En cuanto a la incidencia de lo estrictamente privado en las preocupaciones de la pareja, merece citarse una breve carta de mayo de 1831, enviada por Encarnación a “su querido compañero” y que dice: “Recién he recibido tu estimada del 24 pasado y te envío los mil y quinientos de caballería y quinientos de infantería, toda la milicia activa.
”Todos estamos bien: Madre y Pepa siguen en el campo. Bond concluyó sus días el dos del corriente.
”Memorias de todos los de casa y adiós de tu afectísima compañera y amiga”. [91]
Las referencias son escuetas y precisas: han marchado las milicias, doña Teodora y María Josefa están en la estancia y Enrique Bond ha muerto dejando viuda a la hermana de Rosas, Manuela, y huérfanos a los tres hijos de la pareja, pero este duelo familiar no merece comentario alguno.
A fines de 1832 Rosas se aleja del gobierno descontento porque la Legislatura, que lo ha reelegido, no le renueva el uso de las facultades extraordinarias. Dispuesto a ganar nuevos laureles lejos de Buenos Aires, marcha al desierto en el otoño de 1833. Planea, además del avance sobre la frontera, una operación política original que pondría de manifiesto el especial manejo de la psicología de las masas de que hacía gala la fracción del partido federal que encabezaba Rosas. En este manejo, dos mujeres, Encarnación y María Josefa Ezcurra, desempeñarían un rol principalísimo.
Tulio Halperin, en Revolución y guerra, observa que fue en la década de 1820 cuando en Buenos Aires pudieron advertirse dos realidades: una, que “la disolución del estado central devuelve un inmenso poder a las grandes familias que han sabido atravesar la tormenta revolucionaria salvando el patrimonio de tierras y clientes acumulado en los tiempos coloniales”; la otra, que en las alternativas de la política urbana se destacan quienes, como lo ejemplificó Gregorio Tagle, el defensor de la tradición católica y enemigo acérrimo de Rivadavia, demostraron capacidad para formarse una clientela personal, “gentes del pueblo, con los que conserva relaciones por medio de sus agentes, del barbero y del peluquero, de sus comadres que son numerosas y le permiten recoger noticias para facilitar sus intrigas”. [92]Los hombres de talento político, como Rosas, supieron advertir estos matices. Juan Manuel que sabía esperar y era ducho en el arte de conquistar a la gente humilde sobre la base de un ajustado equilibrio de rigor y de favores, recurrió muy especialmente a la colaboración de las mujeres de su familia para tejer la urdimbre de su poderío en el sector urbano y también en los pagos de la campaña.
Ramos Mejía, uno de los historiadores del 900 que mejor han comprendido los vericuetos de la historia social, dice a este respecto que “todas las mujeres de la familia de Rosas lo sirvieron con entusiasmo que trasciende al orgullo de raza, y algunas con fanatismo. Excepción hecha de las dos más salvajonas -a las que no menciona pero, suponemos, eran Andrea y Mariquita, o tal vez Gregoria- a todas puso fríamente a contribución. A unas les pidió su incomparable belleza para usar honesta y respetuosamente su influencia; a otras, su energía, sus relaciones, la constancia de su empecinamiento dócil a la presión de las necesidades políticas; muchas otras cosas a otras mujeres que vinculara de niño a su destino”.
Está claro que la belleza incomparable es la de Agustinita, la esposa del general Mansilla, presencia infaltable en las tertulias de Rosas; mujer sin preocupaciones políticas, según la muestra su hijo, Lucio V., pero muy adicta al hermano mayor, al que denominaba tatita, y pedía la bendición, tanto era el respeto que le tenía profundizado por la diferencia de edad que había entre ambos. Con Mercedes, la novelista, autora de María de Montiel y de otros títulos, Rosas era más compinche, tenían la misma afición por las bromas pesadas que se prodigaban mutuamente y ella se reconocía como federal fervorosa, lo que le valdría las pullas de José Mármol en Amalia donde la hace recitar sus poesías en las grandes fiestas oficiales. Pero ellas no eran las verdaderas mujeres políticas de la familia.
