¿Por qué ella no acompañó a Juan Manuel a Inglaterra? “Este es uno de los puntos más oscuros en la vida de Eugenia”, escribe Pineda. “Nos consta que cuando Rosas la invitó a partir con las dos criaturas aludidas -Angelita y Armindo- sus favoritos, sufrió en lo más vivo de su amor propio el repudio que aquella proposición excluyente significaba para los otros hijos de esa unión ilegítima. Y la respuesta que ella dio denota elocuentemente el efecto que ha podido producirle.” ¿Era ésta una manera de dudar de la paternidad de los demás hijos?, se pregunta Pineda. Parece cosa improbable, agrega, pues, “¿quién osaría ponerle cuernos al dictador en su propia casa?”. [287]
Eugenia demostraba mayor apego a los hijos que al amante y en esto se diferenciaba de doña Encarnación, siempre más identificada con su pareja que con sus hijos. Temperamento maternal, algo en el tipo de relación que ella había establecido con Rosas la muestra ocupándose de él y de sus enfermedades con ternura, pese a la diferencia de edad y a la distancia abismal que los separaba en lo social. En 1855, Rosas le reprochó no haberlo acompañado: “Si cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse en dos muy expresivas y tiernas cartas, hubieras venido, no habrías sido tan desgraciada” [288]. De este modo la hace responsable de sus desdichas y de paso, indica que fue en 1852 cuando la extrañó y la hizo llamar, y que a partir de diciembre de ese año no contestó a las numerosas cartas que ella enviaba.
Es posible también que Eugenia, que ya tenía cerca de 30 años, no se atreviera a emprender una travesía de esa envergadura sin mayores seguridades acerca del rol que cumpliría en Southampton. Sin confianza en sus propias fuerzas, siempre dependiente de su poderoso señor, no estaba en condiciones de marchar a tierra extraña, arrastrando consigo tantos hijos. Prefirió quedarse en el país, donde gozó de cierta protección de familias amigas: los meses posteriores a la batalla de Caseros los pasó en Cañuelas en la estancia de don Mariano Cárdenas, cuya esposa era su madrina. Allí tuvo a Adrián, el menor de los hijos de Rosas -un hijo póstumo, por decir así…-. Más tarde, cuando desde Inglaterra su antiguo tutor le envió el testimonio gracias al cual pudo ocupar la casa que le había tocado en herencia, se trasladó al barrio de la Concepción. Probablemente vivió allí hasta su muerte, pues sus hijos se casaron en dicha parroquia. [289]
Entre tanto Rosas había cambiado sus hábitos. Solo y en tierra inglesa, padeciendo las “crueles amarguras” que le provocó la boda de Manuelita, sin Eugenia y por encima de todo, sin el poder y el prestigio que lo rodearan desde su infancia, se dejó arrastrar por la vida galante a la que no había sido afecto en su país. A fines del 53, a consecuencia de esas aventuras, estaba enfermo y gastando dinero en médicos y en remedios. Su hijo informó a un amigo acerca de las características del mal que padecía:
“Las potras lo han jodido pues lo han coceado y está en la cama como 15 días, pero no es cosa de cuidado aunque tiene morrocotudas llagas. Se ha juntado o ha hecho amistad mi padre con un médico, y un fondero, dos pillos de plaza y desacreditados hasta el extremo en ésa, le comen medio lado, le chupan las libras a montones y concluirán por dejarlo en la calle, me consumo de lástima al ver lo que es la vida y lo que es un hombre sin mundo y sin freno”. Alberdi diría algo más tarde que en Europa se veía mal el juicio llevado por la Legislatura de Buenos Aires contra Rosas, pues éste no imitaba a otros caudillos caídos que intrigaban para recuperar su autoridad: “Se ocupa en Southampton de putas y de lo que él llama sus memorias”. [290]
Pero en medio de esa nueva existencia y de la difícil adaptación a su nueva condición de proscripto, Rosas no olvidaría a Eugenia. No contestó las cartas que ella le envió en 1852, 53 y 54, pero en junio del 55 le manda una larga misiva -ya citada- y dos más breves a Angelita, la hija preferida. El tono es de reproche pues debe negar auxilios económicos a su ex amante la cual los reclama reiteradamente. De ahí que empiece la carta, como se ha visto, responsabilizándola de lo que les ocurre por no haberlo acompañado: “Así cuando lo sois (desgraciada) debes culpar solamente a tu maldita ingratitud”. “Si como debo esperarlo de la justicia del gobierno, me son devueltos mis bienes, entonces podía disponer tu venida con todos tus hijos y la de Juanita Sosa, si no se ha casado, ni piensa en eso.”
