“Bien podría acordarse de su tío el sobrino millonario que me nombras -escribe a Josefa- no debe extrañar desde que la persona a quien él debe su gran fortuna bajó a la tumba sin haber hecho con tatita, a quien tanto debía, la más pequeña demostración, no diré de gratitud, ni siquiera del más pequeño recuerdo.” Aludía aquí a su tía María Josefa Ezcurra, que se olvidó de Rosas en su testamento y dejó un legado importante a su sobrino, Andrés Costa Arguibel, con lo cual éste pudo adquirir una buena estancia en Navarro. [255]A medida que pasa el tiempo, y están muertas, o son demasiado viejas, las personas allegadas suyas en Buenos Aires, Manuela se siente olvidada:
“Naturalmente, ningún viviente de mi familia materna se ocupa de anoticiarme lo que allá pasa -dice a su cuñada Mercedes en 1874-, vivo ignorante de todo lo que les concierne y algunos de los pasajeros que nos visitan son los que a veces nos hacen saber ciertas ocurrencias en ella. Recién cuando Juan Manuel (Terrero) vino el año pasado, supe la muerte de mi tía Jacobita y que Dolores su hija se había casado. Así como no le di el pésame a Dolores de la muerte de su mamá, sin duda resentida no me dio parte de su casamiento. Antes mis tías, las señoras de Ezcurra, me escribían con frecuencia, pero la pobre Margarita, que era la que escribía, no está ya capaz de hacerlo y así en cuanto a conocer lo que pasa en mi familia soy una extraña. Sin embargo yo no me olvido de nadie y siempre pregunto por todos cuando viene algún amigo de esos mundos.” [256]
La sociabilidad de la Gran Aldea porteña, que en esos años se estaba convirtiendo en una ciudad cosmopolita, se mantenía a través del Océano con aquellas sutilezas que la hija de don Juan Manuel sabía apreciar aunque se hubiera adaptado perfectamente a vivir en Europa e incluso a intercalar palabras inglesas en su correspondencia. Por encima de todo, ella mantiene vivo el culto por su progenitor: cuando Josefa Gómez le envía una estampa de Rosas, que considera muy aceptable, responde Manuela vivamente que le parece una caricatura casi ofensiva: “Dile a quien te la dio que el general Rosas, aunque ya cumplió los 82, sin embargo muestra su arrogante y hermosa figura. Bastante lamento que no quiera permitirnos hacernos tomar su fotografía, pero ya hemos decidido no tocar ese punto porque nadie le hará ceder. Tengo el contento de decirte que está bueno de salud, pero es de creerse su espíritu no lo está en vista de los sucesos políticos que tienen lugar en esa nuestra desgraciada y digna de mejor suerte tierra” (alude aquí la señora de Terrero a la revolución de 1874, encabezada por Mitre cuando la sucesión presidencial). [257]
Manuela estuvo presente junto a su padre en sus últimos momentos. El 12 de marzo de 1877 fue llamada de urgencia por el médico que atendía a Rosas, el cual, a los 83 años, había sido atacado de neumonía. Ella misma relató los acontecimientos, en carta a Máximo, que había viajado a Buenos Aires en esos mismos días:
“Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vio llegar. Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a tatita que esas salidas con humedad, en el rigor del frío, le habrían de traer una pulmonía; pero su pasión por el campo ha abreviado sus días”. Moría Rosas en su ley, como un buen estanciero, y a pesar de su gravedad pudo conversar con su hija. En la madrugada del 14 de marzo, Manuela corrió junto a la cama donde agonizaba su padre y alcanzó a preguntarle: “¿Cómo te va, tatita?”, a ver su mirada y ternura y escuchar: “No sé, niña. Así tu ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija”, concluye. [258]