Sí lo eran en cambio Josefa y Encarnación, lo mismo que otras madres y esposas de destacados hombres públicos de la época.
“En ese tiempo, y también en otros más remotos, cuando este país no tenía aún verdadera personalidad política, casi todas las mujeres de nuestros hombres públicos participaban con sus consejos y su instintiva acción de la vida pública del marido. La pasión colectiva arrastraba a todas en la vorágine”, escribe Ramos Mejía. “Doña Bernarda Rocamora, doña María Buchardo y doña Trinidad Mantilla, esposas respectivamente de los generales, Marcos, Antonio y Juan Ramón Balcarce, fueron mujeres de ese temple. Las tres influyeron en el valiente espíritu de los guerreros que en diversas circunstancias tuvieron en sus manos el destino de la patria; y las tres, imperiosas y dramáticas, aunque sin salir fuera del radio de su amable hogar para buscar como doña Encarnación la luz pública del escenario.” [93]
He aquí, en las palabras de Ramos, por qué el estilo de Encarnación provocaba tanto rechazo entre sus contemporáneos y también entre los historiadores que se ocuparon del tema: ella pretendía salir del ámbito doméstico para hacer política en la sociedad criolla. Eran los tiempos en que la tertulia familiar convocaba a los varones y mujeres de distintas edades en un mismo grupo y en que tales reuniones podían ampliarse a amigos y conocidos, incluso a los viajeros extranjeros que tantas páginas han escrito sobre ellas. En el 900, cuando escribía Ramos Mejía, los clubes exclusivos de hombres y los incipientes partidos políticos habían alejado a las mujeres de la clase pudiente de la cosa pública. Sólo las militantes socialistas o anarquistas se atrevían a ocuparse de temas que antaño apasionaban a las matronas criollas al estilo de la Medea Berrotarán satirizada por Lucio V. López en La gran aldea.
Pero la labor política de las hermanas Ezcurra fue debidamente reconocida por un contemporáneo de ellas. José Mármol, enemigo acérrimo de Rosas que hace sin duda un retrato grotesco de María Josefa, a la que, con cierto cinismo, enfrenta con Eduardo Belgrano, apellidado igual que el antiguo amante de la dama, pero más allá de estos mensajes entre líneas, destaca que “estas dos hermanas son verdaderos personajes políticos de nuestra historia, de los que no es posible prescindir, porque ellas mismas no han querido que se prescinda, y porque además las acciones que hacen relación con los sucesos públicos no tienen sexo (…). Los años 33 y 35 no pueden ser explicados en nuestra historia sin el auxilio de la esposa de Juan Manuel, que sin ser malo su corazón, tenía, sin embargo, una grande actividad y valor de espíritu para la intriga política; y los años 39, 40 y 41 no se entenderían bien si faltase en la escena histórica la acción de María Josefa Ezcurra”.
Mármol, que era un feminista intuitivo y sabía indagar en el alma de las mujeres, sostiene que ambas hermanas actuaban por pasión, sin cálculos mezquinos, y prefiere atribuir dichos cálculos a Juan Manuel, el varón que comandaba el clan familiar. [94]Por su parte, Mansilla es categórico al apreciar los servicios de Encarnación a la causa federal: “Sin ella quizá (Rosas) no vuelve al poder”, dice, pero calla toda información referente a María Josefa con la que no lo unía, ciertamente, ningún parentesco. [95]
En cuanto a los historiadores de la corriente del revisionismo rosista, como Julio Irazusta, reducen el papel de Encarnación al de “uno de los mejores elementos de la política del caudillo” y considera errónea la interpretación de Ramos Mejía que pretende demostrar, a través de las cartas escritas en 1833, “que en la pareja política, la virago que era su mujer resultaba más varonil que su marido”. [96]
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