Todos los hijos, no algunos, como le propuso en un principio. Rosas le agradece luego el envío del escapulario de Nuestra Señora de las Mercedes y protesta porque nada le ha dicho del apero que sacó de su casa poco después del 3 de febrero y que le hace muchísima falta: “el mío que vos tienes es de una cuarta más largo que los comunes, de una cabezada a la otra. Es ése un recado muy bueno, difícil de encontrarse, ni de que se haga uno igual”.
La carta concluye con saludos para Eugenia del peón Martínez, que había sido enviado a su antiguo patrón en 1853, y con nuevos saludos para la Sosa “si es que aún sigue soltera”; agrega unas bendiciones para ella y sus queridos hijos, también para Antuca, pero separadamente, como si no integrara el mismo grupo; firma “tu afectísimo paisano”, una forma elegante de poner distancia con su antigua concubina.
La carta a Angelita, además de agradecerle el obsequio de un pañuelo que sigue usando en su nombre, contiene una explicación en respuesta a una pregunta de la niña que ponía de relieve la mucha confianza que ésta debía tenerle: “No me he casado porque no tengo con qué mantener una mujer, y yo con mujer con plata no quiero casarme. Por eso verás que en lo que te dicen te han engañado. Abraza en mi nombre a tu mamá y a tus hermanos (…) Memorias a Camilo y a la ingrata y desleal Juanita Sosa. Adiós mi querida ‘Soldadito’. Recibe el constante cariño de tu afectísimo paisano”. [291]
El apodo “Soldadito” derivaba de que Ángela se disfrazaba a menudo de miliciana, con chiripá, botas, calzoncillos y el rojo birrete de los Colorados del Monte. Ella y sus hermanitos hacían maniobras bélicas, para deleite de su padre. Pero de todo esto sólo quedaba ahora el recuerdo. Eugenia tenía otro hombre que le había dado dos hijos, pero seguía pobre y para colmo de males su salud se había quebrantado. Sin embargo, mantenía el vínculo con su otrora poderoso amante y él también le correspondía:
“Una carta mía para Eugenia, la puse hace algunos meses entre un sobre para nuestra querida amiga, la señora Ignacia Gómez de Cáneva. Así procedí porque Manuelita me ha dicho muchas veces cuánto es considerada y estimada por usted aquella pobre.” [292]
Es posible que Eugenia fuera por esa fecha enfermera de la madre de las Gómez. En 1870, Rosas escribía a su antigua pupila una carta breve, acompañada por tres pañuelos, uno para ella, otro para el “Soldadito” y otro para “Canora” -como siempre, mostraba predilección por sus hijas mujeres e indiferencia por los varones-. “No le mando algo bueno porque sigo pobre”, agregaba. Firmaba “su afectísimo patrón”. [293]El tiempo y la distancia devolvían a don Juan Manuel a la realidad de su relación con Eugenia: la de la niña pobre con el patrón.
Rosas había envejecido, pero conservaba su espléndido porte de siempre. Su afición por las mujeres, que antaño postergara en aras de otros intereses, se mantenía incólume. Tenía amistades femeninas en Southampton y en su correspondencia con Manuela aparecían temas nuevos, impensables en los tiempos en que la política y el poder absorbían todas sus horas:
“Una señora inglesa me preguntó qué hacías cuando se te caía el pelo. No sé, le contesté, pero como cuida tanto su hermoso pelo, entiendo debe ser con algún remedio bueno, se lo preguntaré. Por esto, y porque ni es la primera señora decente que me hace esta pregunta, y porque en orden a las clases comunes son muchas las que me han presentado ocasión en que poder decirles de algún remedio que yo supiera”, escribe en 1858. Señoras decentes y mujeres de la clase común, el mismo lenguaje del Buenos Aires colonial se aplicaba ahora a las amistades femeninas del ex dictador argentino en el destierro. De paso, y tal vez con el propósito de darle celos, sugería a Manuela que ella no era la única presencia femenina en su vida. [294]
Читать дальше