista para presentarle a usted en caso de que algún día se pusiera en contacto con este bufete es, de acuerdo con sus instrucciones, su legado para usted. Dicha declaración dice: «Para bien o para mal, en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.»

Lamento no poder facilitarle más información.

El abogado había firmado la carta con rúbrica: H. Kenneth Smith. Ella había querido telefonearlo, pues le parecía que en la carta había más insinuaciones que respuestas, pero había resistido la tentación. En cambio, en cuanto hubo leído la misiva, dio de baja su apartado de correos sin indicar otra dirección para que le enviaran la correspondencia.

Ahora, depositó la carta en la cama junto a la nota necrológica de la academia St. Thomas More y se quedó mirando las dos cosas.

Le vinieron imágenes a la memoria. En cierto modo, sus hijos todavía parecían bebés cuando llegaron al sur de Florida. Eso había deseado ella; quería encontrar una manera de erradicar todos los recuerdos de los primeros tiempos en la casa de Nueva Jersey. Había hecho un esfuerzo consciente por cambiarlo todo: la ropa que llevaban, los alimentos que comían. Se había deshecho de toda tela, todo sabor y todo olor que pudiera recordarles el lugar del que habían huido. Incluso había cambiado su acento. Se había esmerado por adoptar algunos de los localismos que se usaban en los Cayos Altos. El habla bubba, como la llamaba la gente del lugar. Hizo todo cuanto pudo por conseguir que, al crecer, tuvieran la impresión de que llevaban allí toda la vida.

Metió la mano en la caja de seguridad y extrajo una lista escrita a máquina de nombres y un pequeño fajo de fotografías. Las manos le temblaron al ponérselas sobre el regazo. Hacía muchos años que no las miraba. Las sostuvo en alto, una por una.

Las primeras eran de sus padres, de su hermana y de su hermano, de cuando ellos mismos eran jóvenes. Las habían hecho en una playa de Nueva Inglaterra, y tanto los trajes de baño como las tumbonas, las sombrillas y las neveras portátiles se veían ahora pasados de moda y, por tanto, resultaban ligeramente ridículos. Había un foto de su padre con una caña larga, botas de pescador y una gorra con el dibujo de un pez espada echada hacia atrás de modo que le dejaba la frente al descubierto, luciendo una sonrisa de oreja a oreja y señalando la enorme lubina americana que sujetaba por las branquias. «Ahora está muerto -pensó ella-. Debe de estarlo. Han pasado demasiados años. Ojalá lo supiera con seguridad, pero tiene que estarlo. Le enorgullecería saber que su nieta es una pescadora tan experta como lo era él. Le encantaría que ella lo llevara consigo, al menos una vez, en esa barca que tiene.»

Dejó esta fotografía a un lado y examinó otra, en la que aparecía su madre de pie junto a sus dos hermanos. Estaban cogidos del brazo, y saltaba a la vista que ella había logrado apretar el disparador justo en el momento en que alguien contaba el final de un chiste, porque los tres tenían la cabeza hacia atrás, riendo de forma inconfundible y desenfadada. Eso es lo que le gustaba a Diana de su madre, que parecía capaz de reírse de cualquier situación, por muy dura que hubiese sido. «Una mujer que plantaba cara a las malas noticias -pensó Diana-. Seguro que he salido a ella en lo tozuda. Seguramente ella también es tara muerta dentro de poco, o quizá será muy mayor y tendrá problemas de memoria.» Al bajar la vista para mirar la fotografía por segunda vez, la invadió una sensación de soledad absoluta y, por un instante, deseó poder recordar el chiste que habían contado en ese momento. «No pediría ninguna otra cosa -pensó-; me conformaría con saber cómo era ese chiste.»

Exhaló un suspiro profundo. Contempló a sus hermanos y les susurró «lo siento» a los dos. Por un momento se preguntó si el hecho de que ella desapareciera había sido más duro para ellos. Cumpleaños, aniversarios, Navidades. Seguramente también bodas, nacimientos, entierros, los avatares habituales en la vida de una familia, le habían sido arrancados de un tajo psicológicamente letal. No les había dirigido ni una palabra a título de explicación, ni siquiera una sílaba para dar señales de vida. Era lo único que ella sabía con toda certeza que ocurriría la noche que había huido de Jeffrey Mitchell y de la casa en que había convivido con él.

Si quería una nueva vida para sí y para sus hijos, debía buscarla en algún sitio seguro. Y la única manera en que podía garantizar su seguridad era permanecer siempre a la sombra, pues de lo contrario él la encontraría. Lo sabía con toda certeza.

«Morí aquella noche. Y volví a nacer también.»

Dejó las fotografías y echó un vistazo a la lista escrita a máquina. Contenía los nombres y las últimas direcciones que conocía de sus parientes. Algún día sus hijos la heredarían, o eso esperaba. Creía que llegaría un día en que sería posible recuperar el contacto.

Pensaba que tal vez ese día llegaría pronto cuando recibió la carta del abogado. Una prueba de su muerte. Llevaba décadas guardada en la caja de metal. Y era lo que tanto había estado esperando. De pronto se preguntó por qué no había salido a la luz cuando la había recibido.

Sacudió la cabeza.

Porque una parte de ella no se lo creía. Una parte lo bastante importante como para que ella no pusiera en riesgo la vida de sus hijos ni la suya propia, por muy convincente que pareciera la carta del abogado.

En el fondo de la caja había un sobre pequeño de papel de Manila, el último objeto que quedaba. Lo retiró con cuidado, como si fuera frágil. Lo abrió despacio, por primera vez en muchos años.

Se trataba de otra fotografía.

En ella, Diana aparecía mucho más joven y sentada en un sillón. Frunció el entrecejo cuando se fijó en su cara. Parecía muy poquita cosa. Oculta tras unas gafas. Tímida e indecisa. Débil. Susan, con cinco años de edad, se aferraba a su regazo, toda ella energía contenida. Jeffrey, de siete años, estaba de pie a su lado, pero inclinado hacia ella, con expresión muy seria y preocupada, como si ya supiese de algún modo que había madurado mucho para su edad. Le sujetaba la mano con fuerza a su madre.

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