Manuela podía conformarse con su destino; su adorado padre había expirado en sus brazos, reconocido a su cariño, rodeado por su afecto. La carta en que comunicaba el fallecimiento la recibió Máximo un mes después, junto con los diarios ingleses que daban cuenta de la desaparición de Rosas. El yerno de don Juan Manuel intentó hacer rezar un funeral por su alma en la Iglesia de San Ignacio, pero la ceremonia fue prohibida por el gobierno que como respuesta organizó un funeral público en la Catedral por las víctimas de la Tiranía. Los odios no se habían apagado aún, pero en julio, Terrero, tendría una buena noticia para su amada “Ita”, como apodaba en la intimidad a su esposa: el juez doctor José María Rosa declaraba herederos de doña Encarnación Ezcurra a Manuela, señora de Terrero, y a Juan Manuel Ortiz de Rozas, hijo de Juan, que ya había muerto. [259]
Los Terrero vivirían muchos años más una existencia apacible. Pero ambos se sintieron llamados a rendir un último servicio a la memoria de ese padre tan querido. Fue éste la contribución a la memoria histórica de Rosas, mediante una selección cuidadosa de los papeles del archivo del ex dictador, y el diálogo con quienes, como Adolfo Saldías, estaban interesados en reconstruir la historia del federalismo rosista desde una óptica diferente a la del partido liberal triunfante en la batalla de Caseros. En esta misión contaron con auxiliares valiosos, como Antonino Reyes, que desde Montevideo colaboró en la recreación de esa otra historia de la dictadura.
Sólo en una oportunidad, en 1886, volvió Manuela a Buenos Aires, pero el clima hostil al apellido Rosas que reinaba en el país le desagradó. Se concentró entonces en la reivindicación de la obra política de su padre y en esa tarea tendría tanto éxito como en todo lo que se había propuesto a lo largo de su vida. La lectura de la Historia de la Confederación Argentina, de Adolfo Saldías, publicada entre 1881 y 1887, provocó su entusiasmo sincero:
“Realmente Reyes – escribió a su amigo de la juventud- esta obra de Saldías es colosal, recién estamos leyendo el primer tomo, yo en alta voz, para que mi pobre Máximo no pierda el hilo, la comprenda bien y no fatigue su cabeza. Te aseguro que las verídicas referencias a los antecedentes y hechos gloriosos de mi finado padre bien me han conmovido.” Leía en voz alta, como se estilaba antes de que la radio y la televisión monopolizaran las veladas familiares, y su lectura insumía horas y horas, para no perder idea del conjunto de aquel grandioso libro. Quiso y obtuvo que los diarios y las revistas de Londres se ocuparan de él y se carteó con Saldías, al que ofreció apoyo para su búsqueda documental. [260]
Adolfo Saldías (1850/1914) que se había educado en el Buenos Aires de la Organización Nacional, y era masón y anticlerical como tantos de sus contemporáneos, no dejaba por eso de ser hijo de una familia federal: su padre había sido además muy amigo de Juan Rosas. Visitó a los Terrero en Londres y tuvo acceso a los papeles del Restaurador. De él dice con acierto Ramos Mejía que no logró desprenderse “del medio documental de la familia, es decir, todos aquellos papeles que ésta elige en los archivos públicos y privados, desechando los que puedan perjudicar al personaje.” [261]
Así, entre Buenos Aires, Montevideo y la casa de Belsize Park 50, South Hampstead, donde el matrimonio Terrero pasó sus últimos años, se estableció un contacto fluido: las cartas iban y venían, planteando inquietudes, proponiendo interpretaciones, aportando documentos que invariablemente contribuían a la gloria del rosismo. Manuela pudo también desmentir afirmaciones sobre su propia actuación pública, por ejemplo, la que la recordaba arengando a las tropas de Oribe que partían a luchar contra los unitarios en 1841. “Mi finado padre, el general Rosas, jamás me hizo desempeñar un rol que no debiese o ridiculizase, tanto a mí como a él mismo” dijo; “respecto a si con mi hermano acompañamos a dicho general, no recuerdo si es cierto, ‘pero sí seguro’, que si lo hicimos, sería en carácter de atención y amistad, ‘no en oficial’, pues vuelvo a repetir, con toda verdad, lo que en una carta del 6 de noviembre: que jamás desempeñé carácter tal en caso alguno”. [262]
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